Martes, 21 de abril de 2026
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Costurera sin dedal
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Costurera sin dedal

Publicado 20/04/2026 18:10

La belleza es puntual y florecen las lilas con su aroma entregado, su belleza que acumula lo hermoso en forma de nube, nube que exhala el aroma de lo efímero, el tiempo, breve y fecundo, de las lilas. Se afanan en el jardín, en la espuma de los anhelos, las abejas y los insectos embriagados de aromas. En el corral de mi abuela, en el patio de mi madre, no se ve el árbol de puro lleno. Esta primavera sin aguas mil de abril, de mes cruel y calores extraños, las lilas prosperan con la sola idea de consolarnos de la enfermedad, de la falta. No está la jardinera para cortar ramos y los ramos se aprestan a apretarse, se juntan, se amontonan… y toda la calle huele a lilas detrás de la barda de ladrillo, anunciando lo bello de horas de calor y encuentro.

Abril no da agua y confiamos en la nube juguetona, la nube descosida que a veces tapa el sol que arde como si estuviéramos en verano. Nos despedidos de los muros familiares y avanzamos a tientas, levantando la casa, guardando las cajas y rescatando el costurero de la labor, sin saber que el recuerdo tiene hilos enredados, botones que han perdido el ojal de su conocimiento. Agujas que nos pinchan cuando intentamos poner orden, y un retazo de tela donde alguien hilvanó la memoria que comenzaba a perderse entre los alfileres, la tiza de marcar, los metros con los que jugábamos de niños. Y los dedales.

Le digo a mi amiga Noemí, la abulense, la inglesa de rizos rojos, ojos grandes, sonrisa que le sale por la voz alegre, que mi casa está ahora llena de dedales. Se me aparecen en cada cajón, hasta comparten espacio con los cubiertos por aquello del hermanamiento del metal. Son tenaces y buscan el rincón hasta del frutero. Ruedan por las láminas del suelo y ruegan porque recuerde la oración consabida: costurera sin dedal/cose poco y lo hace mal.

He intentado meterle el bajo a un pantalón de rebajas. Lo dejo a un lado. No tengo ni la paciencia ni las ganas. Y sin dedal. Yo bordaba en los ratos libres de los destinos lejanos, ahí donde me mandaban los designios de los traslados y donde a nadie conocía. Bordé las tardes vacías, escribí los ratos solitarios, y nunca, pese a todas las recomendaciones, usé el dedal sin el que mi madre no hizo nunca nada. Ella, la costurera, ella, la ingeniera de las sisas que no utilizaba patrones. Ella, la laboriosa que tejía el invierno de nuestros fríos y descosía el aprovechamiento de toda ropa. Dedal en su largo dedo, en su elegante pulgar que no heredé. Dedal de su tarea constante, apenas detenida. Dedal que ahora encuentro por todas partes para recordarme lo que me falta, mi falta de paciencia, mi ineficacia. Y dejo a un lado el costurero en el patio de las lilas, embriagada de olor y de recuerdos, cosiendo el porvenir. Mano sin dedo, dedal sin su piel, vacío eterno.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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