Mi propuesta de esta semana es doble y se centra en Gaël Faye, nacido en Burundi de madre ruandesa y padre francés, exiliado en Francia desde 1995 y hoy residente en Kigali, capital de Ruanda. La recomendación de sus dos únicas novelas resulta especialmente oportuna en estos días en los que se cumplen los treinta y dos años de las terribles matanzas perpetradas por los radicales hutus, casta dominante en la población y el gobierno ruandés, que, entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994, asesinaron al setenta y cinco por ciento de los tutsis y de los hutus moderados, cerca de un millón de personas en total.
En Pequeño país, Faye convirtió en materia literaria el genocidio sin limitarse al testimonio histórico, pues su propuesta indaga, desde una mirada poética e íntima, en la infancia truncada, la identidad herida y la memoria como territorio moral. La obra, de fuerte componente autobiográfico, obtuvo un éxito internacional extraordinario, fue premiada con el Prix Goncourt des Lycéens, y fue llevada al cine.
La novela presenta a Gabriel, Gaby, en dos tiempos: el adulto exiliado en Francia, desubicado y nostálgico, y el niño feliz en Buyumbura, en un entorno familiar acomodado y mestizo donde conviven su madre tutsi, su padre francés y una galería de figuras domésticas que reflejan la complejidad social previa al desastre. El detonante narrativo es una llamada desde Burundi que lo impulsa a regresar para cerrar una herida íntima que nunca cicatrizó. Tras ese prólogo europeo, el núcleo del libro se sitúa en la infancia africana, organizada en un poderoso contraste entre el paraíso cotidiano de juegos, amistades y libertad, y la irrupción progresiva de una violencia que lo invade todo.
Gaby y “la banda del callejón”, su grupo de amigos, viven entre excursiones, lecturas clandestinas, pequeños ritos de camaradería y una naturaleza desbordante, mientras, casi imperceptiblemente, observa la fractura de la sociedad. Disparos lejanos, rumores, vigilancias, cadáveres en las calles y silencios adultos envuelven la cotidianidad en una atmósfera inquietante donde la banalidad del mal se instala con espantosa normalidad (La muerte ya no era una cosa lejana y abstracta). El niño asiste, sin comprender, al surgimiento de bandos, odios y matanzas que culminarán en la guerra abierta y en el exterminio sistemático de los tutsis.
En medio de ese horror, la lectura se convierte en refugio y tabla de salvación. Gracias a los libros prestados por una vecina, Gaby se protege de la violencia reinante, mientras la conciencia de la muerte marca el final irreversible de su infancia. La novela se erige así en relato de iniciación brutal: la pérdida de la inocencia como rito impuesto por la historia.
Junto a estos ejes -infancia y guerra- aparecen otros temas decisivos: la patria perdida, la familia destruida, la identidad fracturada por etiquetas étnicas arbitrarias, la necesidad humana de fabricar enemigos, y el destino trágico de los refugiados, reflejado en paralelo entre la memoria del niño y las imágenes contemporáneas del Mediterráneo que observa en televisión ya de adulto en París. El resultado es un libro conmovedor que, desde un tono lírico y melancólico, convierte la experiencia histórica en reflexión universal sobre la memoria, la pertenencia y el desarraigo.
Hace solo un año apareció en nuestro país El jacarandá, su última obra, en la que Faye desplaza el foco desde la infancia hacia la edad adulta y, sobre todo, hacia la transmisión del trauma a una segunda generación que no vivió directamente el genocidio pero crece bajo su sombra. La novela se abre en 1994 con Milan, adolescente franco-ruandés que vive la incertidumbre de su edad agravada por la conciencia del misterio que encierra el pasado de sus orígenes africanos. La figura central es su madre ruandesa, Venancia, cuyo mutismo respecto al horror vivido en su país genera en el muchacho una inquietud identitaria que marcará su infancia y culminará en un primer viaje a Kigali en 1998, tras el divorcio de sus padres.
En Ruanda, Milan descubre un país desconocido, una familia ignorada y una generación joven que intenta vivir entre fiestas, estudios y proyectos mientras convive con una memoria omnipresente. La estructura fragmentaria, organizada mediante saltos temporales (2005, 2010, 2015, 2020) y espaciales entre París y Kigali, refleja el proceso interior del protagonista: cada regreso a Ruanda es un avance en la investigación sobre su identidad, su familia y la historia colectiva.
La novela articula una pluralidad de voces: testimonios, recuerdos y relatos parciales de distintos personajes que componen un mosaico del trauma. Faye no busca reconstruir documentalmente el genocidio, sino mostrar cómo se vive después, cómo memoria y cotidianidad se entrelazan en una sociedad que trabaja, estudia, ama y celebra mientras arrastra pérdidas, culpas y silencios. La memoria aparece así como proceso complejo, oscilante entre el deber de recordar y la necesidad de olvidar para seguir viviendo.
El silencio es un eje esencial. Para algunos adultos, callar es una forma de supervivencia; para los jóvenes, una fuente de desorientación. Hablar, testimoniar y narrar se convierten en actos de reparación, y la propia novela se presenta como intento de curación del trauma transgeneracional mediante la literatura.
La identidad y la herencia familiar ocupan un lugar central. Milan y sus jóvenes amigos ruandeses deben enfrentarse a verdades incómodas sobre el papel de sus mayores durante el conflicto. La infancia, también aquí, funciona como espacio de descubrimiento progresivo de una historia dolorosa apenas insinuada por los adultos.
El paisaje ruandés adquiere valor simbólico, especialmente el jacarandá que da título al libro, árbol majestuoso asociado a continuidad y renovación, testigo mudo de la historia y emblema de la posibilidad de recomponer la vida tras la devastación. Kigali aparece, además, transformada con el paso de los años, signo visible del esfuerzo material y moral de reconstrucción.
La reconciliación, lejos de presentarse como solución simple, se muestra llena de tensiones entre justicia, memoria y convivencia. Pese a la melancolía dominante, Faye sugiere una expectativa prudente apoyada en las nuevas generaciones, cuya voluntad de comprender, dialogar y convivir constituye la apuesta final de una novela que reflexiona con hondura sobre memoria, identidad y futuro, con un mensaje de fondo, en ambos libros, optimista y esperanzador.
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Gaël Faye. El jacarandá. Editorial Salamandra. Barcelona, 2025. Traducción de María Lidia Vázquez Jiménez. 256 páginas. 21 euros
Gaël Faye. Pequeño país. Editorial Salamandra. Barcelona, 2018. Traducción de José Manuel Fajardo. 224 páginas. 18 euros
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