Ahora que se aproxima el tiempo vacacional de la Semana Santa, en que quienes pueden se irán a disfrutar de unos días, de modo ruidoso e inconsciente, como si viviéramos en el mejor de los mundos (mientras les toque a otros padecer, todo es bueno); ahora que estamos en este tiempo cuaresmal, ya sin significado para casi nadie, es bueno hablar de crucifixiones.
Esas crucifixiones a las que los poderes del mundo, los poderes de todo tipo, someten a determinados pueblos del mundo, que no han hecho absolutamente nada, para merecer tan aciaga suerte.
Y hemos de hablar de las crucifixiones que sufren desde hace más de un año las gentes sudamericanas y latinas, los latinos, perseguidos impune y arbitrariamente en Estados Unidos y tratados de una manera cruel, sufriendo días y días en campos de internamiento, que son verdaderos campos de concentración de nuestro tiempo. Y ante lo que apenas nadie está diciendo nada, salvo algunos cantantes y minorías ciudadanas que levantan la voz.
Y hemos de hablar de las crucifixiones que está sufriendo el pueblo palestino de Gaza (y también el de Cisjordania, al que están arrebatando su propio espacio geográfico y vital), en estos últimos años, siendo exterminado, con pérdidas humanas de miles de personas, incluidos tantos niños, y haciéndolo sobrevivir entre ruinas y en condiciones infrahumanas, con todo tipo de carencias.
Una crucifixión de la que ya nadie dice nada, porque ya no está en el primer plano informativo, porque ya nos la hemos quitado de encima, de delante de nuestros ojos. Y, sí, hubo una reacción mundial –ejemplar la española, desde los días de la pasada vuelta ciclista– contra el genocidio palestino cometido por los dirigentes israelíes. Pero, ahora, ay, ya nos hemos desentendido.
Y hemos de hablar de las crucifixiones de otros varios pueblos, víctimas de las dinámicas de los poderes y de los poderosos, de las endiabladas geopolíticas que le niegan el pan y la sal a determinados pueblos.
Entre tales pueblos que sufren crucifixiones y a los que se les está negando el derecho a existir, se encuentran, por ejemplo, los saharauis, a los que hemos dejado ahí, abandonados a su aciaga suerte, sin que nunca se haya ejecutado jamás aquella resolución de la ONU, de hace tantos y tantos años, de que el pueblo saharaui realizara un referéndum para decidir sobre su soberanía como pueblo.
Entre tales pueblos, se encuentran también los kurdos, con el sueño, tan dilatado como incumplido, de habitar en un país propio, soberano, desarrollando plenamente su cultura.
Y, entre tales pueblos, se encuentran también los ‘rohingyas’, tan masacrados en Myanmar… Y tantos y tantos otros, que habríamos de completar, continuando la enumeración y transitando por los renglones de la conciencia…
Crucifixiones…
Mi maestro José Ángel Valente hablaba del honrado pueblo soberano. No siempre lo puede ser.
Lo crucificamos tantas y tantas veces…
¿Y no desclavaremos tantas y tantas cruces, a las que sometemos a pueblos que no merecen tal destino?
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