La obra es un homenaje a la España liberal que se lee como ensayo narrativo, novela histórica y reflexión personal.
Tras los dos ensayos narrativos con los que Sergio del Molino retrató nuestra “España vacía”, el autor, columnista certero y valiente, nos ha ido entregando las piezas de un edificio que ahora se muestra monumental y admirable. Porque es un gran escritor, porque sabe leer nuestra época, nuestro presente, nuestro pasado inmediato –véase “Los alemanes”- y nuestro pasado anterior, el de las novelas históricas que tanto nos gustan. Sergio del Molino, ya sea en una intervención radiofónica, en una columna suya valerosa y directa o en una novela tan apabullante como “La hija”, siempre nos fascina con su tratamiento de la narración, su visión de la realidad española, su capacidad reflexiva y su originalidad. Y con esta auténtica joya no podía ser para menos, el lector encuentra en “La hija” a un escritor de fuste que sabe muchísimo de pintura, de historia, de política, y para colmo… que se incluye a sí mismo en un ejercicio de autoironía muy interesante.
Carmen Martín Gaite decía que había iniciado su estudio de la España del siglo XVIII, aquella que alumbró a su ilustrado Macanaz, porque era una época de la que nada conocía. Soy profesora de instituto, la literatura del Siglo de las Luces parece devorada por el programa y perdemos a Moratín, Goya y hasta a Jovellanos. Pero ahí está Sergio del Molino, quien a la manera de Bertold Brecht, usa el pasado para leer el presente: la división de los liberales, la España rancia que no cambia, los usos y costumbres del poder casi ridículos –véase a Ábalos y Cerdán- y su gestión mediocre del arte. Cuánto sabe de una época difícil Sergio del Molino, del final de la guerra de la independencia, la llegada del Felón –que nadie piense mal-, del exilio de los afrancesados, del regreso de los liberales esperanzados por la niña reina que será Isabel II… y todo desde los ojos de un político y periodista de manuscrito encontrado, y desde una pintora que verdaderamente existió y tiene enamorado a nuestro Sergio del Molino: Rosario Weiss.
A la joven pintora la encontró del Molino leyendo un libro sobre el exilio de Goya en Burdeos. Posiblemente, hija del pintor zaragozano como el autor, Weiss murió con 28 años y compartió mucho con aquel que todo le enseñara. Porque la protagonista es una gran pintora de la que El Prado tiene un inquietante autorretrato, colocado, directamente sobre el de Goya. Y ahí, valiéndose de los pocos datos biográficos, opera el milagro de recuperarla Sergio del Molino. Liberal, trabajadora, miope, poco o nada sometida a las ataduras de su tiempo, Weiss es copista, magnífica retratista, independiente y ninguneada, porque nadie, y particularmente los Madrazo, querían a una mujer tan dotada y de la que se decía que era hija natural de Goya. Muchos palos en las ruedas tuvo que sortear este personaje espléndido que merece el relato de una época trepidante. Y la ficción nos atrapa
Pero Sergio del Molino no se conforma con mimar a esta heroína insólita. Se permite el lujo de recorrer la obra de Goya, testigo de las atrocidades de su época y de la tensión entre la modernidad y los vicios que quiso arrancar la razón ilustrada. Y se enzarza en una revisión pictórica que sorprende al lector apabullándolo hasta que, con ganas de cambiar de tercio, se convierten, él y su proceso de escritura, en secundarios. Sergio del Molino se ve a sí mismo como un trabajador a pico y pala, como la Weiss, sin patrocinadores, sin protectores. Se burla un poco de sí mismo, estajanovista de la pluma, la columna, la colaboración periodística pero, también, de los empeños monumentales en los que se mete. Sergio del Molino se nos ha vuelto un constructor de catedrales, las erige desde la ficción, pero partiendo de la realidad, con voluntad de ensayista certero, con gracia para reflexionar sobre su persona y su trabajo. Y vaya trabajo ¿Cuánto sabe de arte Sergio del Molino, cuánto de historia, cuánto de leernos a través del pasado? La brillantez de este libro deslumbra tanto como el retrato alegórico de Rosario Weiss que adorna la portada. Es un cuadro que se titula “la escucha” y que se superpone a Goya, sordo total. La niña Rosario le acompañaba en sus paseos y en sus trabajos en la Quinta y en Burdeos, su lápiz, su pincel a la manera del maestro. Y luego, mujer joven se gana la vida con esforzados trabajos, sin tiempo para ser una diletante, como Sergio del Molino, escritor descomunal, trabajador absoluto, que se mira en el espejo de su retratada, rendido a la historia que le inspira y fascina.Un libro necesario, un empeño monumental.
Este viernes, a las 19:30 horas, Sergio del Molino presentará este libro en Letras Corsarias.

Charo Alonso. Fotografía de Sergio del Molino, editorial Alfaguara.