La autora vasca de adopción, presentó en Salamanca su último poemario y nos recordó su trabajo como “cónsul” de la poesía.
Celebramos el día de la poesía hablando de poetas. Y poeta y más que poeta es la salmantina Ángela Serna, aquella que acabó gracias al trabajo de su padre, en otra ciudad pequeña y paseable, una Vitoria donde no solo ha tenido una carrera de profesora universitaria y respetada autora, sino que es el lugar en el que ejerce su constante labor de divulgadora de la poesía. Porque en ella, todo es poesía.
Basta escucharla leer versos para dejarse llevar por la magia de las palabras, por su enamoramiento de esa poesía que lleva como una segunda piel y que recorren sus muchos libros publicados, sus numerosas participaciones en diferentes antologías y foros, y, sobre todo, ese compromiso que titula tan hermosamente para reunir sus poemarios: “¿Quién es esta mujer que pasa?”, “¿Quién es esta mujer que en tierra escribe?”.
Ángela Serna publica, en la hermosísima colección Olifante –qué bellos son sus hermosos libros de poesía, qué calidad de papel, de cuidado, de letra y de detalles- que fuera mascarón de proa de otro poeta inmenso que nos ha dejado con el eco de sus composiciones, Ángel Guinda, un libro de título inspirador. “Ese lugar llamado Nunca” no tiene nada que ver con Peter Pan, o quizás sí, es el lugar del encuentro, de las palabras que no se dijeron y ahora se dicen, del tiempo que se conjura, el amor que se interpreta más allá de lo que olvidamos. Un libro en tres voces que se articulan, se complementan, se dejan llevar a través de un minimalismo que, como afirma el poeta Chema García, que ha sido su anfitrión en la Salamanca que recibe a Ángela Serna, tiene un discurso minimalista y una sorpresa final, porque cada palabra está preñada de importancia… tiene peso y densidad, cierra y abre la línea del verso ocupándolo todo aunque sea tan breve el renglón en el que luce.
Es una poesía original, casi nueva de recién estrenada la de este libro. Es memoria, es juego, es casa, es evocación de otros poetas, aquellos que lee tan entregadamente Ángela Serna. Sube y baja de la página como los caballitos del tiovivo que evoca, habita la casa de la memoria y sutura las heridas de la falta. Pero siempre desde la palabra justa, breve, contundente, sobria, paisaje de ligera pincelada que se vuelve profunda y compleja. Ese es el misterio de este libro que se recibe como un breviario hermoso y se mantiene en la mano como un regalo, como un recordatorio de lo que debemos tomar con lentitud, con agrado, sorbo a sorbo.
Y es en este sorbo que inicia la primavera, tan cerca del día de la poesía, en el que celebramos la llegada de una poeta que nunca se ha ido. La naturaleza cercana a Béjar, feraz y húmeda es ahora la que rodea su hogar vasco, pero para ella, casa siempre será la poesía, la suya y la de los demás, que lee constantemente con entrega y que muestra a los otros con diligencia. Porque es una gran divulgadora de esta poesía que celebra sus días, porque es de una generosidad sin parangón y sin hablar de lo suyo. Lo suyo, que en este último libro, es un regalo absoluto de su consagrado ejercicio, el de la poesía desnuda, poesía sin más adorno que su talento.
Charo Alonso.