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¡No hace falta tanto!
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¡No hace falta tanto!

Publicado 29/05/2026 07:54

Viene tiempo de ir rematando exámenes y, en breve, llegarán finales académicos, y con ellos, las correspondientes fiestas y celebraciones.

Sé que ya hay quienes llevan dos meses de tienda en tienda, de boutique en boutique, de escaparate en escaparate, de probador en probador haciendo todo lo posible por caber en ese modelito o en el otro, comprobando si este color ilumina más el rostro que el de más allá, o si la lentejuela da un brillo que llega hasta los ojos o si resalta más la manchita cenicienta de la ojera…

No renta estar con nervios. Que nadie se preocupe. Lo mejor es estar de chill.

Todo el mundo va a estar guapo.

Lo aseguro.

Ante todo, porque son jóvenes. Insultantemente jóvenes, me atrevería a decir, si se me permite la expresión, que no deja de ser un halago.

Y, en segundo lugar, porque se pongan lo que se pongan, ¡van a estar tan monos en las trescientas mil doscientas quince fotos que les van a hacer y en los siete mil doce selfis!

Aunque… claro… hay quienes, aparentemente, lo tienen más fácil, dicen algunos. Jóvenes, tersos, guapos, adonis, musculados… Seguro que hay alguien que esté muy delulu con el físico y le apetecerá exhibir los pectorales, (que no estarán así precisamente de pasar las páginas de libros y apuntes, sino de tanto tiempo de gimnasio y de haber invertido en cantidad de alimentos ricos en proteínas, dale que te dale a las claras de huevo, que ya salen por las orejaaaas…). Pero no… que a nadie se le pase por la cabeza mostrarlos, pues no se debe asistir a un acto académico con una camisa desabrochada, ni anudada a la cintura a lo Curro Jiménez… Tampoco hace falta una con chorreras como si se tratara de un presentador que va a entregar un premio en una de las mil quinientas treinta y ocho galas que abundan sobre la faz de la tierraaaa…

Y de ninguna manera recomiendo vestir un vaquero de esos tan fresquitos, llenos de agujeros, con el pretexto de que hace calor, cuando la única oculta intención es ir enseñando el sóleo, por mucho que se haya entrenado.

No. Tampoco vale un pantalón pirata, que da mucho cringe en un acto así.

Y en otros casos, se quejan del otro peregrinaje que suele estar más cargadito de intensidad… que si depilar la ceja… que si las piernas (por aquello de la raja de tu falda que decía Estopa), que el zapato y el tacón… que de qué color el labio y la uña…

Pero igualmente, sin dramatismos. Todo el mundo lucirá con plena belleza, sin necesitar cepillos de barrer en las pestañas, ni pamela con la que dar pamelazos a diestro y siniestro cada vez que saluden a alguien… ¡Que no hace falta tanto!

El bolso, ni hobo ni “shopper”, tampoco uno tamaño pitillera, más pequeño que el móvil, que luego no cabe naaaada…

Y mejor con calzado cómodo y ponible para evitar llevar aparte unas alpargatas de esparto por si el zapato “muerde”.

Por cierto: de lentejuelas nada, ni que iluminen ni que dejen de iluminar, que las universidades no tienen nada que ver con la farándula.

Que no se me olvide: Ni enseñar la marca de la ropa interior, ni el ombligo que nos unía a las madres durante el embarazo, por mucho que se haya estado tooooodo el curso haciendo abdominales en pole dance para lucirlos.

Resumiendo, no olvidemos que lo importante es terminar. Sin aprobar no habrá graduación que celebrar.

En mi época, en esta recta final sólo había que repasar apuntes y libros si el curso se había ido trabajando a diario. O quedaba el llamado apretón del vago: practicar el deporte universitario de hincar los codos para quienes pasaban un curso a tope de diversión. Perdón: estando a full, tó flama, o en modo living, como se dice ahora.

Mercedes Sánchez

La fotografía es gentileza de José Amador Martín, a quien se la agradezco

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