A medida que conozco las relecciones de Francisco de Vitoria, y con motivo del quinto centenario de la Escuela de Salamanca, realizo alusiones en determinados artículos o comentarios; el contacto con su obra debo agradecérselo al humanista y poeta salmantino Luis Frayle Delgado, quien las ha traducido y estudiado. La práctica de estas conferencias sobre temas de candente actualidad (así la relección del matrimonio se gestó a propósito del pretendido divorcio por Enrique VIII con Catalina de Aragón), a las que asistía la comunidad universitaria, fue en buena parte revitalizada por el maestro Vitoria.
Comencé esta andadura con “Sobre el Derecho Civil” y “Sobre el Matrimonio”, así como los Tratados sobre la Ley y la Justicia, aunque prima facie llamó mi atención la presencia de otras dos relecciones: “De magia” y “Sobre la antropofagia”. Este comentario halla su razón en la recomendación de estas composiciones, las cuales pueden proporcionarnos una perspectiva amplia de las cuestiones que aborda en cada ocasión; empleando la calificación de amplia a modo de loa frente a las críticas que puede suscitar la inmanente abstracción de los Derechos Humanos. Derivados del ius naturae, sus herederos son los Derechos Fundamentales y Libertades Públicas plasmados en múltiples textos constitucionales (su esencia cobra sentido en los países donde tienen relevancia práctica y no son fachada constitucional).
Cabe realizar un “epítome” de la respuesta aportada por el dominico (aludiendo a su vinculación religiosa) ante la antropofagia y los sacrificios humanos: ambas prácticas son contrarias al derecho natural, mas esta catalogación del derecho pudiera indicar tan sólo una contraposición con el positivismo. De lo que he podido extraer, en las hasta ahora lecturas (no debe confundirse este término con la parte menos rutilante de su acervo, las clases ordinarias donde impartía la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino) de las obras vitorianas, bien podría encuadrarse en el iusnaturalismo racionalista reflejado en el manual de Historia del Derecho español de Francisco Tomás y Valiente (reimpresión de 2011 por la editorial TECNOS). Hago este apunte, porque Vitoria, aunque seguramente consciente del cisma teórico entre status naturae y status societatis (el filosófico enfoque de un antes y un después del surgimiento de sociedad, estado y derecho), aboga por los derechos que nos otorga la Naturaleza, aquellos disponibles por el mero hecho de ser personas (premisa que plasma la Constitución española en su artículo 10.1: “La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes […]”). En cualquier caso, debió tener un carácter ecléctico (y trascendental, una sensación que genera al discurrir en torno a la República del orbe o la alteridad), de ahí que se le confieran atribuciones de Padre del derecho internacional moderno, renovador de la escolástica e implícita o explícitamente, visionario, ya que adaptó sus premisas a las necesidades vigentes en la época.
Haciendo una adenda subjetiva, al establecer los fines del matrimonio en su disertación indirectamente se inclina con la postura de Enrique VIII, pese a reflejar la posibilidad de que la autoridad divina supla la voluntad de los contrayentes. Expreso lo anterior para referir una postura comedida y con ciertos tintes de neutralidad, teniendo en cuenta la omnímoda presencia del poder eclesial y regio, para enmascarar cuestionamientos; esto también se percibe en su tratamiento de la legitimidad de los príncipes sobre las gentes del nuevo mundo.
Con respecto a la antropofagia, Francisco de Vitoria establece una regla general: “Contra esto está el Derecho de Gentes, según el cual comer carne humana siempre fue cosa abominable. Además, Aristóteles dice que es cosa de fieras comer carne humana”; también escinde la posibilidad de llevar a cabo este pecado contra natura en situaciones de extrema necesidad, baste citar sus referencias a Aristóteles y Jacobo Almain (junto con Juan Mair y Juan Celaya, son los nominalistas que le influyeron) respectivamente:
“Hay cosas que uno no puede ser forzado a hacer sino que, por el contario, debe uno morir en los mas atroces padecimientos ates que realizarlas”.
“Ningún miedo, ni el de la muerte, excusa de un acto prohibido por derecho natural”.
Emplea los antecedentes históricos para reforzar la ilicitud del canibalismo y, en el caso de los sacrificios humanos, establece un elenco de pueblos (entre ellos los romanos) que han sido partícipes de este rito. Aun así, de igual manera lo considera contrario al derecho natural y citando referentes bíblicos (Deuteronomio, Números o Levítico), descarta incluso la posibilidad de sacrificar un hombre abyecto que haya sido condenado, pues para honrar a Dios se ha de ofrendar algo valioso. Argumentación que completa señalando la indisponibilidad de la vida de otros o de la propia, ya que pertenecen a Dios.
