A la calle le florecen las terrazas y el sol nos deja la caricia del banco ocupado, del paseo sin recado, el parque de los niños lleno y hasta el rincón de los perros con feliz polvareda. Se enciende el cirio pascual y el sol nos alumbra las ganas, el viaje, la carretera llena y hasta en el barrio de fuera, ahí donde se dejan ver los campos que asoman de verde y de amarillo, hay una alegría de pan recién hecho, de periódico con portada irreal de buenas noticias. Es un domingo de luz y se nos calientan las ganas de salir de casa, de regar el balcón y hasta de marcharnos al pueblo a sentir que sí, que todo tiene que ser distinto, que no hay bombardeos ni gentes habitando las ruinas que dejó la última bomba. Porque todo eso está lejos, muy lejos, ahí donde el milagro del agua se acarrea en una sucia garrafa.
Agua. En los campos las charcas se festonean de flores blancas y empiezan a bajar. No hay remedio, en esta tierra nuestra o llueve con ganas o nos quedamos con las ganas de ella. Agua, el agua del bautismo sobre la pila de piedra, esa que le da nombre al nombre de pila, agua, agua, agua. Cuando vivía en el lugar de las gentes del Ramadán, me preguntaba, no cómo aguantaban sin comer en las horas de luz, sino cómo lo hacían sin en agua viva, el agua que corre por las venas del campo, las de nuestro cuerpo que se sacude al sol como la gata que sale al patio. Agua. Pero no es la imagen del agua que cae sobre la cabeza del muchacho recién bautizado en los ritos de la Pascua el que me ocupa, no, el agua que aún me sacia es la que cae de una jofaina sobre el pie diminuto de una niña. Agua.
Había olvidado los ritos del Jueves Santo y su toalla ceñida. La jofaina y la palangana de las casas de labor y el agua vertida, no sobre las palmas de quien va a comer, sino sobre un pie diminuto que se ha quitado el calcetín como en un juego. Y es un pequeño milagro: el hombre alto arrodillado ante la niña chica, lavándole los pies con deferencia. Ese pie de muñeca que ofrece como en un juego, pequeño, inocente, que no sabe de malos pasos y sí de saltos. Y el agua en el ejercicio de la humildad que cae sobre la palangana. Palabras terruñeras y olvidadas. Ritos del Triduo de la Pascua. Agua.
Florece la calle con rumor ajeno de procesión multitudinaria, pero aquí estamos en el barrio de fuera, la iglesia chiquita, la terraza de los vecinos que se sientan al sol del domingo, al tiempo de la templanza. Y aunque hayan pasado los ritos y se encienda el cirio del regreso a la normalidad bienaventurada, yo sigo viendo el pie diminuto, el gesto detenido, el agua que nos salva. Y recordando el ribete blanco, dintel de ninfas, adornando la charca.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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