De igual forma que muchos americanos no acaban de situar a España en el lugar geográfico que le corresponde, hay otros que piensan en la OTAN, no como una Alianza sino como una extensión de los EE.UU. Para añadir más morbo al tema, algún “listillo” ha visto la ocasión de propagar el rumor de que se puede expulsar a España de la OTAN por su negativa a apoyar la guerra contra Irán. Quien así actuó era consciente de la falsedad del mensaje. En el tratado de creación de la Alianza, no figura ningún artículo que contemple la expulsión de alguno de sus miembros, si previamente no lo ha solicitado. Dicho esto, tampoco es oportuno desdeñar los problemas internos de la Alianza.
Con la segunda llegada de Trump a la Casa Blanca, después del episodio de Venezuela, ha trasladado sus correrías a Oriente Medio para, en claro apoyo a Netanyahu, tener la oportunidad de atacar a Irán, verdadero mecenas de las organizaciones terroristas islamistas. Está claro que el incidente queda fuera de los cometidos de la OTAN: ni se está atacando a uno de sus miembros, ni las acciones tienen lugar en Europa o América del Norte, pero el jefe del US Army no aguanta que se le lleve la contraria y, al principio, amenazó con abandonar la Alianza para, pocos días después, cambiar de opinión y decir que “echaría” a España por no querer aumentar la inversión en defensa. Llegó a llamarnos “aprovechados”. Sánchez, en su obsesión por destacarse como único gobernante progresista capaz de ningunear al americano, sin encomendarse al Congreso ni consultar con nadie, decidió prohibir a buques y aviones su paso por las bases de Rota y Morón. Nuestro “Churchill” del barrio de Tetuán será mentiroso y embaucador, pero no es idiota y sabe que Trump no puede expulsar a España, ni a ningún otro socio. Por eso se arriesga a estirar la cuerda. Ahora bien, su táctica no puede acarrearnos nada bueno. Es cierto que no es España el único miembro que ha parado los pies a Trump: Italia, Alemania, Francia, entre otros, también se han negado a servir de bases de avituallamiento para la guerra en Oriente Medio. Hay que poner de manifiesto que nuestro gobierno ha sido el único en menospreciar las amenazas de Trump, y esa bravata puede salirnos muy cara.
El artículo 13 del tratado del Atlántico Norte sólo contempla la salida del miembro que lo solicite, avisando un año antes precisamente a Estados Unidos. Comprobado que no es posible la expulsión forzosa, la postura de Sánchez puede acarrearnos una especie de aislamiento político, económico o en el ámbito de la defensa. Siempre hay reuniones ordinarias en las que se discuten asuntos relacionados con la seguridad y la defensa, a las que sería muy fácil no invitar a España.
Hemos comprobado cómo en Venezuela, después en Dinamarca con el tema de Groenlandia, y por último en Oriente Medio, Trump ha sido el artífice de intromisiones de dudosa legalidad. Tan pronto se muestra altruista en Venezuela como agresivo en Gaza y en Irán. Sorprende a unos ayatolas que deben lidiar con propuestas contradictorias, y para ellos no inadmisibles. Es igual, los fanáticos de Trump piensan que esa es la táctica adecuada, y nada de errores de su jefe. A la vista de los resultados se constata su ineficacia. No se dan cuenta de que Putin, a pesar de ponerle cara de afecto, se está frotando las manos, sabedor de que sus armas nucleares son una realidad desde hace años, y que, en unión de las de su verdadero socio, Xi Jinping, forman un tándem no inferior al que presume Trump. No en vano, rusos y chinos no tienen ninguna cortapisa oficial para autorizar el empleo de esas armas, como sucede en occidente.
Con este panorama mundial, y con lo que más directamente puede afectar a España, no hay lugar para el menor optimismo. El gobierno que nos ha caído en suerte está enfrentado con medio mundo: Trump está hasta el tupé de Sánchez; ya hay voces en
la UE que se quejan de los incumplimientos de La Moncloa en temas relacionados con nuestra economía y en la política migratoria; Israel tiene prácticamente rotas las relaciones con este gobierno. Todo esto fuera de nuestras fronteras, porque dentro de ellas la situación no es mejor: además de los continuos encontronazos con la oposición, los partidos que forman la coalición, y los que la mantienen, ya han comenzado a tumbar las votaciones del Congreso. Alguien podría pensar que estamos acercándonos al final del sanchismo. Cuidado con el cuento de la lechera. Sánchez está dispuesto a saltarse las barreras, legales o no, que puedan obligarle a hacer una mudanza. Cuanto más débil sea su momento, mayores serán los intentos de sacar tajada los que le tienen agarrado por…el cuello. Y no me refiero sólo a nacionalistas y populistas.
Puede que peque de catastrofista, pero nuestro vecino del sur no da puntada en balde y ya conocemos su manera de proceder. Hay que reconocer que Marruecos está atravesando una clara etapa de progreso. Mohamed VI conoce bien nuestros entresijos y, a pesar de su empeño en “engordar” el flujo de inmigrantes y darse cuenta de que Sánchez pretende aprovechar esa fuente de votos -capaz de manipular nuestro censo- quiere estar preparado si Sánchez fracasa. Para ello está a partir un piñón con EE.UU. para encontrar un aliado que dé el visto bueno a su empeño por recuperar Ceuta y Melilla. La Cámara de Representantes de EE.UU. ya ha emitido un informe en el que se señala que “las ciudades de Ceuta y Melilla están en territorio marroquí y son administradas por España” y aconseja a Marco Rubio, secretario de Estado, que intervenga para que los dos países lleguen a un acuerdo.
Reconozcamos que España es un país arruinado y las potencias occidentales, visto el problema del estrecho de Ormuz, quieren que el estrecho de Gibraltar constituya un paso más seguro y para ello necesitan confiar en los dos lados. Por desgracia, de España ya no se fían, y Marruecos lo sabe.
Conclusión: ahora más que nunca, España necesita, sí o sí, ser un miembro “activo” de la OTAN, pero tiene que ganarse su confianza.
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