La exconcejala de IU repasa su trayectoria municipal tres años después de abandonar la política institucional; centrada actualmente en la docencia en la USAL y el activismo, reflexiona sobre la importancia de no profesionalizar los cargos públicos y alerta sobre la normalización de los discursos de extrema derecha
La exconcejala de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Salamanca Virginia Carrera mantiene intacto su compromiso social tres años después de abandonar la primera línea institucional. Centrada ahora en la docencia universitaria y el activismo feminista, reflexiona sobre la polarización política y la importancia de no profesionalizar los cargos públicos.
Aunque es natural de Ávila, Virginia Carrera, que cumplirá 47 años el próximo mes de junio, lleva 28 años residiendo en la capital del Tormes. Su vocación pública comenzó a los 19 años en el movimiento estudiantil universitario como portavoz del Colectivo Estudiantil Alternativo (CEA). De formación es Graduada Social, además de haber cursado estudios en Educación Social y Trabajo Social, una base académica que ha marcado toda su trayectoria profesional y política.
Tras abandonar el cargo público por decisión propia en 2023, al cumplir su límite autoimpuesto de ocho años, ha retomado al cien por cien su faceta académica e investigadora. Actualmente imparte clases de Derecho del Trabajo y Políticas de Igualdad en la Universidad de Salamanca (USAL), tras solicitar una excedencia en Comisiones Obreras, sindicato en el que trabajó durante 20 años en la Secretaría de la Mujer.
A pesar de su salida de la institución, lleva 19 años afiliada al Partido Comunista y fue coordinadora de Izquierda Unida en Salamanca hasta hace apenas ocho meses. Además, ha presidido la plataforma por la equiparación de los permisos de nacimiento para ambos progenitores, canalizando ahora su vocación pública a través de la docencia, el movimiento feminista y el activismo antifascista.
Su etapa municipal -ocho años de concejala- le proporcionó una radiografía de la ciudad que, asegura, es imposible de borrar. "El Ayuntamiento nos hace estudiar mucho. Yo me preparaba los plenos como para una oposición, me levantaba a las seis de la mañana", explica la exconcejala, quien confiesa que sigue llamando al servicio 010 cuando detecta incidencias en la vía pública.
Durante sus dos mandatos, primero con Ganemos Salamanca y después como única representante de Izquierda Unida, mantuvo su empleo fuera de la política. La segunda legislatura fue especialmente exigente al quedarse como única concejala de su formación. "Teníamos un solo asesor y yo. Sacábamos dos notas de prensa a la semana, hacíamos audios... Yo escribía las notas en mi propio móvil mientras iba al trabajo", recuerda sobre aquel intenso ritmo.
Sobre el papel de su grupo en la oposición frente al resto de formaciones, Carrera se muestra contundente: "Fuimos la revolución en el momento que entramos. El PSOE no tuvo la capacidad de ser revolucionario, pactó, yo creo que también por una cuestión de intereses", reflexiona.
El segundo mandato, marcado por la pandemia, generó alianzas impensables en el pleno municipal para sacar adelante medidas sociales. Sin embargo, también recuerda momentos duros, incluyendo insultos por la calle debido a su posicionamiento ideológico. "Iba por la calle y me decían 'roja de mierda'. Pero como tengo muy buen humor, mido 1,72 y peso 60 y pico kilos, no me dejo", relata. "Fui muy feliz, pero hubo momentos de decir qué duro es esto, siendo 'la roja' de este ayuntamiento y la primera mujer portavoz en primera línea".
Más allá de los debates en el pleno, Carrera guarda un recuerdo muy especial de su trato directo con los ciudadanos, especialmente oficiando enlaces civiles. "Me dedicaba a casar, no sé cuántas veces he podido casar. Es de las cosas más maravillosas que recuerdo", rememora con humor, recordando con especial cariño su primera ceremonia, solicitada por un funcionario para casar a su hijo, y añadiendo la anécdota de un vecino que siempre le recordaba que mantenía un récord de "cero divorcios" entre las parejas que había unido.
