Fugacidad y permanencia. Muerte y resurrección. He aquí dos modos de expresar ese dualismo en el que, como seres humanos, parecemos estar atrapados. Un dualismo de gran calado, de gran profundidad.
Estos días, la floración de los cerezos es muy hermosa. Simula una sábana desplegada sobre los valles y laderas; como una invitación sedosa a sumergirse en la maravilla que el tiempo primaveral nos trae, con sus luces nuevas y tan vibrantes, con los renuevos de las plantas y los árboles, con toda la polifonía de las floraciones.
Pero, al tiempo, en nuestro imaginario mental, surge ese arranque de La tierra baldía, de T. S. Eliot: “Abril es el mes más cruel”, tan reiterado en sus cuentos por nuestro José Jiménez Lozano, por esa capacidad de las heladas tardías y a destiempo de destruirlo todo, de hacer que la resurrección vuelva a los territorios letales de la muerte.
Y es que el cristianismo y, particularmente, el catolicismo, han cifrado siempre en la permanencia el sentido de nuestro existir. Todas las esferas humanas las enmarcaba en la permanencia. Debido, claro está, a la perspectiva de la resurrección.
Después, sin embargo, vinieron los nihilismos contemporáneos, como devastaciones en el fondo, para indicarnos que nada tiene sentido, que tras la muerte no hay nada… y cosas por el estilo. Y, claro, tal perspectiva lo puso todo patas arriba, hacia unas derivas que llegan hasta hoy mismo.
Como si no valieran para nada la metafísica, la espiritualidad, la trascencencia…, todos esos mecanismos que, a lo largo de la historia, determinadas sociedades (la nuestra, europea, desde luego), han ido levantando, para tratar de dotarnos a todos de sentido.
Y ese dualismo sigue vivo aún en nuestro presente. Y ahí estamos, atrapados por él, buscando siempre opciones que nos ayuden a salir de los laberintos cerrados y tortuosos, de los callejones sin salida.
Hay, hoy, una corriente de pensamiento, y también de creación poética, que piensa y que siente que nos salvamos en lo pequeño, en el trato de la fraternidad marcado siempre por la calidez y la comprensión, en la entrega a los otros, en el despojamiento de todo lo superfluo.
Todo esto viene y arranca de muy atrás, pero nunca muere, mientras el ser humano sea un ser de conciencia. Viene de las místicas orientales, de las perspectivas semíticas, de algunas filosofías greco-latinas, del cristianismo, de las perspectivas evangélicas, de los misticismos modernos, así como de una ética laica y civil que, entre nosotros, arranca del krausismo y que tiene, entre otros, a Julián Sanz del Río o a Francisco Giner de los Ríos, como representantes destacados.
Sí. Nos salvamos en lo pequeño. En la contemplación de las diminutas pero vibrantes flores que brotan a ras del suelo en los aledaños de nuestra aldea, vistas en el paseo solar de la tarde de una tarde de primavera. O en el júbilo de los pardales que se conforman con poco, con unas migajas o unos granos que rebuscan entre los empedrados de la calle.
Todo está ahí a nuestro alcance, a nuestra disposición. Nuestro problema surge cuando lo rechazamos y huimos como posesos en trenes, aviones, por las carreteras… en busca de no sé qué, de un vacío que no es otro que el que alguien ha programado que habitemos.
Para extraviarnos, ay, para extraviarnos…
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