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Dos salmantinos relatan sus 15 años de misión en la selva peruana: "Hay dos lenguajes que son universales: el lenguaje del dolor y el lenguaje del amor"
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Dos salmantinos relatan sus 15 años de misión en la selva peruana: "Hay dos lenguajes que son universales: el lenguaje del dolor y el lenguaje del amor"

Publicado 27/02/2026 12:36

Manolo y Almudena, un matrimonio formado en la USAL, relatan su experiencia de 15 años como misioneros en la selva peruana, donde fundaron un hospital y transformaron la sanidad local. Tras partir el día del 23-F, la pareja detalla los desafíos culturales, la crianza de sus cuatro hijos en la Amazonía y las dificultades de su posterior readaptación a España.

La historia de Manolo y Almudena, que se conocieron en el colegio con apenas 15 y 16 años, comienza en las aulas y pasillos de la Universidad de Salamanca (USAL). Él, estudiante de Medicina; ella, de Ciencias Químicas. Durante sus años universitarios, forjaron un proyecto de vida conjunto que iba mucho más allá de lo convencional: ejercer su profesión en las misiones.

Tras contraer matrimonio en mayo de 1980, la pareja buscó el cauce para materializar su vocación. La oportunidad llegó a través del obispo Juan José Larrañeta, quien les impuso una condición clara antes de aceptar su marcha: "No os quiero novietes ni recién casados, os quiero con una experiencia de vida matrimonial".

El prelado también fue rotundo respecto a las condiciones de su labor en el terreno. "Me dijo: mira Manolo, yo os necesito vivos y sanos, porque ni enfermos ni muertos me servís para nada", recuerda el médico. Aquella frase se convirtió en su particular contrato laboral, basado exclusivamente en lo que ambos pudieran aportar a la comunidad. Con esa premisa, y financiando sus propios billetes gracias a los regalos de su boda, la pareja inició una aventura que se prolongaría durante tres lustros.

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El inicio de su aventura coincidió con una fecha histórica. La pareja tomó su vuelo hacia Perú el 23 de febrero de 1981, el mismo día del golpe de Estado en España. "Llegamos a Madrid cuando estaba todo el mundo aterrorizado", explica Almudena sobre aquella jornada de incertidumbre que marcó el inicio de su viaje sin billete de vuelta.

¿Cómo fueron los primeros años en la Amazonía peruana?

La llegada al país andino no estuvo exenta de complicaciones burocráticas. "Llegamos a Lima y nos quitaron los pasaportes en el aeropuerto. Entramos sin papeles", señala Manolo. Tras una etapa inicial de adaptación de cinco meses en la ciudad de Quillabamba, el matrimonio se instaló definitivamente en la misión de Sepahua, en el corazón de la selva.

La toma de contacto con la realidad local fue impactante. Manolo diferencia claramente entre la miseria, que despierta el instinto de supervivencia individual, y la pobreza que encontraron, la cual "engendra compromiso, codo a codo y olla común". Una de las imágenes que más les marcó fue ver a los niños caminar descalzos con los zapatos en la mano, poniéndoselos únicamente al entrar a la escuela para no estropearlos.

Para explicar la unión entre su labor profesional y su fe, el médico utiliza una metáfora culinaria. "El huevo es huevo, el aceite es aceite, pero hay un momento en que se emulsionan y sale una cosa nueva. Una fe que no está bien ligada con el amor, con la caridad, es una mayonesa cortada", reflexiona.

El impacto con la realidad sanitaria fue brutal. La pareja se enfrentó a un entorno marcado por la pobreza extrema y una altísima mortalidad infantil. Ese año nacieron 34 niños en la misión; al año siguiente, el cementerio sumaba 17 nuevas cruces blancas. El médico describe con crudeza la epidemia de tosferina de 1984, cuando la eficacia de las vacunas apenas alcanzaba el 49 % debido a la rotura de la cadena de frío de las dosis procedentes desde Belgrado, en la antigua Yugoslavia. mitad.

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"Escuchábamos la tosferina llegar por las noches. Ya está a 20 casas, ya está a 10 casas", rememora Manolo. La impotencia ante la pérdida de vidas dejó una profunda huella en el matrimonio. "Yo he llorado cada muerte de un niño, yo le pido a Dios que no se endurezca mi corazón", confiesa el facultativo.

Ante esta situación, la labor del matrimonio se volvió incansable. Manolo atendía consultas médicas de todo tipo, mientras Almudena aplicaba sus conocimientos de química en el laboratorio de la misión, realizando análisis fundamentales para los diagnósticos en un entorno carente de recursos.

