Por primera vez en mucho tiempo, la vulgaridad y los insultos personales han dejado de ser tabú. Los prejuicios, el racismo y el sexismo salen de su escondrijo. Las patrañas y teorías conspirativas se convierten en una clave para interpretar la realidad. Comparto estas lúcidas palabras de Guiluiano de Empoli, que el sociólogo, ensayista y asesor político francés escribe en su libro “Los ingenieros del caos”.
Nuevas elecciones a la vista en esta ocasión serán en Andalucía, territorio que fue tradicional feudo de la izquierda pero que en la actualidad gobierna, desde enero del 2019 con mayoría absoluta, Juanma Moreno del Partido Popular tras la alianza de su partido con Ciudadanos y Vox. Esto supone un cambio político histórico después de 36 años. Además, sigue pendiente la formación de gobierno en Extremadura, Aragón y Castilla y León que dependen de cómo se desarrollen las negociaciones entre el Partido Popular con Vox.
Esta próxima campaña me temo que será muy parecidas a lo que se viene imponiendo últimamente. Será agresivas porque dominarán los reproches sin contemplaciones entre candidatos y será negativas, porque se procurará airear todo lo malignos del otro, seguro que propuestas razonables y sobre todo viables habrá más bien pocas.
La nueva política se juega en las redes, en los titulares cortos y a ser posible cuanto más escandalosos mejor. El concepto de lo “políticamente correcto” se desvanece y el presidente Donald Trump le ha dado la puntilla mortal. Ni Viktor Orbán en Hungría, ni Javier Milei en Argentina, Giorgina Meloni en Italia, Santiago Abascal en España o Isabel Ayuso en Madrid tiene ya ningún pudor en despacharse a sus anchas. Es el retorno del carnaval político, de un populismo en trata de inspirar autenticidad y confianza a sus potenciales electores diciéndoles lo que quieren oír, no lo que deberían oír.
Sí, hay que reconocerlo, nos hemos hecho vagos. ¿Quién coño se lee los programas de los partidos? ¿Quién repasa las declaraciones de los candidatos más allá de los titulares, los tuits o los breves videos de TiK-ToK? Sufrimos la terrible impaciencia de la inmediatez “no me da la vida” dicen algunos. Pero la realidad es que, aunque no seamos muy consciente de ello, quien domina estos medios domina la nueva política y con ella el poder real sobre nuestras vidas
En este moderno y digital hábitat virtual, los movimientos totalitarios se mueven con rapidez y agilidad, como pez en el agua. Argumentan que trata de medios que facilitan la libre expresión, pero ¿cuándo han sido ellos defensores de la libertad de expresión? Dicen que fomentan de diversidad, pero ¿cuándo has sido ellos garantes de la diversidad? Afirman que se trata de espacios abiertos a la libertad, pero ¿cuándo has sido ellos protectores de la libertad? Muchos creen que son espacios ideales para obtener información, para compartir ideas y contrastar opiniones, divulgan que son las nacientes plazas de los pueblos, las ágoras griegas de hoy.
Pero lamentablemente se trata más bien de “centros comerciales” o “centros de negocio” por los que deambulamos confortablemente, donde todo parece ser agradable y estar al alcance de la mano. Compramos mensajes y argumentos sin pensar y pagamos con nuestra desafección política dejando nuestro futuro en las manos los poderosos dueños de los múltiples tenderetes. La tecnología y la política, al igual que nuestras vidas cotidianas, están cada vez más interrelacionadas. Los políticos quieren ser influencers[1]
“Una de las reglas de los influencers es que la gente solo debe ver la parte bonita de nuestra vida, todo lo demás es mejor esconderlo.” Es la opinión de Eloy Moreno, escritor nacido en Castellón y autor de libros de gran éxito como Invisible, Diferente o Redes. Por otro lado, el actor, productor y músico estadounidense Adam Goldberg cree que Twitter es la unión del narcisismo a toda velocidad y el voyeurismo a toda velocidad que finalmente han chocado en 280 palabras.
¿En qué terminará todo esto? Pues depende de ti y de mí. Así que ¡Al lio!
[1] Los influencers son personas con un gran alcance y popularidad en las redes sociales, cuyo término proviene del verbo inglés "to influence" (influir).
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