Jueves, 12 de marzo de 2026
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El vínculo invisible de lo público
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El vínculo invisible de lo público

Publicado 11/03/2026 07:59

“Un pueblo que quiere ser libre debe aprender a gobernarse a sí mismo.”

ALEXIS DE TOCQUEVILLE

“La democracia comienza en la conversación.”

JÜRGEN HABERMAS

La democracia no se mide solo en urnas ni en porcentajes de participación. Se mide en algo más frágil y, al mismo tiempo, más profundo: la confianza. Confianza en que las instituciones funcionan, en que las reglas son iguales para todos, en que el adversario político no es un enemigo dispuesto a dinamitar el sistema desde dentro. Cuando esa confianza se erosiona, la democracia no se derrumba de inmediato, pero empieza a agrietarse lentamente, como un edificio sólido al que nadie vigila los cimientos.

En los últimos años hemos hablado mucho de polarización, de crispación y de bloques enfrentados, pero detrás de ese ruido late una cuestión más decisiva: la salud real de nuestras instituciones públicas. La democracia no es solo un procedimiento para elegir gobiernos; es un entramado complejo de contrapesos, tribunales, parlamentos, administraciones y órganos de control que deben actuar con autonomía y responsabilidad. Cuando alguno de estos pilares se debilita, el sistema entero lo percibe.

En España, esta preocupación no es abstracta. Se concreta en debates sobre la independencia judicial, la renovación de órganos constitucionales o la calidad del debate parlamentario. Y en este contexto, las elecciones autonómicas de Castilla y León el próximo domingo adquieren un significado que va más allá de la disputa partidista. No se trata únicamente de decidir quién gobernará la comunidad, sino de comprobar hasta qué punto los ciudadanos siguen confiando en las reglas del juego democrático, en la transparencia del proceso y en la legitimidad del resultado. Cada elección es, en el fondo, un examen colectivo de madurez institucional.

El sociólogo Luis Miller ha advertido que uno de los riesgos más serios para las democracias actuales no es el desacuerdo ideológico, sino la desconfianza creciente. “El problema no es la existencia de desacuerdos, sino la pérdida de la confianza mutua”, afirma. Esa pérdida no se limita a las relaciones personales; alcanza a la percepción que tenemos de las instituciones. Si el Parlamento se ve como un teatro de enfrentamientos estériles, si los jueces son percibidos como actores políticos y si los organismos públicos parecen responder a intereses partidistas, la legitimidad del sistema se debilita.

La salud institucional depende, en gran medida, del modo en que se gestiona el conflicto. La democracia necesita tensión, contraste de ideas, alternativas reales. Sin diferencia no hay elección auténtica. Pero cuando la política se convierte en una lucha permanente por la afirmación identitaria, las instituciones corren el riesgo de ser instrumentalizadas. Ezra Klein lo resume con claridad: “La polarización convierte la política en una lucha por el reconocimiento más que por la razón”. En ese escenario, cada decisión institucional se interpreta como una victoria o una derrota simbólica, no como una medida orientada al bien común.

Este clima afecta directamente a la percepción ciudadana. Las encuestas muestran que la confianza en partidos y parlamentos suele situarse entre las más bajas, mientras que otros cuerpos del Estado mantienen niveles variables según el contexto político. Esta volatilidad revela algo inquietante: la legitimidad institucional parece depender cada vez más de la simpatía ideológica del observador. Cuando una institución solo es respetada si favorece mis posiciones, la democracia pierde uno de sus fundamentos esenciales: la aceptación de reglas comunes incluso cuando no nos benefician.

La filósofa Hannah Arendt recordaba que “la política surge allí donde los hombres se reúnen en pluralidad”. Esa pluralidad es la esencia de la democracia, pero también su desafío permanente. Las instituciones existen precisamente para encauzar esa diversidad sin que derive en ruptura. Son el marco que permite que las diferencias se expresen sin destruir la convivencia. Cuando funcionan bien, apenas se notan; cuando fallan, todo el edificio institucional se tambalea.

La democracia sana no exige unanimidad, pero sí reglas claras y aceptadas. El jurista y filósofo Norberto Bobbio afirmó que “la democracia es el régimen de las reglas”. Esa definición aparentemente fría encierra una verdad profunda: sin normas estables, sin procedimientos transparentes y sin límites al poder, la competencia política se convierte en mera lucha por la imposición. Pero las reglas no se sostienen solo por su redacción jurídica; necesitan una cultura cívica que las respalde. Necesitan ciudadanos y dirigentes dispuestos a respetarlas incluso cuando el resultado no les favorece.

En este punto, el componente emocional resulta decisivo. Vivimos en sociedades aceleradas, saturadas de información y sometidas a una presión constante. La psicóloga Lauren Cook lo describe con precisión: “Estamos saturados, exhaustos y, a menudo, emocionalmente paralizados”. Ese agotamiento colectivo influye también en nuestra mirada sobre las instituciones. Cuando estamos cansados, la paciencia disminuye y la sospecha crece. Exigimos soluciones inmediatas a problemas complejos y juzgamos con dureza cualquier error. La impaciencia social puede convertirse en terreno fértil para discursos que desacreditan el sistema en su conjunto.

Sin embargo, la crítica no es en sí misma un signo de decadencia democrática. Al contrario, una ciudadanía vigilante es síntoma de vitalidad. El problema surge cuando la crítica se transforma en deslegitimación sistemática, cuando se instala la idea de que ninguna institución merece respeto. La democracia no puede sostenerse si todo se interpreta como fraude o manipulación. La sospecha permanente acaba erosionando el compromiso común.

La salud de la democracia, por tanto, no depende únicamente de reformas legales o cambios estructurales. Depende también de una ética compartida: la convicción de que el adversario es legítimo, de que las instituciones son imperfectas pero necesarias, de que el poder debe ser limitado y controlado, pero no destruido. Depende de líderes capaces de asumir límites y de ciudadanos dispuestos a aceptar la alternancia como parte natural del juego democrático.

Las elecciones, como las que se celebrarán en Castilla y León, son momentos privilegiados para comprobar ese compromiso. No solo porque permiten elegir representantes, sino porque ponen a prueba la fortaleza del marco institucional. Cuando el resultado se acepta con serenidad, incluso por quienes pierden, la democracia demuestra su madurez. Cuando se cuestiona sin fundamento o se utiliza para alimentar el resentimiento, el sistema se resiente.

En última instancia, la democracia es una forma organizada de confianza. No promete perfección, sino reglas para convivir en el desacuerdo. Cuidar su salud implica algo más que vigilar los procedimientos: exige reconstruir la confianza, moderar el lenguaje y recordar que las instituciones no son propiedad de ningún partido, sino patrimonio común. Si logramos sostener esa conciencia, incluso en tiempos de tensión, la democracia no solo resistirá, sino que saldrá fortalecida de sus propias pruebas.

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