Nuestra foto de portada corresponde al Cementerio Estadounidense de Normandía, que es un monumento conmemorativo de la Segunda Guerra Mundial, en Colleville-sur-Mer, Francia, que honra a los soldados estadounidenses muertos en Europa durante dicha guerra. Si la foto impacta… imagínense el profundo silencio que irradia si lo visitas personalmente.
Si hacemos un repaso rápido de la historia: Corea, Indochina, Vietnam Irak, Afganistán, Siria… y en el último lustro Rusia-Ucrania, Palestina-Israel para llegar en las últimas 24 hrs a las impensables consecuencias de una guerra contra Irán de parte de Estados Unidos e Israel. Como suele decirse coloquialmente: la cuenta suma y sigue, porque esto no se acabará nunca.
¿Por qué los seres humanos llevan milenios matándose los unos a los otros?
Las personas somos sociables por naturaleza y también territoriales (tenemos un fuerte sentido de pertenencia). Esto es la atracción que provoca en cualquier persona la tierra en la que nació, a la que se siente invariablemente unido mientras viva.
Algunos opinan que la sociabilidad es lo que le proporciona al ser humano la oportunidad, pero que es la noción de territorialidad la que da el motivo para que sucedan los crímenes.
Existen investigaciones de la paleontología que dicen que en las épocas del paleolítico las tribus que estaban próximas a los ríos, o como en el caso europeo, poblaban las regiones costeras del Mar Mediterráneo, tenían actitudes muy diferentes (no eran violentos ni agresivos) coma aquellas tribus que habitaban las zonas de montaña. La característica geográfica configuraba también un tipo diferente de organización social.
Los de montaña tenían un concepto de líder netamente jerárquico, mientras que los mediterráneos habían aprendido a organizarse mejor, incluso apareciendo una serie de instituciones históricas, como las primeras familias.
Los pertenecientes a regiones agrestes y montañosas, tenían más dificultades para obtener la comida diaria, porque estaban obligados a recurrir a la caza, con los riesgos que ello tenía para su supervivencia. Pero que, además, cuando tenían la presa, eran frecuentes las disputas y peleas en las que se fracturaban huesos que muestras los restos paleontológicos de dichas investigaciones en poblaciones de alta montaña.
En cambio, los mediterráneos, al contar con la pesca y poder gozar de una cantidad de alimentos para los integrantes de esas tribus, sus restos, no mostraban ese tipo de lesiones. En términos históricos, se había producido un salto cualitativo en la evolución de las sociedades mediterráneas.
El mundo ha evolucionado y también ha disminuido el porcentaje de muertes violentas que en aquellas épocas podía llegar al 2% de la población, cuando actualmente esa tasa se ha reducido a alrededor del 0,4% al 0,5% de todas las muertes a nivel mundial. O sea, las que corresponden a cualquier forma de lo que se considera muerte por violencia. ¿Pero es esto suficiente para evitar las guerras? Respondo con rotundidad: ¡claro que no!
Desde que el hombre existe sobre la tierra, su dominio sobre el planeta se ha debido a dos cuestiones básicas: el desarrollo de una inteligencia con la que no cuentan el resto de las especies; su condición innata depredadora, que a diferencia de cualquier otro animal puede hacerlo perfectamente no para alimentarse, sino por el solo hecho de matar. Esta es la gran diferencia.
La historia de la humanidad se ha reflejado a lo largo de las épocas en documentos que terminaron de formar parte de archivos privados y bibliotecas públicas, a ser llevados al formato de libros y no menos importante, convertir a estos en películas. Por tanto, cualquier manifestación cultural que nos explique la historia y las actitudes de personas y sociedades, nos ayuda a comprender mejor por qué somos cómo somos los seres humanos y por qué estamos cómo estamos los países enfrentados permanentemente.
No existe en ninguna etapa de la historia desde que se cuenta con registros, en la que no haya existido alguna guerra o conflicto entre regiones y países, derivados de problemas territoriales, religiosos, étnicos, o como simplemente ocurría en la antigüedad, para conquistar y dominar a otros pueblos que no eran violentos o que no podían defenderse de la brutalidad de los agresores.
