En mañana soleada de marzo, acompaño a mi hermano al hospital a una revisión. La primavera es plena y luminosa. Todo transmite una vibración de celebración y de cántico. El tiempo se renueva, como también la vida.
Algo que, este mismo domingo, celebraremos a través de ese rito tan hermoso de los ramos; esos ramos de hojas perennes que, en nuestra tierra, se manifiesta a través del laurel y, también, aunque en menor medida, del olivo.
El especialista, ante el ordenador y a partir de los datos de los análisis que posee, teclea y va fijando ese historial clínico de cada paciente, que ahora se guarda en estos soportes informáticos y digitales, que han ido desterrando al papel, ay, de nuestras vidas.
Nos manda, para volver enseguida a su consulta, a que le hagan, dos habitaciones más allá, un análisis de nuevos parámetros que le interesan. Entramos en la nueva habitación. Nos recibe una enfermera joven.
Mi hermano pone el brazo, desnudo, que la joven ata con una goma, muy cerca de la altura del codo, para que las venas se manifiesten. Encuentra dificultad en pinchar en la vía adecuada. Nos lo verbaliza.
Entra una enfermera más veterana. Como llevada por algún destino de sincronicidad; como por una casualidad afortunada. La joven la llama para que acuda junto a ella. La mujer, como buena compañera, lo hace.
Y, en ese momento, como ayudada por una confianza invisible, la joven enfermera logra captar la vena adecuada de mi hermano, para extraer la sangre.
La presencia de la enfermera veterana –una mujer que no alcanzará aún los sesenta años– ha transmitido a la joven ese impulso para afianzarse en su dominio profesional. Nos necesitamos los unos a los otros; en esa lógica de ayuda mutua que nos potencia a todos y a todas.
Así ha sido en este caso. Cuando la enfermera veterana se va de la habitación y pasa junto a mí, le digo en voz queda:
–¡El ángel de la confianza!
Al escuchar mi mensaje, se queda asombrada, pues ha entendido perfectamente por qué lo digo. Y, entonces, reitera ella, también en un tono confidencial:
–¡El ángel de la confianza, sí!
Nos miramos, con esa complicidad de quienes, posiblemente, saben que solo en la entrega nos salvamos, en la disponibilidad, en esa transmisión de la confianza a los otros, a quienes con nosotros conviven, que hace que la vida sea, para todos, sí, un poco más hermosa.
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