Jueves, 23 de abril de 2026
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El Lunes de Aguas: Un luminoso recuerdo de infancia
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El Lunes de Aguas: Un luminoso recuerdo de infancia

Publicado 19/04/2026 17:18

El pasado Lunes de Aguas veía desde mi ventana una multitud de variopinta población, paseando hacia arriba y hacia abajo, a la orilla del Tormes; nadie se paraba; llevaban las bolsas de plástico llenas de alimentos, para merendar sentados en la fresca hierba, como todos los años; pero el tiempo del pasado lunes fue demasiado frío. Aunque no llovió, el frío aire empujaba a moverse, a pasear, no a pararse. Y mientras contemplaba este atípico panorama, mi imaginación se fue al pasado; a un lejano pasado de infancia, en el que todo reluce, intenso, todo es diferente: la felicidad está ahí, se toca con las manos.

Ese día lo cotidiano saltaba por los aires hecho añicos y todo lo único, lo inesperado, lo deseado, nos invadía desde los primeros momentos de la mañana cuando, ya dispuestos a iniciar la gran marcha, los niños nos movíamos alegres e impacientes esperando a las familias rezagadas. Los que vivíamos en la calle Edison componíamos el grueso del grupo y a él se añadían familias de calles adyacentes.

Nunca entendí por qué se llamaba ese día lunes de agua; no sabía si era porque la romería iba a parar a las orillas del Tormes, o porque, decían otros, casi siempre llovía ese día. Curiosamente yo no tengo ningún recuerdo de un lunes de agua lloviendo, sino, al contrario, todos los recuerdo de ese fascinante día son de una luz, de un sol, de u cielo azul, como solo en la infancia pueden percibirse.

Cuando todos, o casi todos, estábamos ya en la calle, comenzaba la marcha, divididos en cuatro grupos: los niños pequeños íbamos los primeros, jugando y saltando, a continuación venían las chicas y chicos, los adolescentes, mirándose mutuamente y seduciéndose ya de mañana; luego venían las madres, charlando y riéndose, felices de disfrutar de un día de libertad fuera del esclavo hogar; y finalmente, cerrando el grupo, los padres, también contentos de no trabajar, de ver a sus hijos alegres y a sus mujeres hermosas en ese día de primavera en el que la carne resucitaba, después de la de Nuestro Señor.

El camino descendía a la orilla de un arroyo, el regato de los Hoyeros, de fresca hierba, poblado de ranas. Era el lugar elegido por mi pandilla para esconder los tesoros que depositábamos bajo tierra, protegidos por un trocito de cristal y un poco de tierra encima; los tesoros eran una canica, una moneda de diez céntimos, una peonza, una flor o un trozo de tela coloreada.

Al llegar al río acampábamos cerca del embarcadero, ansiosos de que llegara el momento mágico, por la tarde; nos subiríamos a una barca, atravesaríamos el río y llegaríamos a un Tejares inundado de fiesta, de gente, de golosinas y cacharros de barro que nos acompañarían a la vuelta, y durante todo el cálido verano. Los padres nos compraban a los niños un pequeño botijo, bien cocido y pintado, ellos traían de vuelta otro más grande para uso familiar y las mujeres volvían cargadas con alguna cazuela o recipiente para la sal, el azúcar o las hierbas aromáticas.

Antes, durante la mañana, los niños jugábamos en los prados, escondiéndonos en los matorrales cercanos al agua o en las cabañas del ganado para no ser vistos por los que hacían el papel de guardias en ese excitante juego que atraviesa mi infancia que llamábamos “guardias y ladrones”. A la hora de comer nos reagrupábamos en torno a las tortillas, ensaladas y hornazo, que compartíamos todos con todos.

Durante ese día ni mis padres ni mis hermanos estaban pendientes de mí, ni yo de ellos; cada uno atendía sus gustos e intereses y se entendía que las funciones de padres, madres e hijos estaban suspendidas por un día. Ningún control, ningún enfado, ninguna norma más allá de un vago y maternal “tened cuidado”.

Mis gustos e intereses saltaban de estímulo en estímulo: atrapar una rana en la orilla, rozar los cabellos de Angelina, la hija del entrenador del equipo, quedarme embobado mirando la corriente eterna del río o el esfuerzo de los remos haciendo avanzar la barca.

No podía ni imaginar que aquello era la felicidad, el paraíso del que nunca tendría que haber sido expulsado, pues nunca cometí pecado alguno para ser arrojado de ese jardín. Pues nos decían que todos esos frutos, esos aromas, esos sonidos Dios los había creado no como ocasiones de castigo sino por amor.

Inexorablemente el día siguiente llegaba, con él el fin del paraíso y solo quedaba como mudo testigo de que el Lunes de Aguas no había sido una alucinación, el botijo de Tejares, que debía durarme hasta el próximo año

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