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Goyo, el guardián del tiempo de Alconada que ha rescatado la memoria de la vida rural 
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Goyo, el guardián del tiempo de Alconada que ha rescatado la memoria de la vida rural 

Publicado 19/03/2026 14:46

Durante 60 años, este albañil de profesión ha ido recopilando miles de antigüedades de las casas en ruina o reformadas de infinidad de pueblos. Hoy las muestra en su casa

En el corazón de Alconada, una vivienda particular esconde un tesoro que bien podría catalogarse como un museo del recuerdo de la provincia de Salamanca. Gregorio Sanz Tejero, conocido por sus vecinos como Goyo, ha dedicado gran parte de su vida a una labor silenciosa pero monumental: rescatar del olvido miles de objetos que narran la historia cotidiana de los últimos siglos. A punto de cumplir 84 años, un niño como el mismo se define entre bromas, este antiguo albañil ha acumulado una colección impresionante fruto de seis décadas de hallazgos en obras, reformas y escombreras.

La historia de esta colección ha comenzado hace 60 años, ligada intrínsecamente a su oficio en la construcción. Según ha relatado el propio Gregorio, su trabajo le ha permitido acceder a rincones olvidados de casas antiguas donde los propietarios desechaban lo que consideraban inservible. "Empezabas a ver cosas y no dejaban de llamarme la atención. Estaban en las casas antiguas y casi perdidas por el paso del tiempo…", ha explicado sobre el origen de las piezas. Muchas las ha comprado, otras se las han regalado y algunas, literalmente, las ha salvado de la basura. "Tengo piezas que recogí en una escombrera, allí la había tirado la dueña. No dude en cogerla y esconderla un tiempo hasta que he logrado recuperarla", ha recordado sobre una de las piezas que hoy exhibe con orgullo.

El resultado es un espacio abigarrado donde se acumulan "miles y miles de cosas", tantas que el propio coleccionista ha admitido que es imposible calcularlas: "¿Cómo vas a calcular? Hay muchas y de muchos tipos como para contarlas...". Entre los objetos más llamativos que ha conservado se encuentran testimonios de tiempos convulsos, como pistolas que se escondían antiguamente en los tejados y sobrados de las viviendas durante la Guerra Civil y la posguerra. "En aquellos tiempos a quien pillaban con una pistola en casa se lo cargaban..por eso se guardaban escondidas en los tejados. Pero son todas de verdad”, ha asegurado Goyo, quien también ha encontrado balas ocultas en los falsos techos de las construcciones antiguas.

Pero la colección de Goyo no solo habla de conflictos, sino también de la vida diaria, el comercio y la administración de antaño. Entre sus tesoros ha mostrado un arca de tres llaves proveniente de un ayuntamiento, un sistema de seguridad primitivo pero eficaz donde "tenían una llave el secretario, el alcalde y el tesorero". "Así no se llevaba ninguno nada", ha sentenciado con picardía. También ha preservado medidas oficiales de capacidad hechos de madera y metal —litros, medios litros, cuartillos— utilizadas por los inspectores para verificar el comercio local, piezas que aún conservan el sello oficial: Hay que ver como estudiaban, no se va ni gota de agua de ellos y están calculados al detalle".

El ingenio de la vida rural se manifiesta en utensilios como los cubos para ordeñar ovejas, diseñados con una base ancha para evitar derrames. "No ves que las ovejas están dando patas cuando las ordeñaban a mano", ha detallado Gregorio, admirando la inteligencia práctica de los artesanos del pasado. Su museo personal incluye también básculas que funcionaban con velas y pesas, moldes para hacer magdalenas a medida, planchas de doscientos años y sierras para cortar piñones que requerían noches enteras de trabajo.

Más allá de la recolección, Goyo ha dedicado incontables horas a la restauración. Con la paciencia que solo otorga la pasión, ha reconstruido muebles desarmados que le ha traído un sobrino con una empresa de mudanzas, y ha devuelto el esplendor a piezas de gran valor, como una cama que ha descrito como "de rey" y muebles de estilo francés, posiblemente Luis XIV, que ha identificado por sus marcas internas. Su rutina es inquebrantable: "No fallo ni una sola mañana, es levantarme y venirme. Soy muy feliz aquí", ha confesado, rodeado de sus lámparas de bronce y relojes.

Entre las anécdotas que ha compartido, destaca la historia de una exhumación en un panteón familiar, donde encontraron los restos de una mujer y su hijo fallecido en un accidente durante la República. Ha descrito con asombro cómo, tras 83 años, la ropa y los "botones de la camisa de oro" se mantenían intactos. Son historias que, como los objetos que custodia, forman parte de la memoria colectiva que este vecino de Alconada se ha empeñado en salvaguardar. Aunque desconoce qué pasará con su legado el día que él falte —"yo qué sé qué harán", ha comentado con resignación—, su obra permanece hoy como un testimonio vivo del pasado, accesible para quien quiera acercarse a verlo por puro capricho. “Las puertas están abiertas, yo estoy encantado de enseñarlo todo” afirma.