A ti, madre, de cuyo cuerpo formé parte, llevándome en tu vientre durante unos meses, hasta que se cortó el cordón umbilical que me unía físicamente a ti, pero no mi vínculo afectivo contigo, porque siempre formarás parte de mi existencia, en el pasado que pasó tan deprisa, en el presente con sabor a nostalgia y en el futuro mientras tenga memoria para recordarte. Aunque no lo sé seguro, pero imagino que la primera palabra que pronuncié fue “¡mamá!”
A ti madre, que estuviste cerca en la miel y en la hiel, que me animaste cuando lo necesitaba y que me corregiste cuando también lo necesitaba, aunque no me gustara tanto. Tú que me sanaste tantas veces con tiritas de besos y vendas de abrazos. Tú, que hiciste tantas veces de psicóloga, enfermera y hasta de confesora. Tú, que siempre esperabas lo mejor de mí, y también aceptabas lo peor de mí, aunque a veces lo hicieras con lágrimas y silencio.
A ti madre, que me viste crecer, que jugaste conmigo, que me deslizabas la cuchara llena de papilla o puré hasta aterrizar en mi boca de niño pequeño, tan abierta como tu corazón de madre. Contigo reí y lloré, mostrándote tanta fragilidad porque sabía que tú la acogías. A ti, con la que en momentos descargué mi ira llena de frustración y rabia.
A ti madre, que me acompañabas al colegio y me dabas esos achuchones al entrar y al salir. Y ese bocadillo a mitad de mañana, que me sabía a gloria bendita. Y luego, cómo supiste entender que me hacía mayor y me daba un poco de vergüenza que me dieras besos delante de mis amigos. Ay, tonto de mí. Luego en mi adultez, bien que los he buscado, a veces como un mendigo.
A ti madre, de la que tanto aprendí, aun sin querer enseñarme. Tu forma de guisar, de tener preparado el hogar, de cuidar de los detalles. Siempre un plato de comida caliente dispuesto para hacerme sentir de nuevo en casa, y tantas conversaciones de mil cosas, algunas importantes y otras superfluas, pero siempre con el aroma a familia. A ti madre, que lo fuiste en días de tormenta, de lluvia fina o de sol radiante, venticuatro horas al día.
A ti madre, que estuviste en mi caminar, a veces con un palabra, otras con un gesto y otras simplemente estando al lado. Pero en todas ellas, tu sonrisa y tu mirada, ¡hasta tu risa! No se me olvidan tus manos, tan finas con esos dedos alargados, esas caricias tan sinceras y delicadas. Cuando estaba enfermo, siempre pendiente aunque solo fuera sentada en el borde de mi cama.
A ti madre, a la que ví hacerse mayor, enfermar y afrontar las limitaciones del paso del tiempo. A veces con poca fuerza, con mirada de ternura que se iba apagando, o con un silencio de agotamiento. Y poder acompañarte hasta el final de tu camino, bien agarrada a mí y a mis hermanas. Tú estabas a mi lado cuando nací y yo lo he estado en tu muerte, en la que dejaste tu cuerpo enfermo y roto para volar a algún lugar en el que espero volver a encontrarte y darte otro abrazo, esta vez sin reloj y sin final. Dios nos lo ha prometido y yo creo en ello.
A ti madre, en el día de la Madre y todos los días del año. A ti madre y a todas las madres, las que ya no están entre nosotros, las que están y las que vendrán. A todas las madres del mundo, las de nuestro país y las del más alejado. A las madres que crían a sus hijos en hijas en medio de la pobreza o bajo el sonido de las bombas. Madres que sacrifican su vida por las de sus retoños, que caminan para buscar comida hasta destrozarse los pies, que tienen que trabajar y a la vez cuidar de una casa, que son madres de hijos con alguna enfermedad o discapacidad. Madres que tienen que estar separadas de sus hijos, a las que incluso se los arrebataron para siempre. Madres que lo son incluso en la cárcel, por encima de los muros y los barrotes. Madres que se juegan la vida para encontrar un futuro mejor, aún a costa de trabajar donde sea o cruzar un mar en patera.
A ti madre y a todas las mujeres que han recibido el don de ser madres.
A tí, mamá.
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