Viernes, 22 de mayo de 2026
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Cuatro apoyos
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Veintidós

Cuatro apoyos

Te echas a la cama como una noche más, y al poco no eres capaz de salir de ella. Te acuestas esperando que suene la alarma a la hora de siempre, y te sobresalta el teléfono a la hora que nunca esperarías. Te imaginas mañana de una manera, y el hoy se impone aspirando a que lo vivas con todas tus fuerzas, sean muchas o pocas, menguantes o crecientes. Apoyas como nadie y, de repente, necesitas cuatro apoyos.

Ciencia. Sin darnos cuenta, sin percibir tal maravilla, caminamos. En algún rincón de nuestro cerebro se ha difuminado el recuerdo fugaz de nuestros primeros pasos, que no guardamos pero sí aprendimos. No muy lejos de allí, algo falla en el engranaje prodigioso sobre el que vivimos, con el que sufrimos, desde el que gozamos. Y bien cerca, asentada en el impulso humano del conocimiento, inscrito en nuestra conciencia racional, la búsqueda de la verdad se sumerge en el misterio todavía lejos de ser resuelto enteramente. La fragilidad de los vasos sanguíneos, en el lugar (in)exacto y en el momento (im)preciso, retumba en todo el organismo, da un vuelco, cambia la vida. El apoyo de la ciencia es entonces punto de partida, voz de alarma, instante primero y vital de la reacción, y siempre sostén de la adaptación, ordenadora de las preguntas y pensadora de las respuestas.

Profesionalidad. La mente humana, las manos dispuestas, la voz cálida, la mirada con la que cruzarse y de la que fiarse, son imprescindibles para poder salir de la cama en la que estabas atrapado, para que cuando suene la alarma no te asalten los fantasmas del teléfono a deshoras, para que las imaginaciones frustradas se transformen en objetivos posibles, para que las fuerzas, sean las que sean, hagan verdadera fuerza. Al apoyo de la profesionalidad le pongo los nombres que no conozco de aquellos primeros dos técnicos de transporte sanitario en unos cruciales minutos de zozobra, de todo el personal de Urgencias, UCI y Neurología en nuestro Hospital Universitario, del Hospital Casaverde en Valladolid (Olaya, Alba, Sara, Natalia, Carmen, Anderson, etc.), de Marta y Andrea, de los que habrán de apoyar más adelante a quien, siendo médico, ha sido apoyo de tantas personas durante cuarenta años de ejercicio profesional (y del que realmente uno nunca se jubila).

Caridad. La he palpado en cada mensaje, palabra de ánimo, llamada que quizá no he podido atender. La sigo sintiendo en cada buen deseo, en cada preocupación y en cada alegría, en cada gesto de cariño. El apoyo de la caridad es el que si se queda en el aire alguien echará al suelo, el que si se tambalea por un bordillo alguien devolverá a la firmeza, el que si pierde el equilibrio alguien ganará con un abrazo. Sabía ya que mi padre es muy querido, pero acaso me faltaba por aprender mejor lo mucho que le quiere mi madre, agarrada a la cruz con una determinación admirable, porque hay amores que sin cruces uno no es capaz de descubrir en su verdadera naturaleza, y con ella cireneos como Manolo y Luis Fernando, verónicas como Pili y Rocío, y mi hermano acortando distancias frente a la lógica de los mapas.

Fe. Porque nos basta su gracia, su fuerza se realiza en nuestra debilidad (cf. 2 Corintios 12, 9). Cuando él luchaba, mientras esperábamos en aquel largo y desierto pasillo en la eterna madrugada del 23 de diciembre, no lo hacía solo. Los tres lo confiamos a Dios, buscando la intercesión de aquella que siempre acepta una octava espada, la que cada hijo le pedimos compartir y por supuesto con uno de los que le abre la puerta: la Dolorosa de la Vera Cruz. Durante, después y siempre, el apoyo de la fe le hace fuerte en su debilidad, para que se manifieste la gracia de Dios. “Mucho he rezado y rezo: a María Auxiliadora, a San Juan Bosco, a Santo Domingo Savio, a Santa María Mazzarello, a San Juan de Sahagún...”. Y muchos han rezado y rezan por él, porque rezar los unos por los otros es un modo muy perfecto de amar y de apoyar.

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