, 22 de marzo de 2026
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No a la guerra
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No a la guerra

Sobre los motivos que hayan inducido a Sánchez a no permitir al UsArmy emplear las bases de Rota y Morón como apoyo logístico a su intervención en Oriente Medio, hay opiniones para todos los gustos. En lo que todos los españoles con dos dedos de frente estamos de acuerdo es que le importan un pimiento las posibles –yo diría muy probables-consecuencias de esa chulería. Al pobre cartel que se ha granjeado Sánchez con su política exterior debemos añadir la bravuconería de Trump. De esa mezcla no puede salir nada bueno. Eso de que “España tiene recursos suficientes para contrarrestar cualquier posible cortapisa a nuestro comercio exterior” que se lo cuenten a los empresarios que tienen en los EE.UU. a sus mejores clientes.

A estas alturas, después de negarse a aumentar la aportación de los gastos de Defensa – solicitud hecha no solamente por Trump, sino por la mayoría de socios de la OTAN- pretender Sánchez echar un pulso al neoyorquino, por mucho que se lo tenga creído, es exponerse a perder por goleada. Varias son las razones que pueden haberle llevado a sacar pecho. Personalmente, creo que necesita algo que frene la estampida de votos que se dirigen a la izquierda –y a la derecha- del PSOE. De ser el partido que gobernaba en más Autonomías, ha pasado a ser minoría. Uno a uno van cayendo los feudos tradicionalmente socialistas y todo apunta a que la sangría aún no ha terminado. Si, además, la justicia le tiene acorralado, hay que desviar la atención del momento sacándose del sombrero un nuevo conejo. Su electorado necesita un golpe de efecto capaz de contrarrestar el actual pesimismo. El rebaño proclama: “Sánchez ha sido el único capaz de parar los pies a Trump”, y los incautos volverán a ser engañados. Sin embargo, cada vez que Trump arremete contra Sánchez, no sabe que le está haciendo la campaña electoral. Todo indica que, ante unas elecciones generales, volvería a perder, pero ese revolcón nos lo llevamos todos los españoles; los que le apoyan y los que le ponen verde. Aznar no perdió las elecciones de 2004 por nuestra intervención en Irak –donde íbamos en misión humanitaria y no se disparó ni un tiro-, las perdió por los atentados del 11-M.

Si, a pesar de la estratagema, no es capaz de curar la hemorragia de votos, aún le queda la segunda bala en la recámara: habrá hecho méritos para que, desde la tribuna de la Internacional Socialista, se le considere como líder universal de la izquierda progresista –hay quien sospecha que, si los españoles le obligan a abandonar La Moncloa, tiene su sueño húmedo en la presidencia de la ONU. En España ha ido colonizando todas las instituciones que podían sacarle de apuros y seguro que lo intentaría desde la gran sede de Manhattan.

Como miembro de la OTAN, el sitio de España está al lado de las democracias liberales que la integran. Si no se atreve a dar ese paso porque su “religión” no se lo permite, o porque sus compañeros de gobierno se lo prohíben, que se fije en lo que han hecho otros dirigentes europeos, más expeditivos y con menos evasivas. Cuando se manda una unidad militar a un escenario bélico es para que intervenga, si es necesario. Participar en una operación defensiva no es estar mirando mientras los demás combaten. Se manda la fragata al Mediterráneo para colaborar en la defensa de Chipre, lo mismo que otras unidades españolas han intervenido en conflictos entre territorios que no formaban parte de la UE (Kosovo, Serbia, Bosnia, etc.) o continúan haciéndolo en suelo africano. Sánchez no ha sido el único socio de la OTAN que ha cuestionada la intervención en Irán, pero sí es el único que ha dicho sí en otras reuniones y después se ha dado la vuelta a la chaqueta. En una palabra, es al único que no tragan.

La Guardia Revolucionaria de Irán fue creada en 1979 por orden de Jomeini tras la Revolución Islámica. Desde el principio fue concebida como un cuerpo ideológico, leal al Líder Supremo, no al gobierno electo. En la práctica, muchos analistas consideran que Irán ha evolucionado hacia una estructura donde la Guardia Revolucionaria actúa como “Estado dentro del Estado”, con capacidad para influir decisivamente en la sucesión del liderazgo supremo y en la orientación futura del país.

Si a Zapatero le salió bien su famoso NO A LA GUERRA después de la guerra en Irak ¿por qué no puede repetirse la jugada después de la guerra en Irán? En La Moncloa han tocado a rebato y todos los/as ministros/as, más tertulianos en nómina y medios subvencionados, no se lo quitan de la boca. Lo vimos ayer con profusión de banderas de pueblos que no quieren saber nada con la democracia. Por cierto, no vi ninguna de España. Para ser consecuentes con sus acciones contrastadas, además de la pancarta “No a la guerra” se han echado en falta otras tan actuales como “No a la Constitución”, “No a la información”, “No a la verdad”. Ah, pero también “Sí a las comisiones”. En buena lógica, un gobierno que tiene en sus filas personas que se han aprovechado del negocio de la prostitución, otras que la han visitado y no pocos implicados en casos de “acoso y derribo” sexual, no parece el más indicado para organizar y presidir una manifestación de apoyo al feminismo.

Que todas las guerras son ignominiosas es algo que nadie niega, sin embargo, la condición humana se olvida de ello obligando a los pueblos a remediar la situación. Si en las dos Guerras Mundiales, al pisar los soldados suelo europeo, se hubieran encontrado con pancartas de “No a la guerra” y se hubieran dado la vuelta –como acaba de hacer Sánchez-, ahora estaríamos los habitantes de muchas democracias levantando el brazo –con la palma extendida o con el puño cerrado. Ya sé que algunos siguen haciéndolo, pero, por fortuna, aún quedan muchos millones que se expresan con la voz y no con el brazo.

Que en este gobierno hay personajes muy alejados de la democracia, es algo que puede confirmarse contando las veces que se consultan en el Parlamento las medidas que pretende tomar, incluido, por supuesto, el envío de tropas en el extranjero. Ante la certeza de no aprobar las iniciativas, Sánchez está abusando de los Decretos y, de paso, poniendo en evidencia la posible opinión de la Corona,

Esperemos que las sucesivas elecciones autonómicas sirvan para dejar claro cuál es el deseo mayoritario de los españoles para que, bajo el consciente sentido del deber, quienes pueden conseguirlo, sean capaces de ponerse de acuerdo para para cambiar el rumbo de esta nave que está a punto de zozobrar.

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