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La construcción del hospital y el choque cultural

El esfuerzo conjunto culminó con la inauguración de un hospital en 1984 en plena selva dotado de dos consultas, farmacia, laboratorio y salas de hospitalización. Sin embargo, el proyecto se enfrentó a las creencias ancestrales de las comunidades locales, que obligaban a quemar el lugar donde fallecía un notable de la tribu.

Cuando el primer líder indígena murió en las nuevas instalaciones, el temor a la destrucción del centro fue real. La providencia quiso que, apenas 48 horas después, Almudena diera a luz a su primera hija, María Jesús, en esa misma sala. "Contra la muerte, vida", sentencia Manolo, explicando cómo este nacimiento purificó el recinto a ojos de los nativos.

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El desafío a los tabúes culturales continuó con el nacimiento de sus hijas gemelas, Rosa y Teresa. La pareja notó un rechazo inusual por parte de la comunidad, hasta que descubrieron el motivo. "Es que tú te has empeñado en que vivan tus dos hijas. La gente tiene uno en uno. Tener dos es cosa de animales", les explicaron los locales.

La supervivencia de ambas niñas ayudó a romper estigmas fuertemente arraigados. A pesar de estas diferencias, el matrimonio logró una integración plena. "Hay dos lenguajes que son universales: el lenguaje del dolor y el lenguaje del amor", reflexiona el médico sobre su convivencia con etnias que abarcaban desde el neolítico hasta universitarios.

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¿Qué motivó el regreso a España tras 15 años?

La decisión de regresar a España tras 15 años fue el resultado de un cúmulo de circunstancias. El agotamiento físico y psicológico fue determinante. "Estaba exhausto. He sido médico de guardia siete días a la semana, 365 días al año durante 15 años", confiesa Manolo, quien atendió desde partos hasta urgencias veterinarias.

A este desgaste se sumó la preocupación por la educación de sus cuatro hijos —María Jesús, las gemelas y el pequeño Antonio— y el envejecimiento de sus padres. El catalizador final llegó a través de la tecnología. Manolo, que se había hecho radioaficionado, en 1992 logró informatizar su consulta rural con un ordenador Amstrad donado por la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca y allí alimentado por placas solares y baterías de camión.

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En 1996 llegó a acumular 5.000 historias clínicas informatizadas, cuando uno de los proyectos pioneros en este área apenas sumaba 55.000 en toda España. El éxito de este sistema le llevó a presentar su trabajo en un congreso en Barcelona. Esta visibilidad le abrió las puertas para realizar su tesis doctoral en la USAL, proporcionando la justificación académica para el retorno.

El legado que dejaron en Perú fue extraordinario. Partieron con 1.600 dólares y dejaron tras de sí un hospital a pleno rendimiento, una red de siete centros con 43 profesionales trabajando y un proyecto de cooperación financiado con un millón de dólares por la ONG Medicus Mundi y el Gobierno español.

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Las dificultades de la readaptación familiar

El aterrizaje en España resultó abrupto y doloroso. Pasaron de ser reconocidos y condecorados en Perú a enfrentarse al desempleo. "Llegamos aquí con experiencia profesional cero", lamenta Manolo, quien pasó 14 meses en paro.

La situación económica fue crítica, regresando con apenas 500 dólares. Sobrevivieron gracias al apoyo incondicional de familiares y amigos, que les proporcionaron vivienda, vehículo y hasta el material escolar de los niños. Finalmente, Manolo logró aprobar el MIR nuevamente y aprobar unas oposiciones.

Para sus hijos, el choque cultural fue inmenso. Acostumbrados a la naturaleza salvaje, la ciudad les resultó hostil. "Cuando fui a pedir plaza en Madrid, nuestras hijas decían: 'papá, un pueblito, Madrid huele'. Vomitaban en el metro", recuerda el padre sobre los primeros meses en la península.

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La integración social también tuvo fricciones. Acostumbrados a celebrar los cumpleaños en casa con una tortilla, se toparon con la cultura de los parques de bolas. "Le dijeron: 'tus padres deben ser pobres'", explica Almudena sobre la incomprensión de otros niños al no celebrar las fiestas en locales comerciales como el desaparecido Parkitren.

A pesar de las dificultades, los hijos valoran profundamente su infancia amazónica. "En Perú éramos las hijas de los españoles. En España somos las peruanas. No somos de ninguna parte, pero somos de todo el mundo", escribieron años después para un congreso de misiones.

Tras rehacer su vida profesional en la comarca leonesa de El Bierzo, trabajando en localidades como Toreno y Ponferrada durante 25 años, Manolo se ha jubilado recientemente. El matrimonio ha regresado definitivamente a Salamanca, cerrando un círculo vital con la certeza de haber transformado su rincón de la selva y haber vivido la vida que soñaron.

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FOTOS: David Sañudo