Cuando el republicano Trump ocupó la Casa Blanca por segunda vez –sin contar la que logró asaltarla-, ya sabíamos que era un personaje que no pasaría desapercibido. En aquel primer mandato se vieron sus intenciones, sus logros y sus fracasos. Los de su partido aplaudieron su política económica –bajada de impuestos-, las primeras medidas en política exterior –facilitando las relaciones de Israel con varios países islámicos- y el “retoque” en los nombramientos judiciales, de forma que la Corte Suprema estableció una jurisprudencia más conservadora para, por ejemplo, homogeneizar las sentencias y eliminar el derecho al aborto. También se conocieron sus errores de mayor o menor calado: ridiculizar el cambio climático, algunas medidas de inmigración un tanto crueles, minimizar los efectos del covid-19 y, como remate, incitar a sus partidarios a la toma del Capitolio en un intento de anular la victoria de su sucesor Biden.
Ya en esta segunda etapa, le asoma a Trump su vena conquistadora. Diríase que le ha brotado una especie de fiebre monárquica, tipo Edad Media, más propia de la mayoría de reyes europeos empeñados en hacerse con los territorios vecinos. Nosotros no necesitamos irnos muy lejos, basta que recordemos nuestra historia, en la que tenemos reyes con ese apelativo.
En el balance de su actual política se percibe un gobierno amigo del empleo de órdenes rápidas destinadas a cumplir sus promesas electorales, que le han proporcionado resultados bien vistos por su gente, pero no tan agradables para los que no le han votado ni para gente del exterior. En este corto período da la sensación de que no comulga mucho con el Estado de Derecho; es más amigo de los caprichos y, cuando no puede alcanzar sus propósitos legalmente, no le tiembla la mano para hacerlo ilegalmente. Como botón de muestra, basta recordar que la primera decisión que tomó tras su toma de posesión fue firmar el indulto a los condenados por asalto al Capitolio. Para Trump, los acuerdos con organizaciones internacionales son más bien una herramienta para mantener una red de clientes. Cuando el resultado es positivo, miel sobre hojuelas; y cuando no lo es, echa mano de los aranceles. Me ratifico en la idea de que Trump es más empresario que político.
Una de sus primeras “conquistas” ha sido Venezuela. Detrás de la lucha contra los cárteles de la droga y el cambio de gobierno, estaba el interés sobre el petróleo, Desde la invasión a Panamá, no se había visto un despliegue naval como el montado para el bloqueo de Venezuela. En el próximo mes de noviembre se celebrarán lo que los norteamericanos llaman elecciones del medio término y hay que presentarse con logros tangibles. El conato de ocupar Groenlandia, haciéndose el loco, era uno de los objetivos en cartera. Fracasado el efecto sorpresa, Venezuela era el segundo, y aquí no hubo fallo. El tercero, también tiene premio: Irán. La jugada, aunque arriesgada, no iba mal encaminada: se elimina a Jomeini, se acaba con ese peligro nuclear, se cambia la forma de gobierno está por ver-, se termina el apoyo a todas las organizaciones terroristas subvencionadas desde Teherán y, sobre todo, se accede al mayor depósito de petróleo y gas natural. Claro que a EE.UU. le ha sucedido con la guerra contra Irán lo mismo que a Putin contra Ucrania: los planeamientos han fallado y las “guerras relámpago” pueden durar años. La de Oriente Medio ya dura 50 días y, a pesar de los muchos alto el fuego intentados, no sabemos cuál será el definitivo. Ni Hamás renuncia a su refugio en la Franja de Gaza, ni Hizbolá pretende abandonar Líbano, ni Israel parece muy comprometido a ningún alto el fuego. Por último, Irán tampoco ha firmado ningún acuerdo que le impida seguir con su carrera nuclear, ni admite que le cierren el paso por el estrecho de Ormuz. Es decir, este pequeño paréntesis que hizo despertar las Bolsas de Europa y EE. UU, sólo duró veinticuatro horas.
Cuando califico a Trump como conquistador, lo hago porque está iniciando actuaciones bélicas en territorios fuera del ámbito de la OTAN, pero que pueden tener repercusión global. Por esa razón, los aliados no han reaccionado de forma unánime: unos, están en desacuerdo por considerarlas contrarias a la legalidad internacional, y otros, más partidarios de tomar medidas que suavicen ese impacto negativo a la estabilidad mundial. No obstante, si hay que padecer los efectos de un nuevo conquistador, antes Trump que con Sánchez que, como buen populista, lo suyo es la conquista ideológica.
España -mejor dicho, su gobierno- ha vuelto a ser la excepción. Sánchez se ha quitado definitivamente su careta democrática para colocarse la progresista de extrema izquierda. Su simulado “No a la guerra” le convierte en reñido opositor a las conquistas bélicas. Además de EE.UU., los líderes de la UE ya no cuentan con España –mejor dicho, con Sánchez- para tratar temas de seguridad. No es extraño que se vaya a China para “poner a caer de un burro” a todas las democracias liberales. Le quita el sueño su deseo de convertirse en el líder del “antitrumpismo”.
Si este gobierno se prolonga más allá de esta legislatura – hasta que no pite el árbitro, nadie puede cantar victoria-, España puede acabar fuera de alguna organización imprescindible. Que nadie espere en Sánchez el menor indicio de rectificación. El PSOE, tal como lo hemos conocido hasta la llegada de Zapatero, como buen populista, lo suyo es la conquista ideológica. y sobre todo Sánchez, es el equivalente al Frente Popular. Ya ni lo disimulan.
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