Esto se repite a lo largo de los siglos, y los relatos de batallas de persas, mongoles, chinos, japoneses, romanos, bárbaros y de cualquier región que fuera conformado el mundo de esa etapa histórica, tenían por religión (lo digo en el sentido de máxima prioridad) lograr contar con el poder de las armas para estar capacitados para conquistar y dominar. No contaba la cuestión ética y moral como la entendemos hoy día, menos aún, el concepto que le damos a los derechos humanos.
En una secuencia de una película estadounidense referida a una de las batallas más decisivas de la Segunda Guerra Mundial, “La Batalla de Anzio”, que es cuando los aliados después de haber desembarcado en 1943 en Sicilia, se dirigen desde Nápoles a Roma a través del Mar Tirreno, para ir ganando terreno a las tropas del Tercer Reich que se suponía estaban ancladas desde Roma hacia el norte de Italia, en una de las ruedas de prensa habituales de la época, se produce un interesante diálogo entre un general estadounidense y un corresponsal de la misma nacionalidad. El hecho con todos los matices del séptimo arte, es historia pura.
El militar que estaba a cargo de la invasión le preguntó al corresponsal de guerra, qué opinaba sobre la guerra en términos generales, porque el mismo reportero le había dicho que estaba esperando una respuesta a esta pregunta de por qué los hombres hacen la guerra y se matan los unos a los otros.
Finalmente, este general es destituido por haber actuado con excesiva prudencia y considerarse tal actitud como incompetencia, por lo cual vuelve a encontrarse con el corresponsal estadounidense y le pregunta:
- ¿Qué tal…ha podido encontrar su respuesta?
- ¡Pues sí mi general! ¡La he encontrado!
- ¿Y cuál es entonces la respuesta?
- Que a los hombres les gusta matarse los unos a los otros, que les gusta la guerra. Y que terminará estar guerra y siempre vendrán otras más, porque siempre habrá un motivo para que nos matemos.
- ¿Así de simple?
- ¡Así de simple…general!
Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz (1780? - 1831) fue un militar prusiano, uno de los más influyentes historiadores y teóricos de la ciencia militar moderna y que se le conoce además de por sus obras, por uno de sus pensamientos que más han influido en la clase política: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”.
No soy militar ni me hubiera gustado serlo. Pero las palabras, lo he sostenido en muchas ocasiones, tienen un poder tremendo sobre la manera en que nos conducimos las personas en la vida.
Nos han enseñado desde hace décadas, me refiero a la Guerra Fría, que las dos potencias nucleares más importantes del mundo, Rusia y Estados Unidos, aplicaban el principio de la política disuasoria, porque después de ver lo de Hiroshima y Nagasaki, ninguna persona con sentido común, puede pensar que el botón nuclear es una solución.
Lo ocurrido entre Palestina e Israel es una auténtica carnicería digna del más despreciable concepto que el ser humano puede granjearse como apelativo: DEPREDADOR. No hay justificación para el asesinato y los crímenes de guerra, ni hay justificación para actos terroristas que tienen la fuerza de inmolarse sin problemas, lo que es una dificultad tremenda para la defensa; pero tampoco lo puede ser cuando la medida de la respuesta a una acción de este tipo sobrepasa todos los límites del concepto de derecho de defensa, ya que cuando las líneas rojas se pasan en este sentido, también estamos ejerciendo un poder depredador que no puede tener justificación alguna.
Rechazo cualquier forma de violencia, pero más aún rechazo aquella que no tiene sentido, que podría haberse evitado si hubiera habido voluntad de entenderse, lo que implica el cumplimiento de los acuerdos internacionales que se firmen, especialmente las Resoluciones de Naciones Unidas.
Y saben mis queridos lectores/as qué es lo que me “carcome” el cerebro y también –si me permiten-, “las entrañas”: que no hay solución a tanta barbarie. Que antes o después terminaremos como otras tantas de las civilizaciones planetarias que, llegados a un altísimo nivel de desarrollo tecnológico, terminaron autodestruyéndose. Es un designio de los grados de desarrollo al que llega una civilización cuando no hay límites morales ni ninguna institución, incluyendo Naciones Unidas, que tenga la capacidad de frenar tanta barbarie.
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