Hoy quiero hablarles de un libro publicado en 2021 que cobra especial actualidad tras estos años de guerra en Ucrania. Su núcleo gira en torno a Rusia, la Rusia imperial y expansionista que, bajo distintas formas —el Imperio zarista, la república soviética, la URSS y, hoy, la del autócrata Putin— amenaza desde hace siglos la autonomía de sus vecinos. La frontera, escrito en 2017 por la noruega Erika Fatland, lleva un subtítulo revelador: Un viaje alrededor de Rusia a través de Corea del Norte, China, Mongolia, Kazajistán, Azerbaiyán, Georgia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Polonia, Letonia, Estonia, Finlandia, Noruega y también el Paso del Noreste. El libro narra el periplo de la autora por los catorce países que limitan con Rusia (salvo China, ningún otro tiene tantos vecinos).
Erika Fatland es escritora, periodista y antropóloga social. Ha viajado por todo el mundo. Hace una década decidió recorrer la frontera rusa desde Corea del Norte al norte de Noruega. Comenzaría en Pyongyang y, siempre hacia el oeste, terminaría en Kirkenes. Durante dos años recorrería más de sesenta mil kilómetros. Interesada desde siempre por Rusia, quiso mirarla “desde fuera”, desde la perspectiva de sus vecinos. La frontera rusa es la más extensa del mundo: 60.932 kilómetros, dos tercios costeros, desde Vladivostok hasta Múrmansk, un territorio en gran parte helado y deshabitado.
El libro se abre en ese desierto marino, con Fatland cruzando el Paso del Noreste a bordo de un viejo buque soviético de investigación. En un mes recorre más de diez mil kilómetros por el Ártico, completando la frontera marítima. En ese capítulo preliminar detalla la vida a bordo, describe el abandono ruso y el riesgo medioambiental en las regiones polares, ofrece datos sobre expediciones científicas y examina historia, cultura, geografía y geopolítica del Ártico, planteando así el marco teórico de su libro que gira sobre la noción de frontera.
Las fronteras, sostiene, son concretas y abstractas a la vez. En el Ártico los límites se difuminan; en tierra, el viajero percibe que basta cruzar una línea para que el mundo cambie. De ahí surge la pregunta central: ¿han sido el pasado y el presente de Rusia moldeados por sus vecinos? Y su corolario: ¿qué implica tener al país más grande del mundo como vecino? Hoy la cuestión resuena tras la invasión de Ucrania. Nunca fue fácil ser vecino de Rusia. De los catorce países limítrofes, solo Noruega no ha sido invadida ni ha entrado en guerra con Rusia en quinientos años.
No estamos ante un árido tratado geoestratégico, aunque el conocimiento histórico y político de Fatland es sobresaliente y el libro está minuciosamente documentado. La frontera es, sobre todo, un formidable libro de viajes. Despierta en el lector la pasión por el vagabundeo, las correrías, los descubrimientos; la añoranza de las empresas ya vividas y el ansia por las aún por vivir; el afán por descubrir países exóticos; por conocer costumbres sorprendentes; por llevar a cabo experiencias inusitadas; por iniciar cada día sin saber dónde se pasará la noche; por resolver, con mayor o menor dificultad, los obstáculos del camino -el frío, los insoportables trámites burocráticos, las esperas interminables, la absurda arbitrariedad de los controles aduaneros, los trayectos de duración imprevisible, la desorientación, el miedo a veces-; por conversar despreocupadamente con gentes variopintas, con guías de viaje de muy distinto talante; por desplazarse en aviones, trenes, camiones, autobuses, furgonetas, taxis, cargueros, caballos y animales de carga de todo pelaje, también a pie, en kayak o en autostop; por compartir alimentos primitivos con lugareños alejados de toda civilización; por multiplicar los encuentros azarosos (en la etapa oriental de su viaje, la gente quiere hacerse selfies con ella, su cabello rubio insólito en aquellas tierras; en otros casos, el color de su pelo, su piel blanca se asocian a Rusia, provocando reacciones contrapuestas según cuál sea la posición política de quien la mira), por recorrer paisajes admirables, insólitos, bellísimos (montañas heladas, grandes extensiones desérticas; también escenarios urbanos caóticos o apacibles aldeas perdidas en la vasta estepa), por experimentar esa sensación de aventura y libertad, de constante asombro, exaltación y entusiasmo que constituye -quien lo probó lo sabe- la esencia de la práctica viajera.
El libro, que se articula en tres ejes —Asia, el Cáucaso y Europa— y describe la realidad humana, social y política de los países que visita, está recorrido por una idea nuclear: el juego normalidad/extrañeza. Cruzar una frontera implica salir de una realidad y entrar en otra. El término ruso para frontera, granitsa, enlaza con grense (noruego) o grenze (alemán), vinculado a la idea de arista o final. El viaje encadena países, repúblicas separatistas (Donetsk, Abjasia, Nagorno Karabaj, Osetia del Sur), alfabetos (cirílico, latino, georgiano), religiones (judía, musulmana, católica, budista, ortodoxa), etnias diversas y monedas distintas. Paradójicamente, junto a la diversidad, Fatland observa la creciente uniformidad global en modas y consumo.
Ese aparente melting pot genera una segunda idea vertebradora: las pulsiones identitarias y los conflictos. Allí donde conviven pueblos distintos, los Estados tienden a imponer lengua y cultura dominantes, excluyendo a las minorías. El libro está plagado de disputas territoriales y del fenómeno de la borderisation, el ensanchamiento físico y unilateral de fronteras. Se repiten guerras, deportaciones, campos, hambrunas, propaganda, desinformación, monumentos erigidos y derribados según la hegemonía del momento.
La manifestación más evidente de este fenómeno es la omnipresencia agresiva de Rusia: ocupaciones discretas, “rusificación” mediante propaganda y educación, injerencias políticas, tropas y armas imponiendo designios delirantes. Todo personificado en Putin, cuyo rostro llena pantallas en restaurantes y oficinas. Frente al “oso ruso” se alzan la Unión Europea y la OTAN. En Lituania, Letonia, Estonia o Finlandia, Fatland constata el aumento de maniobras militares en el Báltico. El mensaje que se envía a Putin es claro: aquí, pero no más lejos. No sorprende que, tras la invasión de Ucrania, Finlandia y Suecia hayan activado su ingreso en la Alianza.
Al cerrar el libro queda la impresión de la persistencia de las agresiones rusas, pero también una sensación más perturbadora: la inclinación humana a la violencia y al conflicto tribal. La guerra divide y separa a la gente. ¿Es la brutalidad fruto de una dimensión animal que aún nos gobierna? ¿O una excusa complaciente para nuestro egoísmo y mezquindad?
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Erika Fatland. La frontera. Un viaje alrededor de Rusia. Editorial Tusquets. Barcelona, 2021. Traducción de Carmen Freixanet Tamborero. 656 páginas. 25 euros
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