A mi amigo Alfredo la sabiduría del campo, la académica y hasta la de todos los días, le sale a borbotones felices y cuando paso tiempo sin verlo, le extraño porque es uno de los regalos infinitos que me ha dado esta aventura inacabable que se llama Inés Luna.
-Este pueblo desaparece en dos días porque hay cuatro octogenarios y todos solteros, a su pesar.
-¿Y por qué no se casaron?
-Lo fueron dejando, dejando… Hay cosas que no se tienen que dejar.
Lo que no tengo que dejar, evidentemente, es eso de no ver a mi amigo Alfredo. Y más camino del Cuartón de Inés Luna, ahí por Traguntía, la tierra suya, la de Moronta. Recita los nombres de los pueblos como un rosario de cariños, y en la carretera, al verme fascinada por las charcas plenas de agua, fruto de un invierno húmedo y lluvioso, me descubre la más grande de la provincia y me dice que esas flores blancas que son espuma feliz se llaman por esta zona “dintel de las ninfas”. Queda a un lado el Cubo de Don Sancho, con su iglesia que parece ortodoxa y el silencio se posa en el río Huebra, crecido y raudo, pleno de verdes exquisitos. El campo es una sábana de hierba sobre la que se posan, ahítas y felices, las vacas de la dehesa, entre encinas de las que pinta Marina Gómez, ahí en el Madrid donde cierra los ojos y sueña con las tierras de Peñaranda, con su Alaraz bendito camino de Gredos. El paisaje se lleva puesto en la mirada, como hacía Inés Luna cuando viajaba a su Francia decadente, al Oriente donde conociera a los maronitas que trajeron las cedros del Líbano a Salamanca. Era una vagabunda de lujo con trajes pantalón y boquilla de cabaretera, como le decían en la cotilla ciudad charra cuando se bajaba del coche que conducía, pero siempre llevaba puesto el paisaje de la dehesa donde construyera su padre, Carlos Luna, una casa insólita de tejados picudos que fue la mejor herencia para su hija ventanera.
Y por las ventanas del Cuartón, se recorta la sierra plena de nieve, la dehesa verde y la humildad del pueblo de Traguntía. Inés Luna tenía una terraza elevada para ver el atardecer y otra para el amanecer, y allí se posaba, señora de su tierra, la linde infinita de todas las fincas que no le hicieron feliz más que a ratitos, esos ratos en la rosaleda, esos ratos dándole de comer a un toro con su propia mano. Allá vamos, a la tierra de las gentes de Alfredo, a la de la mujer que dominaba la fantasía del Abadengo, la de Martín Patino, la de Javier Tolentino. Inés Luna. Y mientras, el dintel de piedra que levantaron las gentes de esta tierra de granito, se vuelve flor y ninfa de las aguas que llenan las charcas, a mayor gloria de un espíritu eterno y sorprendente: Inés Luna, la que también todo lo fue dejando, dejando…
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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