Las preguntas retóricas son aquellas de las que no esperamos respuesta. Yo me las hago a mí misma varias veces al día y varios días de la semana; y por supuesto, no me contesto ni encuentro quien lo haga porque no hay respuesta posible. Si hay respuesta, entonces no son preguntas retóricas sino un problema con posible arreglo. Aquí van unos cuantos ejemplos.
¿Qué habría pasado si, en vez de un crucero con turistas ricos que juegan a científicos en la Patagonia, lo que llegó a nuestras cosas hubiera sido una chalupa atiborrada de subsaharianos con Hantavirus u otro bicho similar? ¿Los dilemas morales y las preocupaciones víricas hubieran sido las mismas? Para mí que resolver este desembarco habría sido mucho más complicado, pero no doy más respuesta porque como buena pregunta retórica, este dilema solo pide reflexión.
Y si todas esas provincias de la España vaciada tuvieran los trenes que con justicia reclaman ¿se quedarían los jóvenes a vivir en ellas? ¿O seguirían siendo ese geriátrico amable que son ahora? ¿Nos llegarían todavía más despedidas de solteros? La pregunta no hay que hacérsela a los que están terminando su vida laboral sino a todos aquellos que aseguran que saldrían pitando de Madrid si pudieran y tuvieran trenes de puerta a puerta y con más frecuencia. Esta duda me corroe, porque no sólo de tren vive el hombre.
Si finalmente consiguiéramos terminar con todos los Koldos, Bárcenas y similares (tendría que caer un meteorito) ¿seríamos capaces de dejar de pagar en negro? ¿Contribuiríamos a la hacienda pública de forma más feliz y relajada? ¿Nos entraría de una vez en la mollera que sin impuestos no hay médico ni colegio gratis? La corrupción a la grande no deja de ser una excusa para todos aquellos que la practican a la chica y no tienen ganas de pasar por el confesionario.
¿Y si eso de la prioridad nacional deja de ser un reclamo electoral y se hace efectiva? A esta tremenda pregunta, que ya quisiéramos que se quedara en pregunta retórica, solo soy capaz de responder a la gallega, con otra pregunta: ¿quién empujará nuestras sillas de ruedas? ¿Y quién nos hará compañía en las horas muertas de una posible vejez demente? ¿O quién barrerá las calles con cuarenta a la sombra? Y un recordatorio: somos un país que roza los cincuenta millones de habitantes con una natalidad que está a punto de bajar de un hijo por mujer y con diez millones de mayores de 65 años. Hasta los licenciados con doble grado en física y matemáticas son incapaces de resolver esta ecuación si no es echando mano de la inmigración. Pero en lo que sale un genio matemático que sea capaz de justificar eso de la prioridad nacional con números, dejémoslo en pregunta retórica.
Ante tanto interrogante, me he recetado a mi misma, en esta primavera que en Castilla parece invierno y en Bruselas se parece a las primaveras antiguas (esto es, invierno) una dosis de valores certeros: un Hornazo que ha venido en mi maleta de mano y ha llegado enterito y sin migas; y lo he acompañado con un Ribera del Duero que tenía guardado en mi sótano desde el 2015 esperando que hubiera una ocasión para descorcharlo. Los productos de la tierra, el vino que sigue siendo la bebida de los dioses paganos y cristianos y la compañía que en una tarde lluviosa y desapacible te da conversación y cariño a partes iguales. Este sencillísimo menú no tiene retórica ninguna, no es interrogante, no espera respuesta y es tan certero como confortable y reparador. Corren malos tiempos para quienes siempre esperamos respuestas a todas las preguntas y la medicina para ello aun no se ha inventado; queda el vino, que envejece mejor que las personas, casi siempre…
Concha Torres
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