La importancia de esta relección (Sobre la Antropofagia) radica en su vinculación con dos posteriores, “Sobre los indios” y “Sobre el derecho de la guerra”, puesto que la realización de aquellas prácticas habría de servir como título o causa justa para la conquista de América. Y existe una doctrina irradiada por Vitoria, así como por la Escuela de Salamanca en torno a las pautas del ius ad bellum (siguiendo la pauta marcada por santo Tomás de Aquino, como establece por el jurista español Manuel Díez de Velasco en su manual Instituciones de derecho internacional público, ed. TECNOS) que bien podría resumirse en cuatro cuestiones: si les es lícito a los cristianos emprender una guerra, quién tiene legitimidad para declararla, cuáles son las posibles causas y, por último, los límites. A pesar de ello y citando de nuevo lo plasmado por el jurista M. Díez de Velasco: “[…] El fino juicio moral de Francisco de Vitoria le lleva a condenar la guerra también por los daños que produce al conjunto de la comunidad internacional y a la humanidad […]. Completo lo enunciado anteriormente con una cita del propio Vitoria que goza de actualidad: “[…] Deben aminorarse las penas y ampliarse los favores, lo cual es no solo regla del derecho humano, sino también del derecho natural y divino. Por consiguiente, aun suponiendo que la ofensa hecha por el enemigo sea causa suficiente de guerra, no siempre será causa suficiente para derrocar el gobierno del enemigo y para deponer a los príncipes naturales y legítimos, pues esto sería demasiado cruel e inhumano.”.
Trasladándome al prisma cinematográfico, la serie The Terror (2018) sirve de “pretexto” para proseguir con las menciones a la obra de Vitoria y también, porque su primera entrega (consta de dos temporadas independientes) trata la interesante, misteriosa y luctuosa historia de la expedición perdida de John Franklin. Si bien se producen adulteraciones producto de suscitar el interés del espectador (la más significativa de la serie es el oscuro enemigo que les acecha), en la actualidad se conocen bastantes de las circunstancias que rodearon a los marineros británicos.
En 1845 partían el Terror y el Erebus, dos navíos que, albergando provisiones para tres años y la tecnología más avanzada de la época, tenían como misión descubrir el paso del noroeste; una alternativa a la ruta meridional de llegada al Pacífico atravesando el Cabo de Hornos, sea hecha esta referencia geográfica por otras muestras del cine como Master and Commander de 2003 o En el corazón del mar de 2015 en la que Hermann Melville es interpretado por Ben Wishaw. Es más, la novela icónica de este autor y en la cual está basada la película, se inspira en la historia del ballenero Essex donde tuvieron lugar episodios de antropofagia.
Continuando con la expedición del noroeste, es menester señalar que el líder ya estuvo anteriormente varado en climas gélidos, experiencia que por lo visto no habría mermado su espíritu aventurero; gracias a sus avezados marinos, los ingleses ostentaron durante mucho tiempo un enorme poderío naval, podio arrebatado a los españoles (estimo que con la llegada de personajes como el corsario Francis Drake, quien estuvo al servicio de Isabel I).
Ante la ausencia de noticias en 1848 se enviaron partidas de búsqueda que resultaron infructuosas, sin embargo (y para ser conciso), de los inuit (pueblo que habitaba la región ártica) se obtuvo información perturbadora en torno a los métodos de supervivencia que habían adoptado los marineros que caminaban hacia la civilización. Debemos tener presente que estamos en la época victoriana, un periodo de colonización y esplendor (pese a ser catalogada como monarca muy querida, la reina Victoria sufrió varios atentados); se acuña la expresión moral victoriana (el propio Oscar Wilde conoció sus consecuencias cuando fue encarcelado, recomiendo Los juicios de Oscar Wilde de 1960), un aura de rígidas pautas que hacían impensables las actitudes caníbales de los ingleses relatadas por los indígenas. Incluso Charles Dickens contribuyó a la desacreditación de tales testimonios aduciendo que procedían de salvajes; esta campaña diremos publicitaria ha quedado en lo anecdótico, ya que los hallazgos actuales y su examen científico demuestran que sí hubo antropofagia a causa de la necesidad (parece ser que la gran cantidad de latas de conservas, parte importante de los víveres, habrían perecido antes de lo estimado debido a un mal sellado).
Podría haber escogido a modo de paradigma la increíble historia del equipo de rugby uruguayo que sufrió un accidente en los Andes en 1972 (mencionado por el propio filósofo Luis Frayle al inicio de su estudio preliminar), pero al estar conjugando en estas líneas lo cinematográfico, debo confesar que me resulta más atractiva la serie frente a la extensa película de Bayona. Ha de matizarse que la duración en el Séptimo Arte en numerosas ocasiones goza de implicaciones positivas, así lo demuestran exponentes como Novecento (1976) de Bertolucci, Eyes wide shut (1999) de Kubrick, El padrino (1972) de Coppola o Lo que el viento se llevó (1939) de Victor Fleming; esta última puede ser objeto de críticas por la idealista visión del sur confederado realizada por Margaret Mitchell: La Historia, el Cine o la Literatura carecen de culpa ante nuestras interpretaciones (o la manera en que asimilamos), y tampoco deben ser objeto de cancelación por la visión sesgada que deviene de cualquier radicalismo. Muestras cinematográficas de ese estilo, más bien deberían evocar en nuestras mentes aquella frase de “quien no conoce su historia, está condenado repetirla”, el pasado es necesario y depende de la contemporaneidad el moldear sus consecuencias.
