No podemos saberlo. Natalia Ginzburg (traducción Gabriela Adamo)
No podemos saberlo. Nadie lo dijo.
Quizá allá no haya más que un catre desvencijado,
cuatro sillas con la paja salida y una pantufla vieja
mordisqueada por las ratas. Tal vez Dios sea una rata
y escape y se esconda no bien lleguemos.
Y tal vez en cambio sea la pantufla vieja
mordisqueada y gastada. No podemos saber.
Quizá Dios nos rehúya, asustado, y tengamos que llamarlo
y llamarlo largo rato, con los nombres más dulces
para lograr que vuelva. Desde un punto lejano,
en el cuarto, él nos escrutará, inmóvil.
Quizá Dios sea pequeño como una brizna de polvo,
y apenas lo veamos usando el microscopio:
sombra azul diminuta en el cristalito, ala negra
diminuta perdida en la noche del microscopio,
y nosotros allí de pie, mudos, contemplándolo en vilo.
Quizá Dios sea grande como el mar, y lance espuma y truene.
Quizá Dios sea frío como el viento de invierno,
quizá aúlle y retumbe como fragor que aturde,
y debamos taparnos las orejas con las manos,
helados y temblando, bien ocultos en el suelo.
No podemos saber cómo es Dios. Y de todas las cosas
que querríamos saber, es la única realmente esencial.
Quizá Dios sea tedioso, tedioso como la lluvia
y ese paraíso suyo sea un tedio mortal.
Quizá Dios lleve anteojos negros, chalina de seda,
dos pomeranias con correa. Quizá use polainas,
esté sentado en un rincón sin decir palabra.
Quizá se tiña el pelo, oiga radio portátil
y se broncee las piernas en la azotea de un rascacielos.
No podemos saber. Nadie sabe nada.
Quizá no bien lleguemos nos mande al almacén
a comprarle pan, salame y un jarrón de vino.
Quizá Dios sea tedioso, tedioso como la lluvia
y ese paraíso suyo sea el cantito de siempre,
revoloteo de velos, de plumas, de nubes,
olor a lirios cortados y un tedio mortal,
y cada tanto media palabra para pasar el tiempo.
Quizá Dios sean dos, una pareja de novios
librados al sopor en una mesa de hostal.
Quizá Dios no tenga tiempo. Dirá que nos vayamos
y volvamos más tarde. Saldremos a pasear,
nos sentaremos en un banco a contar trenes que pasan,
hormigas, pájaros, barcos. A esa alta ventana
Dios se asomará a mirar la noche y la calle.
No podemos saber. Nadie lo sabe.
O tal vez Dios tenga hambre y nos toque saciarlo,
quizá se esté muriendo de hambre, y tenga frío, y tiemble de fiebre,
bajo una frazada roñosa, llena de chinches,
y debamos correr a buscar leche y leña,
y llamar al médico, y vaya a saberse si
damos pronto con un teléfono, y con la moneda,
y con el número en la noche agitada,
vaya a saberse si nos alcanza el dinero.