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Los libros no son intocables
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TANTOS LIBROS POR LEER

Los libros no son intocables

Publicado 07/05/2026 19:29

Mañana se inaugura en Salamanca la cuadragésimo cuarta edición de la Feria del Libro y por ello quiero recomendarles un título que, lejos de defender ciega y acríticamente la lectura, propone un acercamiento más matizado a los libros, ajeno a los lugares comunes y atento también a sus aspectos discutibles. Les hablo de Contra la lectura, un libro de Mikita Brottman aparecido en nuestro país en 2018.

La editorial presenta a Brottman como una académica peculiar, erudita y personalísima: psicoanalista, doctora en Lengua y Literatura Inglesa por Oxford, profesora en universidades europeas y estadounidenses, autora en medios formales y alternativos. Sus intereses -cursos como “Investigación crítica”, “Entender el suicidio” o “Cultura del apocalipsis”- delatan una curiosidad excéntrica que, unida al tono provocador del título, podría hacernos pensar en una enemiga o una “dinamitera” de los libros. Nada más lejos de la realidad; su formación está hecha de lecturas (sirva de prueba la extensa bibliografía final). No impugna la práctica lectora, sino que cuestiona su sacralización.

Su punto de partida no es atacar la lectura, sino oponerse lúcidamente a su misticismo acrítico: esa idea, hoy omnipresente, según la cual leer nos vuelve mejores, más inteligentes, sensibles y “correctos”, mientras quienes no leen -siempre “otros”, los “bárbaros”- encarnarían la incultura. Brottman rebate esa visión con rigor, profundidad y un acerado humor. Los libros, advierte el significativo subtítulo (Un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables), no son intocables: importa menos leer que qué, cómo y por qué se lee. La pregunta clave es qué significa realmente leer un libro.

Con esa premisa, la autora organiza su ensayo en tres capítulos, además de la introducción y la conclusión, en secciones encabezadas por títulos de obras literarias. A medio camino entre el ensayo académico y el relato autobiográfico, interpela al lector, al que tutea, cercana y amigable, hilando sus argumentos a través de la narración de su experiencia lectora desde la infancia. Reconoce el valor de la lectura, pero cuestiona los mantras actuales y muestra, de modo convincente aunque polémico, los riesgos de una entrega ciega a la letra impresa.

Frente a la cantinela del “descenso de la lectura”, opone datos: hoy se publica y se lee en múltiples soportes. En 2002, en EE. UU., aparecieron cerca de 150.000 libros, unos 100.000 novelas; en España, en 2026, rondamos las 90.000 publicaciones anuales: centenares de títulos diarios. ¿Se lee menos que nunca? No parece. Prueba de ello es la proliferación de libros sobre libros -nuevo género a veces cercano a la autoayuda- que presentan la lectura como panacea en una fatigosa cruzada de fomento lector (de la que yo mismo, paradójicamente, participo).

En coherencia con su rechazo a la “consagración” de la lectura, Brottman recuerda críticas históricas a los libros, desde Sócrates y Platón hasta Jane Austen, Jeremy Bentham, William Morris o John Stuart Mill, quienes denunciaron usos espurios de la lectura. A modo de aviso, enumera además algunos de sus efectos perniciosos.

El principal riesgo surge en el posible conflicto entre literatura y realidad: la decepción de quien, absorto en los libros, contrasta luego la vida; la frustración ante la imposibilidad de sentir emociones tan intensas como las literarias; el “bucle” de refugiarse en la ficción para huir del mundo hasta quedar inhabilitado para él; o el daño que, en adolescencia y juventud, causan modelos literarios inadecuados cuando la distancia entre la existencia ficticia y la real se vuelve insoportable.

Brottman revisa también los clásicos que leyó y los “males” derivados de su experiencia: nadie se libra de su análisis irónico, desde los grecolatinos hasta la tradición inglesa -Tom Jones, Tristram Shandy- y, más allá, con Don Quijote de la Mancha, León Tolstói, Antón Chéjov, Fiódor Dostoievski, las Brontë, George Eliot, Charles Dickens, Virginia Woolf, Henry James o James Joyce: lecturas canónicas sometidas a una interpretación despiadada y humorística.

Por el libro desfilan asimismo otros padecimientos: suicidios en bibliotecas, ruina de bibliómanos y bibliófilos, pérdidas de salud, hacienda, familia y amigos, y rituales delirantes del amor por los libros, tanto de quienes exhiben bibliotecas como estatus como de quienes compran volúmenes para decorar estanterías.

La moraleja es rotunda: los libros nos sacan del mundo y si bien nos enseñan a apreciar los sutiles matices del pensamiento, la emoción y el lenguaje, también nos alejan de nuestras circunstancias, llevándonos incluso a deambular con un libro siempre a mano para escapar cuando la realidad aprieta. Los libros pueden llevarnos a lugares maravillosos, pero también pueden dejarnos allí varados, alienados e inútiles, solos y desclasados, aislados de otros seres humanos, incluso de nuestros propios recuerdos, de nuestra propia experiencia de nosotros mismos.

Con estos ejemplos críticos, Brottman se atreve a romper prejuicios mediante consejos desinhibidos apoyados en un cuestionario sobre hábitos lectores: cómo eliges los libros, si siempre los terminas, si relees, si soportas ruido o distracciones mientas lees, cuánto gastas en libros... Propone abandonar sin culpa un libro que aburre o duele, fijar un límite personal de páginas (en su caso, sesenta), ver las películas antes -o en vez- de las obras literarias, y desmontar la idea escolar de que hay libros que “deben” leerse: Solo deberíais leer libros con los que disfrutéis, concluye, categórica.

Y, sin embargo, en sus conclusiones, la aparente iconoclastia se matiza: Brottman glosa virtudes de la lectura ligadas al esfuerzo, la disciplina, la inquietud y la conmoción, exigencias opuestas a la gratificación inmediata que parecía defender. Acceder a los aspectos graves de la existencia, cuestionar ideas preconcebidas, iluminar la desdicha, indagar en la muerte, la soledad y el sinsentido, pensar en las consecuencias éticas de nuestros actos, transformar identidad y espíritu: fines propios de la buena literatura, lejos de una lectura meramente cómoda.

Ese horizonte exigente es el destino último de este estimulante alegato en el que deplora la interpretación superficial de la lectura, defendiendo sus bondades solo cuando se practica con profundidad, rigor, seriedad, disciplina, atención, discernimiento, reflexión y criterio.

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Mikita Brottman. Contra la lectura. Editorial Blackie Books. Barcelona, 2018. Traducción de Lucía Barahona. 168 páginas. 17,90 euros

Alberto San Segundo - YouTube

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