Escrita en 1918 (aunque su autora revisó el texto en 1980, tres años antes de su muerte), El regreso del soldado, la obra maestra de escritora Cecily Isabel Fairfield, conocida en el mundo literario como Rebecca West, es una novelita, un texto muy breve, aunque intenso y magistral, una pequeña maravilla, una joya no había visto la luz en nuestro país hasta el año 2008, aunque desde esa fecha ha conocido distintas ediciones.
El regreso del soldado parte de una anécdota muy simple, casi trivial, podríamos decir, pero que permite a su autora construir, con un tan sencillo germen, una historia llena de evocaciones, que induce a la reflexión sobre el amor, la identidad, las convenciones sociales, la autenticidad, la importancia de las apariencias, los prejuicios de clase, la belleza real y la inventada, y, en definitiva, el sentido último de la vida.
La novela se abre con una conversación entre Kitty, refinada, elegante y algo esnob esposa de Chris Baldry, y la prima de este, Jenny. Ambas viven en una inmensa y hermosísima mansión en el campo. La belleza, el sosiego, la tranquilidad del lugar, perteneciente a la adinerada familia Baldry, contrastan con el mundo que discurre fuera de él. La primera guerra mundial, la Gran Guerra, destroza vidas a unos cientos de kilómetros, en las húmedas trincheras de los campos de Francia, y en ellas, Chris Baldry lucha por su patria mientras su esposa y su prima esperan su regreso acomodando el idílico entorno de manera que el joven pueda reencontrarse a su vuelta con el esplendor de la vida en la campiña inglesa: el brillo multicolor de las maderas barnizadas, el acogedor abrazo de los sillones tapizados, de las pesadas cortinas, de las cálidas telas que recubren las paredes, la luz tenue de los candelabros, el agradable calor de la confortable chimenea, el frescor de los frondosos rincones del jardín, la desbordante luminosidad de los capullos de rosa, las azaleas resplandecientes, los dorados helechos, los oscuros macizos de rododendros, las garzas sobrevolando los sauces, el afable cariño de sus perros, de sus caballos favoritos, y, sobre todo, el amor incondicional de su mujer y la admiración y el cariño fraternos de su prima.
Sin embargo, toda esta placidez va a quedar truncada a las primeras de cambio cuando en Baldry Court se presenta la señora Gray, de soltera Margaret Allington. Margaret es una mujer desaliñada y muy poco agraciada, que comparece pobremente vestida con ropas baratas y algo desastradas en la lujosa mansión de los Baldry. Su aspecto era terrible, estaba repulsivamente rebozada en abandono y pobreza, como un guante caro que ha caído bajo una cama en un hotel y tras permanecer allí un día o dos resulta repugnante cuando la criada lo rescata del polvo y las pelusas, relata la narradora, la prima Jenny, desde cuya perspectiva se cuenta la historia. La ahora señora Gray, que había estado enamorada de Chris Baldry, un amor correspondido por este, hace quince años, lleva consigo un telegrama del propio capitán Baldry, dirigido a ella desde un hospital francés. Al parecer, según señalan el telegrama y una carta adicional más íntima remitida de modo personal a Margaret, la explosión de un obús ha afectado a Chris provocándole una pérdida de memoria, de tal manera que todo su ser, su mente, sus afectos, sus recuerdos, se retrotraen quince años atrás. Así, en su cerebro afectado por la explosión, se siente un joven de veintiún años y no un adulto de treinta y seis. Además, no reconoce en Kitty a su mujer y sí, en cambio, experimenta como algo vivo el amor que hacía tres lustros sintiera hacia Margaret.
Pocos días después de esta sorprendente aparición, Chris es repatriado y tras su llegada a su antiguo hogar, su amnesia, en efecto, le hace ignorar su matrimonio con Kitty, le permite identificar a su prima Jenny tan solo como un mero recuerdo de su pasado, le lleva a desconocer los principales cambios ocurridos en el personal y la fisonomía de la mansión y, sobre todo, le hace seguir experimentando por Margaret un amor verdadero e intenso, genuino y pleno, como si su juventud aún floreciera, como si no pudiera ver en ella a esa mujer ajada y vulgar, de feas manos -las manos, un motivo recurrente en el libro-, y sí únicamente a la dulce joven de su pasado, como si su boda con Kitty nunca hubiera tenido lugar, como si la guerra no hubiera perturbado su vida.
A partir de estos hechos, que se desarrollan en las primeras páginas del relato, de modo que desvelándolos no descubro nada sustancial de él, nada que no esté recogido en la solapa del libro e incomode su lectura, se inicia el núcleo principal de la novela, en el que, de un modo muy sensible y hermoso, se encierra su más poderoso mensaje. Porque la reacción que la desmemoria de Chris provoca en su mujer y en su prima, el profundo rechazo de aquella y la progresiva comprensión de esta ante el hecho de que un amor de juventud, valiente, irreflexivo, sincero, pueda prevalecer pese a las diferencias de clase y educación, pese a la ostensible ausencia de belleza en la burda Margaret actual; esa reacción de perplejidad, de desconcierto, pone de relieve algunas importantes cuestiones que afectan de un modo esencial a nuestras existencias como seres humanos. ¿Somos capaces de reconocer, en una existencia casi siempre artificiosa y mediocre, entre los oropeles de un mundo ficticio que nos construimos sin querer, la más auténtica verdad de nuestra vida? ¿Podemos identificar en la más que probable vulgaridad de nuestras opciones vitales, en las domesticadas rutinas, en los hábitos cobardes, la más profunda dimensión de nuestra existencia? ¿Rodeados por la fealdad de nuestra sociedad consumista y falsa, por la mentirosa apariencia de las cosas, estamos en condiciones de captar la belleza del mundo, de ser sensibles ante los logros del espíritu, de apreciar los valores profundos, de ponderar con generosidad lo que merece la pena?
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Rebecca West. El regreso del soldado. Editorial Seix Barral. Barcelona, 2022. Traducción de Andrés Barba. 160 páginas
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