El catedrático de Sistemas y Automática de la Universidad de Salamanca ofreció una cuidada y reivindicativa conferencia en el marco de las jornadas ¿Dónde está Inés?
Cultura, paisaje de la dehesa, historia viva. De la mano de Almudena Porres y Andoni Rekagorri, las Jornadas de Puertas Abiertas que se están desarrollando en el mágico enclave de El Cuartón de Traguntía, junto con la exposición del artista de La Fuente de San Esteban, Ángel Martín Carreño, están siendo una inmejorable oportunidad de indagar sobre uno de los personajes más atractivos del imaginario de la provincia. Esa Inés Luna que no podemos entender sin volver la vista a su particular familia, y sobre todo, a su desconocido padre que, según el profesor e investigador Eladio Sanz García, merece el reconocimiento de la ciudad. Autor de un esbozo biográfico sobre el personaje y un riguroso y divulgativo estudio de los orígenes de la electricidad en la provincia publicado por la Universidad, “Y la luz se hizo en Salamanca. Carlos Luna Beovide(1852-1916)”, Eladio Sanz llegó a esta historia estudiando precisamente su campo de trabajo y se fascinó con un hombre del que poco sabemos.
?Porque Carlos Luna Beovide es un misterio. Parece claro que nació en Madrid, en la calle Montera, pero recientes hallazgos sitúan a su padre como organista de la catedral de La Habana. Nada sabemos de sus estudios y sí algo de un negocio en el que parecen venderse títulos a ricos americanos, encontrando una primera prueba documental sobre él en 1885 que le sitúa como nuevo socio del Casino de Madrid. Un año antes, parece que había conocido en Panticosa a Inés Terrero, una rica heredera con la que tendrá, fuera del matrimonio y a una edad tardía para la época, a Inés Luna en Bagnères de Louchon, localidad francesa famosa por sus baños, precisamente, en 1885. El matrimonio se formalizará dos años después en Bayona, instalándose ambos no en América, sino en Salamanca donde Inés Terrero tenía una casa. Sin embargo, la esposa reciente no parece querer vivir en la ciudad del Tormes, y logra solventar el enfado de su padre –el embarazo había sido un escándalo considerable- y regresar a Madrid. En Salamanca quedará un Carlos Luna decidido a dejar huella en la ciudad, emprender negocios y levantar una casa en los terrenos de la familia. En 1899 comienza la obra del Cuartón sobre una construcción ya existente que se llamaba “La vivienda”. Una casa cuyas obras acabarán en 1902 y que tenía lujos inauditos como electricidad, calefacción de la marca Shultheness –de la que quedan en la actualidad hermosos radiadores de hierro- y hermosos jardines. Quizás los planos de esta casa que nos sigue fascinando, los firmara el que era el arquitecto provincial, Joaquín de Vargas, artífice de edificios de la modernidad salmantina como La Casa Lis y el Mercado Central.
?¿Cuál era, para Eladio Sanz, el empeño de Carlos Luna? Evidentemente, aunque se le suponía poder económico, ya que frecuentaba lugares de alta gama donde conociera a Inés Terrero, el capital era de la esposa. De ahí quizás su intento de hacer algo por sí mismo en la ciudad en la que trabajó de 1887 a 1916. Nos recuerda el investigador que Luna emprendió negocios de curtidería, quiso hacer agricultura extensiva en las tierras, trajo la primera máquina de rayos X, compró el segundo automóvil que vieron las calles charras y, sobre todo, trajo la luz eléctrica a la ciudad atrasada que se alumbraba de carburo, aceite y petróleo. Conocedor de la técnica, Luna estableció la primera central eléctrica, llamada así porque debía estar en el centro de las ciudades para que no se perdiera. Las fábricas de la luz eran una novedad que requería de energía, agua y sobre todo, visionarios para desarrollar las ideas de Faraday.
?Carlos Luna se sirvió de la casa que había comprado su suegro en el Campo de San Francisco para instalar su negocio. Tenía como vecinos a los Maculet y participaba del ambiente aperturista de gentes como los Moneo, Mirat, los Huebra, los Lis y hasta el jerezano Joaquín de Vargas. En los 1.200 metros cuadrados de su casa instala “La eléctrica salmantina” que luego se convertiría en sociedad anónima. Carlos Luna ilumina la ciudad con 222 luces desde el atardecer hasta las 12 de la noche, y la prensa salmantina le llama patriota. Mientras, su mujer y su hija viven en Madrid, con escapadas al campo y a Salamanca, y la ingente correspondencia entre ellos les muestra como una familia cariñosa y preocupada por la salud de la niña. Una niña a la que adora el abuelo, Antonio Terrero, ingeniero,político, luchó por traer el tren a Arévalo con el objetivo de que continuase hasta Vitigudino y enlazar con Portugal, pero le ganó la batalla Medina del Campo. También emprendedor y visionario, el senador acabó apreciando a este yerno inusual que vio como en la ciudad se abría otro negocio relacionado con la luz, esta vez cerca del río. Para entonces, su fábrica, precisamente trasladada a un espacio próximo a la Facultad de Ciencias donde ha enseñado Eladio Sanz, parece dejar de interesarle. Marcha a Madrid donde morirá en 1916 siendo enterrado en la Sacramental de Santa María. Su esquela aparecerá en los periódicos salmantinos que tanto leía y la consternación de la ciudad que le miró como a un advenedizo, fue genuina. Se había marchado un protagonista de la modernidad en Salamanca ¿Por qué no homenajearlo como a los Huebra, cuyo patrimonio deberíamos cuidar? ¿Por qué no reconocer la importancia de aquellos que nos acercaron a los nuevos tiempos? Los Mirat, los Lis, los Huebra, los Moneo, Carlos Luna cuyo recuerdo debemos seguir buscando. ¿Cuáles eran sus estudios? ¿Coincidió con Unamuno en el Casino donde fue Presidente? Eladio Sanz termina su apasionado recorrido por su personaje pidiendo que la ciudad reconozca su figura, su empeño, su modernidad y preste atención a los emprendedores, a los hombres que hicieron el siglo. Al artífice primero del Cuartón de Traguntía donde aplaudimos a Eladio Sanz, y por supuesto, a Carlos Luna Beovide, el padre de Inés, el hombre que trajo la luz a la ciudad que se alumbraba aún con lucilina. ¿Qué quéera eso? Hay que preguntarle al profesor Eladio Sanz, el historiador de la luz de una Salamanca que aún usaba carburo, aceite y petróleo.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.