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Un hombre feliz no tiene pasado; un hombre infeliz no tiene nada más
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Un hombre feliz no tiene pasado; un hombre infeliz no tiene nada más

Publicado 27/03/2026 07:59

El libro de esta semana, El camino estrecho al norte profundo, publicado en nuestro país en 2016, vuelve a estar de relativa actualidad por un doble motivo: la aparición hace unos meses de La pregunta 7, la última obra de su autor, el escritor australiano Richard Flanagan; y, sobre todo, el reciente estreno de una miniserie de cinco capítulos, El camino estrecho, basada en aquella novela de hace diez años. Ni que decir tiene que les recomiendo vivamente, más allá de esta reseña, tanto la serie como el título recién aparecido.

El primero de los dos grandes ejes en torno a los cuales se estructura El camino estrecho al norte profundo es la historia de “La Línea”, the Death Railway, el “Ferrocarril de la Muerte”, una línea férrea levantada por Japón en la Segunda Guerra Mundial que debía unir —con fines bélicos— Bangkok, capital de Tailandia (entonces Siam), y Rangún, en Birmania (hoy Myanmar), atravesando centenares de kilómetros de selva intrincada, montañas y ríos caudalosos. En 1942, Japón, ya al límite de sus fuerzas, sufría una gran escasez de recursos y era consciente de que estaba perdiendo la guerra, lo que lo urgía a construir ese ferrocarril. Los aliados suministraban armamento al ejército nacionalista de Chiang Kai-shek a través de Birmania, mientras los estadounidenses controlaban los accesos marítimos. Para interrumpir esa línea de suministro y aspirar a la conquista de la India —una pretensión delirante—, Japón debía fortalecer el frente birmano por vía terrestre, pero carecía de medios económicos y maquinaria. En su lucha contra el tiempo y el enemigo occidental, recurrió a un numeroso contingente de trabajadores forzados, cientos de miles de esclavos, en gran parte prisioneros de guerra.

La construcción de esa línea constituye uno de los episodios más ignominiosos de la contienda, una muestra poco conocida de la brutalidad humana, ejercida en este caso por el ejército japonés, que empleó a cerca de trescientos mil prisioneros —sobre todo asiáticos, pero también europeos, norteamericanos y, de manera relevante para la obra, unos veinte mil australianos—, todos hacinados en infectos campos de concentración y sometidos a un régimen inhumano de esclavitud. La tarea, insensata y desmesurada, exigía enfrentarse a un clima infernal —lluvias torrenciales que convertían el terreno en lodazales— y a una naturaleza hostil, una selva húmeda, oscura y opresiva, poblada de animales y de insectos portadores de enfermedades como la pelagra, el cólera o la malaria. Todo ello llevó a la muerte a miles de hombres —las cifras no bajan de cien mil—, fallecidos no tanto por las condiciones naturales como por la violencia despiadada de los responsables nipones.

Richard Flanagan, cuyo padre participó en esa experiencia y fue uno de los supervivientes, decidió dar cauce literario a los relatos que este le transmitió, configurando con ellos el esqueleto central de su novela —cuya última página escribió, según cuenta Rodrigo Fresán, horas antes de la muerte de su progenitor—. Para ello inventa a Dorrigo Evans, cirujano militar australiano —tasmano como el autor— que, prisionero de los japoneses, asume, por su rango y cualificación, el papel de protector del millar de hombres a su cargo.

Con una estructura compleja, que va y viene en el tiempo —desde un presente en el que el personaje está a punto de cumplir ochenta años hasta su infancia— y que da voz a distintos protagonistas —incluidos oficiales japoneses—, el libro incorpora, como segunda gran vertiente, una intensa historia de amor imposible vivida por Dorrigo en su juventud, poco antes de su movilización, que se narra en una sección específica pero permea toda la obra, incluidos los memorables capítulos dedicados a su espantosa estancia en el campo de prisioneros de La Línea.

Desde ese punto de vista casi “documental”, la novela presenta numerosos motivos de interés: la minuciosa descripción de la vida en el campo; la crudeza con que se muestran la violencia y las atrocidades —como el apaleamiento hasta la muerte de algún prisionero—; y la narración de la devastación física y moral de los cautivos, sometidos al hambre, la enfermedad, el agotamiento y la suciedad, en un proceso de deshumanización cuya descripción constituye uno de los grandes logros del libro. Todo ello nos permite conocer, con rigor cercano al del documento histórico, una vertiente de la barbarie comparable a la de los campos nazis, contemporánea de ella aunque mucho menos conocida.

Especialmente emotiva, más allá de la convincente ambientación, es la construcción de los personajes que penan en aquel infierno. Junto a los oficiales japoneses, destacan las caracterizaciones vivas y humanas, pese a su carácter episódico, de los compañeros de cautiverio del protagonista. Son hombres comunes, casi todos jóvenes, condenados por el azar a morir en ese escenario.

Y por encima de todos, Dorrigo Evans, héroe cívico admirado por sus conciudadanos por su trayectoria como cirujano y su comportamiento en la guerra, que en la vejez relativiza sus logros y recuerda sobre todo la intensa y fugaz historia de amor con Amy, la esposa de su tío, a quien conoció en su juventud. El amor que nos sobrevive, cuyo recuerdo difuso nos salva de la extinción, constituye, a mi juicio, una de las claves últimas de esta novela magistral, que alcanza en esas páginas sus momentos más conmovedores, pese a que parte de la crítica los haya desdeñado como concesiones románticas.

A través de estos frentes, Flanagan introduce además otros temas: la brutalidad de la guerra y la deshumanización que implica; el amor como memoria y herida (con la ya célebre frase: Un hombre feliz no tiene pasado; un hombre infeliz no tiene nada más); la culpa y la imposibilidad de redención; la ambigüedad moral del héroe; la centralidad del cuerpo —cuya degradación se opone a la retórica vacía de los discursos patrióticos—; la banalidad del mal, reflejada en la complejidad con que se presentan los oficiales japoneses, no como villanos unidimensionales, sino como individuos atrapados en su sistema de creencias; y, finalmente, la vivencia del tiempo como experiencia fragmentada en el trauma, que rompe la linealidad narrativa. Todo ello se completa con un denso tejido de referencias literarias (Basho, Tennyson, Catulo, Celan, Shakespeare, Dante), cuyos destellos ofrecen apenas atisbos de sentido ante el horror: la literatura como tentativa insuficiente, que testimonia, pero no redime.

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Richard Flanagan. El camino estrecho al norte profundo. Literatura Random House. Barcelona, 2016. Traducción Rita da Costa García. 448 páginas. 22,98 euros

Alberto San Segundo - YouTube