Miércoles, 13 de mayo de 2026
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¿Por qué ya no sabemos estar solos?
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¿Por qué ya no sabemos estar solos?

“Quien no soporta la soledad, tampoco sabrá amar.”

ARTHUR SCHOPENHAUER

“El mayor peligro no es la soledad, sino no saber estar a solas con uno mismo.”

ERICH FROMM

La sociedad contemporánea habla de la soledad con un tono cada vez más clínico y alarmado, como si se tratara de una anomalía que hay que detectar y corregir cuanto antes, y sin embargo esa misma sociedad parece haber perdido casi por completo la capacidad de comprenderla en su sentido más profundo. No es que hoy haya más soledad en términos absolutos, sino que hemos dejado de saber interpretarla, y al no saber hacerlo, la convertimos en patología. En lugar de enseñarnos a navegarla, la reducimos a un problema técnico o sanitario. Y en ese gesto, aparentemente protector, se esconde una renuncia más profunda: la renuncia a pensar la condición humana en toda su complejidad.

Una de las claves de esta transformación está en el cambio de horizonte cultural que caracteriza a la modernidad. Cuando Max Weber habló del “desencantamiento del mundo”, estaba describiendo precisamente la pérdida de aquellos marcos simbólicos que daban sentido a la experiencia humana. Por su parte, Friedrich Nietzsche anunció el advenimiento del nihilismo como consecuencia de la caída de los valores tradicionales. En ese proceso, el individuo queda más expuesto a sí mismo, más solo ante la pregunta por el sentido de su vida. Esta exposición no es en sí negativa; forma parte del crecimiento de la conciencia y de la libertad. Pero exige una educación interior que nuestra cultura ya no proporciona. Cuando esa educación falta, la soledad deja de ser una experiencia estructural y se convierte en amenaza.

La patologización surge precisamente de esa incapacidad de comprender la soledad. Si no sabemos qué significa, la interpretamos como fallo; si la interpretamos como fallo, intentamos eliminarla; y al intentar eliminarla, la empobrecemos y la volvemos más destructiva. En este punto, conviene recordar una intuición central de Saturnino Álvarez Turienzo: la soledad no es una disfunción, sino una dimensión constitutiva de la existencia humana. No aparece cuando algo se rompe, sino cuando algo despierta. Cada avance en libertad, cada decisión auténtica, cada toma de conciencia implica una cierta separación. Vivir es, en parte, aprender a estar solo, asumir que nadie puede vivir por nosotros ni decidir por nosotros.

Sin embargo, la sociedad contemporánea no está organizada para sostener esa experiencia. Su lógica es funcional, productiva y acelerada. Necesita individuos integrados, conectados, permanentemente disponibles. La soledad, entendida como retirada interior, silencio o distancia crítica, resulta profundamente incómoda porque interrumpe ese flujo. Por eso se la redefine como problema. Es más fácil medicalizar el vacío que aceptar que la vida humana implica atravesarlo. En este sentido, la patologización cumple una función tranquilizadora: convierte una experiencia existencial en un asunto gestionable.

A esta lógica se suma una confusión decisiva entre soledad e aislamiento. No toda soledad es igual, ni produce los mismos efectos. Hay una soledad impuesta, vinculada a la ruptura de vínculos, que genera sufrimiento real y que exige respuestas sociales y comunitarias. Pero hay también una soledad inherente a la condición humana que no depende de la presencia o ausencia de otros. Como ya sugería José Ortega y Gasset, “vivir es sentirse irremediablemente solo”, no en el sentido de abandono, sino en el de responsabilidad radical sobre la propia vida. Cuando la sociedad confunde ambas dimensiones, termina patologizando incluso aquellas formas de soledad que son necesarias para la maduración personal.

Se produce así una paradoja inquietante: nunca hemos estado tan conectados y nunca hemos hablado tanto de soledad. Las relaciones se multiplican, pero se vuelven más frágiles, más superficiales, más efímeras. La presencia constante no garantiza el encuentro. Y cuando el encuentro falta, la soledad se intensifica. Sin embargo, en lugar de revisar la calidad de nuestras relaciones o los valores que las sostienen, preferimos intervenir sobre el individuo. La soledad se convierte entonces en un problema personal, en un déficit psicológico, y no en el síntoma de una forma de vida.

En este contexto, resulta iluminadora la reflexión de Jiddu Krishnamurti, quien describía la soledad como una experiencia de vacío profundo. Esa experiencia, lejos de ser simplemente negativa, puede convertirse en un punto de partida para el conocimiento de uno mismo. El problema es que hoy no sabemos qué hacer con ese vacío. Carecemos de una pedagogía de la interioridad. Nadie nos enseña a permanecer en la soledad sin huir de ella, a escuchar lo que emerge cuando cesa el ruido. Por eso la soledad se vive con angustia y no como posibilidad.

A ello se añade el miedo contemporáneo al sufrimiento. Vivimos en una cultura que tiende a considerar cualquier forma de malestar como algo que debe eliminarse de inmediato. La tristeza, la incertidumbre o el silencio se interpretan rápidamente como anomalías. La soledad, en este marco, no puede ser otra cosa que un problema. Pero esta lógica tiene un efecto perverso: al intentar eliminar toda incomodidad, elimina también la posibilidad de crecimiento. Hay experiencias que no se resuelven suprimiéndolas, sino atravesándolas. La soledad es una de ellas.

Desde el punto de vista ético, las consecuencias son profundas. Toda decisión auténtica se toma en un espacio de soledad. Nadie puede asumir por otro su responsabilidad sin vaciarla de sentido. Si no aprendemos a sostener esa soledad, nuestra libertad se debilita y nuestra vida moral se vuelve dependiente de normas externas. La sociedad, entonces, produce individuos adaptados, pero no necesariamente responsables. Prefiere el procedimiento a la conciencia, la norma al juicio interior.

La patologización de la soledad revela, en el fondo, una doble carencia: falta de sentido y falta de interioridad. Hemos perdido los marcos que antes ayudaban a interpretar la experiencia y no hemos desarrollado herramientas nuevas para habitarla. Ante ese vacío, optamos por reducir la soledad a un problema gestionable. Pero al hacerlo, la empobrecemos y nos empobrecemos con ella.

Tal vez por eso la tarea más urgente no sea eliminar la soledad, sino aprender a distinguirla y a habitarla. Combatir la soledad impuesta, la que nace del abandono y la exclusión, pero al mismo tiempo recuperar el valor de la soledad que permite el encuentro con uno mismo. Enseñar a permanecer en el silencio sin miedo, a atravesar el vacío sin llenarlo inmediatamente, a aceptar que no todo malestar es patológico. Solo así la soledad dejará de ser una amenaza para convertirse en lo que siempre ha sido: una dimensión inevitable y, en muchos casos, fecunda de la vida humana. Porque quizá el problema no sea que estemos solos, sino que hemos olvidado qué significa, en realidad, estarlo.

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