La decisión de no presentarse a una tercera legislatura respondió a una profunda convicción personal. Carrera defiende que la representación institucional no puede ser permanente para evitar perder la perspectiva colectiva de las necesidades ciudadanas.
El final de esta etapa supuso un cambio drástico en su rutina. Confiesa que su primer verano alejada del cargo se le hizo "raro", ya que estaba acostumbrada a pasar el mes de agosto preparando los plenos del curso junto a su compañero de formación, Javier.
"Creo y reafirmo que la política no puede ser permanente ni agarrarse a los sillones, porque llega un momento que te crees que es tuyo", afirma con rotundidad. Por ello, considera fundamental que los representantes públicos tengan una profesión a la que regresar una vez finalizada su etapa institucional.
Esta independencia laboral evita, según su criterio, que los principios queden condicionados por la necesidad económica. "Nunca he vivido de la política, mis asignaciones eran donadas. Tus principios no pueden estar agarrados por la mano que te da de comer. ¿Cómo te vas a enfrentarte a alguien que te va a ayudar a pagar un crédito?", reflexiona la docente.
El final de su etapa municipal supuso un cambio de ritmo que cristalizó en un regreso total a la academia. En las aulas de la USAL, Carrera encuentra otra forma de transformación social. "Mi parte política ahora en el mundo laboral es generar un modelo de transformación a través de la academia. Somos el pensamiento crítico", destaca la investigadora.
Sus líneas de investigación mantienen un marcado carácter social, abordando cuestiones como el empleo doméstico o la violencia en el trabajo. "Todo tiene que ver con el componente de lo público y hasta dónde tendría que intervenir el Estado", añade.
En su actual departamento universitario, Carrera asegura sentirse libre y sin necesidad de esconder su ideología. "Todo el mundo sabe lo que yo pienso. No me tengo que esconder, saben que soy 'la roja' y una tía que ha estado en el Ayuntamiento por la izquierda. Eso me hace bien", confiesa.
No obstante, reconoce la enorme exigencia del mundo académico para consolidar su trayectoria investigadora. "Esta universidad es muy dura. Ahí no tengo padrino, aquí ya sabes que es por tus propios medios", admite sobre el esfuerzo personal que requiere su actual dedicación.
Desde su posición actual, observa con inquietud la polarización de la sociedad y la normalización de discursos de extrema derecha. Le preocupa especialmente la falta de información contrastada entre los más jóvenes, que se informan principalmente a través de redes sociales sin profundizar en los hechos.
"La chavalería no ve noticias, no ve redes más que tiktokers e instagramers. Ahí nosotros, ahora la izquierda, lo tenemos a la fuerza para meternos en eso", analiza sobre la necesidad de adaptar los canales de comunicación políticos.
"El momento que estamos viviendo ahora es peligroso en cuanto a que se ha normalizado el fascismo", advierte Carrera. Le inquieta especialmente ver a personas de clase trabajadora votando en contra de sus propios intereses: "Ves a personas en situación de desventaja que, si no es por la subida del Salario Mínimo Interprofesional, no llegaban a los 1.000 euros, y asumen discursos de la derecha".
Frente a la apropiación de los símbolos nacionales por parte de la extrema derecha, la exconcejala responde con firmeza y reivindica su propia visión del país: "Yo soy española, a mí no se me olvida, no tengo que ponerme una pulsera para acordarme. Además, pago una declaración de la renta perfecta, porque me encanta tributar para tener luego unos derechos".
Ante esta situación, aboga por no caer en la apatía y mantener un debate activo. Ella misma predica con el ejemplo manteniendo una militancia activa en las calles: acudió a las concentraciones de apoyo a las sindicalistas de 'Las 6 de la Suiza', participa en charlas antifascistas y se involucra en las celebraciones republicanas del 14 de abril, entre muchas otras actividades.
A pesar de estar alejada de los focos mediáticos del pleno, los salmantinos la siguen reconociendo por la calle. "Mucha gente todavía me pregunta si soy concejala, e incluso alguna vez me han preguntado si era actriz al verme en el periódico", relata entre risas. "Los vecinos tienen ganas de hablar y debatir sobre la actualidad", concluye, demostrando que su vocación de servicio público sigue intacta.