Tienen nuestras plazas y calles terraza de verano donde sentarse a ver pasar la vida y darle de comer a los gorriones que saltan entre las sillas y las piernas de los que descansan y los que se afanan en un recorrido cada vez más complejo. Lo colectivo, la calle que debería ser de todos para nuestro paso raudo y nuestro disfrute demorado, se convierte en una terraza inacabable en la que se afanan los camareros haciendo equilibrios. ¿Hay una forma de compaginar el ocio y negocio con la necesidad de caminar de prisa, llegar al puesto de trabajo, devolver la calle al que la camina?
Tiene la Plaza grande de la ciudad provinciana el valor monumental de su espacio de reunión, de su ocasión festiva. Y se llena de carteles originales, de libros que despliegan los lomos coloridos, de niños en cojines leyendo, de música y teatro y una banda municipal que anima hasta a los paseantes que se afanan en atravesarla. La Feria del Libro es ocasión de gozo, de color, de lluvia que estropea las ventas y luego, se para para que florezca el trabajo de los bibliotecarios que han sacado a la calle su vocación de todos, el libro que compartimos, la palabra que nos hace más sabios. La palabra. Empujados quizás por esa forma de entender el espacio público como concesión al negocio, negocio, siempre negocio, suprimimos la carpa de la palabra, el ágora de los libros que hablan y se despliegan y la llevamos más allá. Como si sobrara. Como si estuviera de más. Y allá que vamos, a quejarnos del paso que nos saca de la librería desplegada sobre la plaza, a reconocer que, en ocasiones, tomamos decisiones contraproducentes, equivocadas… que errar es de sabios, que quizás nos faltó perspectiva.
Qué hermoso es rectificar, sobre todo si es desde arriba. Reconocer que los autores y su palabra deben volver al lugar de los libros, al rincón donde tan bien luce su fotografía sonriéndole al futuro lector, al que quizás pasa la plaza y entra a escuchar a quien habla. Y mientras, que toque la banda municipal, que caminen los niños con sus ansias de lectura, que abramos los libros expuestos en la librería que hace el esfuerzo de salir a la Feria, flores de papel, bolsas donde guardar el rato prometido de alegría. Y nos preguntamos por qué, si colonizamos la calle con la terraza del ocio ajeno, no somos capaces de guardar la plaza una semana para el libro, para la carpa amable de las palabras, para el trabajo infinito de los que organizan una Feria del Libro siempre magnífica, generosa, humilde en su pretensión de no molestar, necesaria, fantástica, completa. Esa que nos ha llenado el corazón de sol y que necesita plaza. Esa plaza llena de aquello que nos sobra, sillas y sillas, mesas y mesas, falta de paso, paso que pesa.
Charo Alonso. Fotografía: 44 Feria del Libro.
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