En estos tiempos en los que estamos seducidos por las posibilidades de la IA, quiero reivindicar algo muy humano que no puede tener ninguna tecnología. Es la capacidad de derramar eso que llamamos lágrimas, porque seguro que cualquiera de nosotros ha llorado alguna vez por alguna razón, y si no ha sido así, tendríamos que preguntarnos si no hay algún trastorno mental muy serio. Llorar es tan humano, que lo han hecho a lo largo de la historia reyes y vasallos, emperadores y súbditos, hombres y mujeres de cualquier linaje y condición.
Dice la leyenda que Boabdil derramó lágrimas de pena al ver su Granada ya perdida o el mismo Jesucristo al conocer la noticia de la muerte de su amigo Lázaro. El llanto y las lágrimas son parte esencial de la vida humana y se reproduce en todos sus frutos culturales, desde la escultura a la pintura, pasando por el cine o la música.
Quién no recuerda aquella lágrima que cayó en la arena del gitano universal Peret, o aquella canción elevada ya al Olimpo del desgarro emotivo de Chabela Vargas con esa “llorona”. Como ciudadanía hemos llorado: los niños y niñas de mi infancia con la muerte de Fofo, que nos dejó un poco huérfanos de ese payaso inolvidable que cada semana nos hacía cantar y reir en la tele. O cuando murió Félix Rodríguez de la Fuente, con canción de Enrique y Ana incluida: amigo Félix, cuando llegues al cielo…
Otras veces, las lágrimas de la pena como sociedad estaban mezcladas con rabia e impotencia, como cuando supimos del asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de Eta, o tantos atentados, incluso los más recientes de Atocha y demás o cualquier catástrofe que haya supuesto la pérdida de vidas inesperadas, como las de la Dana o más recientemente, los accidentes de trenes.
Porque por un lado, hay unas lágrimas de pena, de desconsuelo inicial, ante la muerte de alguien querido. Es una ruptura radical y en ese momento, nos invade una tristeza que va en espiral y que se expresa con mucha frecuencia a través de las lágrimas, con más o menos serenidad. Pero incluso aunque no conozcamos personalmente a alguien en concreto, cuando sabemos de su historia y su vida, nos puede llegar a conmover y lloramos también.
Cuando los medios nos cuentan las historias con nombres y apellidos de personas fallecidas en la Dana o en los accidentes de trenes, eso nos conmueve, porque nos identificamos con ellos. A veces esas lágrimas pueden ir acompañadas de mucha ira, como cuando la pérdida de alguien es por causa de otra persona. Entonces esas lágrimas por la pérdida se mezclan con esa rabia y odio ante el ser que me ha arrancado la vida de alguien a quien amaba.
También hay gente que llora, lamentablemente, porque tiene hambre y sed, porque tiene miedo, porque se siente atacada y humillada, porque está sola, porque no tiene libertad para pensar, vestir o decir lo que quiera o porque lo ha perdido todo o casi todo. Es la lágrima del que no encuentra consuelo ni razón, y que sufre en sus carnes el mordisco del hambre, la soledad, la opresión o la violencia de tantas formas y aspectos.
Pero por otro lado, hay lágrimas de alegría que pueden ser serenas, como cuando viendo una película o escuchando una canción me emociono. ¿Qué ha despertado en mí esa frase, esa imagen, esa palabra…? O como cuando alguien te dice “te quiero” o cualquier otra cosa que te llegue al corazón. Otras veces podemos “llorar de la risa” ante situaciones divertidas, anécdotas recordadas, situaciones inesperadas. Y eso sí, las lágrimas son contagiosas. Ver (aunque sea en una película) a alguien llorando, puede suponer con mucha probabilidad que yo mismo recoja alguna lágrima de mi mejilla.
El umbral de las lágrimas ya es muy personal, y cada ser humano tiene uno. Los niños y niñas cuando son pequeños lloran mucho para llamar la atención o expresar que no están de acuerdo con algo. Bueno, hay adultos que siguen utilizando las mismas estrategias del lloro ante cualquier adversidad. Hay gente que llora con una uña rota, porque no tiene suficientes likes o porque no le contestaron inmediatamente a su guasap. Hay otros que lloran cuando su equipo de deportes pierde, o cuando tiene que posponer un plan porque ha surgido un imprevisto.
Pero para mí, los seres humanos imprescindibles, de los que no podemos prescindir como humanidad, son los que lloran ante el dolor ajeno, los que lloran ante la situación de tantas personas excluidas y pobres. Los que lloran por las víctimas de cualquier conflicto bélico, sin importarles ni la ideología ni la geografía.
Los que se conmueven ante el sufrimiento de tantas personas y además, con lágrimas de rabia porque querrían que la justicia fuera más real y no hubiera tanto sátrapa que decidiera con tanta facilidad sobre la vida de nadie. Ya hubo alguien que dijo que todas esas personas que lloran porque sufren, serían consoladas, y las que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia. A todas esas personas les llamó “Bienaventuradas”.
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