, 31 de mayo de 2026
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'Ser el sueño de nadie' (en el centenario de Rainer María Rilke)
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LA PROVINCIA DEL ALMA

'Ser el sueño de nadie' (en el centenario de Rainer María Rilke)

Publicado 26/05/2026 08:34

Si tuviéramos que elegir el poeta contemporáneo más significativo para nosotros, no lo dudaríamos: Rainer María Rilke, el poeta checo, nacido en Praga en 1875 y que llevó al alemán, el idioma en el que escribe, a su máximo fulgor lírico.

Este 2026 es el año del centenario de su muerte, ocurrida en el sanatorio suizo de Val-Mont un ya lejano 29 de diciembre de 1926. Fue sepultado en el cementerio de Rarogne (en el Valais suizo).

En su epitafio, aparecen unos enigmáticos versos, escritos por él mismo, con la rosa (uno de sus símbolos más constantes, como otro son los ángeles también) como destinatario, que aluden a ese sueño universal en el que participamos todos, en una suerte de mística misteriosa que nos vincula. “Rosa, oh pura / contradicción, / deleite de ser el sueño de nadie / bajo tantos párpados.”

Rainer María Rilke recoge toda la poesía que se había producido en Europa hasta su tiempo vital, especialmente la del siglo XIX (corrientes románticas, parnasianas y esteticistas y simbolistas) y, haciéndolas suyas y recreándolas con su genio en su propia obra, las despliega, como en abanico, para la contemporaneidad.

Podríamos decir, si se nos permite, que es el pórtico lírico que abre la poesía contemporánea: se halla en él, la poesía metafísica, la existencial, la meditativa, la pura, la esteticista también si se quiere, la experiencial, la concreta y objetiva… Y todas nos las lega para que cada creador realice su propia andadura.

En Cartas a un joven poeta (1929), nos propone un modo de ser y de estar en el mundo como creador, en esa vibración, siempre espiritual y misteriosa, con los grandes enigmas y universales del ser humano.

Sus Elegías de Duino (1923) constituyen una cima de la poesía metafísica. Es una poesía como dictada por el ángel al propio poeta –como es tradición que ocurriría en la primera de ellas, en 1912, en el castillo de Duino, en precipicio hacia el Mediterráneo– y que lo deja en un estado febril. La octava elegía, en la que indica que estamos puestos al revés en el mundo, ha motivado no pocos comentarios filosóficos.

Es, para nosotros, un libro fascinante y de lectura recurrente y periódica. A Juan Rulfo le impresionaban tanto, que realizó una versión castellana, nada desdeñable.

Sonetos a Orfeo, publicado el mismo año que las Elegías, es como el reverso de esa misma moneda metafísica a la que se entrega la inspiración del poeta para hacernos vibrar con el misterio del ser humano en el mundo. En tal conjunto, se halla el que alude a ese caballo blanco, manifestado como ofrenda, contemplado en Rusia, cuando la visitara con su amiga Lou Andreas-Salomé (amante también de Nietzsche y de Freud, nada menos), en uno de sus viajes.

Su relación con España ocupa un apartado no secundario en su vida. Visita y reside en nuestro país desde noviembre de 1912 hasta febrero de 1913. Le gustaban las ciudades en las que percibiera el vértigo del espacio (Toledo, Ronda), como vivencia metafísica. También visitó Córdoba. En el hotel Reina Victoria de Ronda, residió entre diciembre de 1912 y febrero de 1913. Con esta ciudad, está relacionada la creación de su sexta elegía de Duino.

Y, con España, esos tres sobrecogedores poemas que conforman la “Trilogía española”, donde la metafísica y la salvación del ser humano (el pastor, sometido al peso del cosmos; el porteador, que no participa del banquete, ay…) se dan la mano.

Entre sus comentaristas, nos quedaríamos con la profundidad con que lo interpreta Martin Heidegger, relacionándolo, en una innegable cadena lírica, con Friedrich Hölderlin, que lo antecede y con Paul Celan que lo sigue.

Qué bien nos vendría leer a Rainer María Rilke (ahora que celebramos el centenario de su muerte), volver los ojos y entrar en contacto con una de las creaciones espirituales más decisivas de nuestra contemporaneidad.

Es una palabra que sana y que salva. Es una belleza que armoniza siempre lo sagrado con lo profano. Y que sitúa al ser humano en el centro de su decir; nunca desvinculándolo del cosmos del que forma parte.

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