Miércoles, 29 de abril de 2026
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Poder, guerra y desorden mundial
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Poder, guerra y desorden mundial

“Las líneas de fractura entre civilizaciones serán los frentes de batalla del futuro.”

SAMUEL HUNTINGTON

“La nueva Guerra Fría no será una repetición de la anterior, sino una competencia más compleja en un mundo profundamente interdependiente.”

ROBIN NIBLETT

Hablar hoy de una nueva Guerra Fría exige mirar de frente no solo la rivalidad estructural entre Estados Unidos y China, sino también los conflictos abiertos que están reconfigurando el mapa global con una intensidad que recuerda, por momentos, a las lógicas más duras del siglo XX. No se trata de un enfrentamiento congelado, sino de un proceso en ebullición donde guerras regionales, crisis humanitarias y tensiones geopolíticas actúan como piezas de un mismo tablero. Como advierte Robin Niblett, estamos ante una confrontación de largo alcance que marcará el siglo XXI, pero su desarrollo concreto no puede entenderse al margen de estos escenarios de violencia real.

La diferencia con la Guerra Fría clásica es evidente: entonces, el conflicto se mantenía en gran medida contenido por la disuasión nuclear y la lógica de bloques; hoy, en cambio, la rivalidad se filtra en conflictos abiertos que afectan directamente a poblaciones civiles y a equilibrios regionales. La guerra en Ucrania, la tensión en torno a Taiwán o las disputas en el mar de China Meridional son solo algunas de las manifestaciones visibles de esta dinámica. Pero es en Oriente Medio donde la nueva Guerra Fría muestra uno de sus rostros más crudos y moralmente problemáticos.

La devastación de Gaza y la situación del pueblo palestino han reabierto un debate fundamental sobre los límites del poder y la vigencia del derecho internacional. Las denuncias de genocidio no son únicamente una cuestión jurídica, sino una interpelación ética al conjunto del sistema internacional. En un mundo que se presenta como regido por normas, la incapacidad —o la falta de voluntad— para detener la destrucción masiva de una población civil revela una fractura profunda entre discurso y realidad. Aquí resuena con fuerza la advertencia de Hannah Arendt sobre la banalización del mal: cuando la violencia se normaliza bajo argumentos de seguridad, el juicio moral corre el riesgo de diluirse en la rutina política.

En paralelo, la creciente confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán introduce un elemento de escalada que trasciende el ámbito regional. No se trata solo de una serie de incidentes o ataques puntuales, sino de una dinámica de confrontación que podría desembocar en un conflicto de mayor alcance. Esta tensión se inscribe plenamente en la lógica de la nueva Guerra Fría: alianzas estratégicas, demostraciones de fuerza, guerras indirectas y una constante pugna por la influencia. Como señalaría Henry Kissinger, el equilibrio de poder es esencial para evitar el caos, pero cuando ese equilibrio se rompe o se percibe como injusto, el sistema se vuelve inestable. La actual situación en Oriente Medio parece moverse precisamente en ese terreno incierto.

Desde una perspectiva filosófico-política, lo que está en juego es la transformación del concepto mismo de guerra. Ya no se trata únicamente de enfrentamientos entre Estados claramente definidos, sino de conflictos híbridos donde intervienen actores estatales y no estatales, donde la economía, la tecnología y la información se convierten en armas, y donde la línea entre guerra y paz se vuelve difusa. En este sentido, la intuición de Byung-Chul Han resulta especialmente pertinente: la violencia contemporánea es muchas veces invisible, dispersa y continua, lo que la hace más difícil de percibir y, por tanto, de limitar.

Sin embargo, esta invisibilidad convive con episodios de violencia extrema que son imposibles de ignorar. Gaza, Ucrania o las tensiones con Irán muestran que la guerra sigue siendo, en última instancia, una realidad material que destruye vidas y territorios. La nueva Guerra Fría no ha eliminado la guerra tradicional; la ha integrado en un sistema más amplio de competencia global. Esta coexistencia de formas de violencia es uno de los rasgos más inquietantes del momento actual.

A todo ello se suma la crisis del multilateralismo. Las instituciones internacionales, diseñadas para gestionar conflictos y garantizar cierto orden, se muestran incapaces de responder con eficacia. El bloqueo en organismos internacionales, la selectividad en la aplicación del derecho y el predominio de intereses estratégicos sobre principios universales debilitan la legitimidad del sistema. Como advertía Ulrich Beck, los riesgos globales requieren respuestas globales, pero la política internacional sigue fragmentada. Esta desconexión se hace especialmente visible cuando las grandes potencias actúan al margen de las normas que ellas mismas han promovido.

En este contexto, la nueva Guerra Fría no puede entenderse solo como una rivalidad entre potencias, sino como una crisis más amplia del orden internacional. La interdependencia económica, que en otro tiempo se consideró un factor de paz, se ha convertido también en un instrumento de presión. Sanciones, bloqueos tecnológicos y disputas comerciales forman parte de una estrategia global donde la economía se militariza. La competencia por recursos, energía y tecnología intensifica las tensiones y amplía los escenarios de conflicto.

Desde la filosofía política, este panorama plantea una cuestión decisiva: ¿es posible un orden internacional basado en normas en un contexto de rivalidad estructural? La respuesta no es evidente. El realismo político recuerda que los Estados actúan guiados por sus intereses, pero la experiencia histórica muestra que sin algún tipo de marco normativo compartido, el sistema tiende al conflicto permanente. Como escribió Immanuel Kant, la paz no es un estado natural, sino una construcción política que requiere instituciones y voluntad.

La nueva Guerra Fría pone en cuestión esa construcción. La proliferación de conflictos, desde Ucrania hasta Gaza, pasando por la tensión con Irán, indica que el equilibrio actual es frágil y que la lógica de poder está ganando terreno frente a la lógica del derecho. Al mismo tiempo, la presencia de múltiples actores —incluidos los países del Sur Global— introduce una complejidad que impide reducir el mundo a dos bloques enfrentados. Esto abre espacios de autonomía, pero también aumenta la incertidumbre.

En última instancia, la nueva Guerra Fría no es solo un fenómeno geopolítico, sino una prueba para la conciencia política contemporánea. Obliga a decidir si el orden internacional se regirá por la fuerza o por normas compartidas, si la seguridad se buscará mediante la confrontación o mediante la cooperación. Los conflictos actuales muestran que esta decisión no es abstracta, sino que tiene consecuencias concretas y, a menudo, trágicas. Pensar la nueva Guerra Fría es, por tanto, pensar los límites del poder y la posibilidad —siempre frágil— de una política internacional más justa.

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