A simple vista, esta sencilla frase que forma el título del artículo de hoy, no parece manifestar ni desvelar ninguna interesante novedad. ¿Qué puede tener de extraordinaria esta nimia anécdota?
Desde mi punto de vista de escritor y de biógrafo de Miguel de Cervantes, la conversación sobre los Entremeses cervantinos con este amigo, la escuché desde el principio hasta el final con un creciente sentimiento de sorpresa: su alegría notificándome que estaba disfrutando de la lectura de los ocho Entremeses de Cervantes, como hacía años no lo sentía con ninguna obra literaria, fue mi propia alegría. Pero unida a ésta apareció dentro de mí un vacío, que limitaba con cierta vergüenza: ¡en seguida me di cuenta de que era la única obra de Cervantes que no había leído nunca y en consecuencia no aparecía en ninguna de las páginas de mis dos biografías sobre Cervantes! ¡La única ausente!
Al terminar la conversación telefónica ya había tomado dos decisiones: la primera, leer los Ocho entremeses cervantinos, que el azar había escondido a mi interés y disfrute literario y la segunda, escribir un artículo de alabanza a ese privilegiado y útil grupo de lectores excepcionales, que alimentan con su sabiduría de lectores a los que leemos solo las obras que la gran mayoría ya ha elevado a la categoría de obligadas lecturas que se les exigen a los que nos queremos calificar como “cultos”.
Mi amigo me demostraba con gran frecuencia cómo es y qué hace un lector que ama la valiosa palabra escrita a lo largo de siglos de literatura, pensamiento y sabiduría: no tener miedo de explorar y adentrarse en obras apenas leídas, citadas o editadas, pero que se mantienen vivas y llenas de méritos y novedades; no era la primera vez que me comentaba con la alegría del explorador la obra que estaba leyendo, sobre muy variables estilos, culturas y épocas: literatura española de cualquier siglo, poesía inglesa, novela o ensayo francés, historia o mitología griega, filosofía alemana y un largo etcétera que a los lectores convencionales nos dejan con los ojos abiertos de admiración por tanta riqueza cultural acumulada.
Por supuesto, en cuanto comencé a leer al día siguiente los Ocho Entremeses cervantinos me di cuenta de qué error tan grande yo había cometido, no leyendo una obra de nuestro mejor escritor español, e ignorando la frescura y belleza literaria de El juez de los divorcios, La elección de los Alcaldes de Daganzo, La cueva de Salamanca, El retablo de las maravillas… La actualidad de las descripciones de los personajes en escena, el sentido del humor tan agudo y cercano a la vida cotidiana de los espectadores, el ritmo danzante de los diálogos y versos, la riqueza de léxico utilizada, muestran sin la menor duda que el joven Miguel de Cervantes, a sus veintitantos años ya conocía a fondo la naturaleza humana y sabía fluir por la espontaneidad creadora del fresco idioma español.
Esta pequeña anécdota de encontrarme con una joya olvidada, Los Entremeses cervantinos, me servirá de lección general de que los amantes de la literatura no debemos olvidar nunca las páginas escritas hace siglos por los grandes autores de nuestra lengua.
Tener nuestra atención puesta exclusivamente en la actualidad, nos empobrece significativamente, aunque no lo queramos.
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