Tras esta inopinada reflexión, decir que hay otras cintas (además de La sociedad de la nieve de 2023) sobre aquel dramático suceso sufrido por los jugadores de rugby, las cuales todavía desconozco: ¡Viven! (1993), Viven: milagro en los Andes (1993) o Náufragos de los Andes: Vengo de un avión que cayó en las montañas (2007). Sin embargo, sí puedo mentar una serie cuyo núcleo es semejante: Yellowjackets (2021) protagonizada por destacables actrices como Juliette Lewis, Melanie Lynskey o Christina Ricci.
Antes de cerrar las líneas sobre la expedición perdida de Franklin y la tragedia de los Andes, dejo latente la contraposición entre el deleite, ese deseo concupiscente condenado por Santo Tomás frente a la necesidad para conservar la vida, que el propio Vitoria considera de derecho natural y esgrime en su relección. El humanista pese al carácter unilateral de estas solemnes exposiciones, se preocupa por mostrar los argumentos en contra de su tesis con lo que se alcanza una mayor credibilidad en el discurso; por ello puede ser calificado de notable retórico (entendida la retórica como “obrera de la persuasión”, una de las definiciones que recopila y nos brinda Quintiliano de Calahorra, presente en el libro Retórica y Derecho cuya autoría corresponde al erudito Alfonso Ortega Carmona).
Concluyo el comentario con la reseña de algunos filmes vinculados con la materia de la relección.
Sobre la presencia residual de la antropofagia en la actualidad se hizo eco el cineasta de terror Eli Roth (con otros títulos en su acervo como Hostel de 2005, Cabin fever de 2002 o Knock-Knock de 2015) en El infierno verde (2013) protagonizada por Lorenza Izzo. Considero que puede ser un tributo a Ruggero Deodatto (quien tuvo un cameo en la segunda entrega de la saga Hostel), por su cinta Holocausto caníbal (1980), la cual durante la etapa posterior a su estreno estuvo rodeada por un aura de polémica e incertidumbre en torno a sus protagonistas, el maltrato animal o el fallecimiento real de personas. La cinta de Roth transcurre, ficticiamente, en la selva peruana donde una comunidad indígena pretende devorar a unos activistas extraviados, quienes habían pergeñado un plan para alcanzar visibilidad en las redes: tener entre sus filas a la hija de un abogado perteneciente a la ONU.
Un crimen real llevado a la pantalla fue el de Armin Meiwes apodado el caníbal de Rotemburgo, quien devoró a otro hombre, a petición suya (es decir, medió “consentimiento”). Condenado a cadena perpetua, asumió las consecuencias sin remordimientos ya que (de acuerdo con su lógica). Tanto la película como una entrevista (que se transmitió en documentos TV) pueden encontrarse en youtube; de igual manera que un documental sobre el crimen real cometido por el “caníbal japonés”, Issei Sagawa, cuando era estudiante en La Sorbona. Este asesino confeso, tras acabar con la vida de la estudiante holandesa (Renée Haltevert) y practicar canibalismo, quedó libre unos meses después por ser declarado inimputable por el equipo psiquiátrico y debido al influyente abogado (la familia de Sagawa tenía una notable capacidad económica) contratado, quien propició su repatriación a Japón. Con los años se dedicó a escribir sobre su crimen y llegó incluso a convertirse en una celebridad mediática en su país.
La película mexicana Somos lo que hay (2010) con la actriz Paulina Gaitán y su versión estadounidense Somos lo que somos (2013) con Julia Garner: con sus diferencias, ambas relatan el modo en que una unidad familiar gestiona su apetito de carne humana; si bien en el caso de la original, considero que entraña aspectos de corte social lo que da más consistencia a la trama.
Por último, una muestra cinematográfica donde la necesidad llega a evolucionar en puro deseo, Ravenous (1999), protagonizada por Robert Carlyle y Guy Pearce; un slasher donde el único superviviente de un grupo de viajeros, atrapados por el invierno en un paraje, inicia la cacería de una guarnición militar estadounidense (concretamente de la Unión, el uniforme azul que se distingue del gris confederado).
Independientemente de este elenco, cuando se habla de canibalismo y Cine, a una gran mayoría nuestro imaginario nos reserva la imagen de Hannibal Lecter (A. Hopkins) en El silencio de los corderos (1991).
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