Miércoles, 25 de febrero de 2026
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El "desierto"
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El "desierto"

Publicado 25/02/2026 07:49

Nos hemos puesto de acuerdo para llamar desierto a aquella porción extensa de territorio arenoso o rocoso, donde el agua escasea y limita la vida, las temperaturas son muy extremas y apenas hay ciudades (a no ser que tengas la pasta de los Emiratos Árabes o de Arabia Saudí).

Pero además, metafóricamente y haciendo un símil, llamamos “desierto” a la situación en la que se puede encontrar un ser humano, en la que se siente solo, desamparado y sin horizonte. Por lo tanto, decimos que a veces las personas podemos vivir situaciones a las que podríamos llamar “desiertos”, espacios de nuestra vida en las que no encontramos el agua que necesitamos para vivir en forma de personas queridas, proyectos vitales o sentido que aglutine lo que hacemos o pensamos.

Finalmente, hay un desierto voluntario, que es aquella decisión libre y personal que hace que me separe deliberadamente de la comodidad de mi vida durante un tiempo y de mi entorno afectivo por un día, un fin de semana, una semana… para tener tiempo para pensar con más tranquilidad, reflexionar o rezar, mirarme un poco con el sosiego que ese ejercicio requiere o simplemente descansar.

En cualquiera de los casos, siempre necesitamos agua. Sin ese maravilloso elemento, la vida en el desierto se vuelve cada vez más insostenible. Pero, ¿cuál es el agua que necesito? ¿Qué busco sin lo cual no puedo vivir realmente? Y cuando digo vivir, digo mucho más allá de sobrevivir o subsistir.

El “desierto” es un lugar sagrado para muchas culturas, en donde el ser humano se enfrenta cara a cara a sus miedos y a sus tentaciones, y también con la divinidad. Porque hay mensajes que los dioses no pueden dar en medio de la ciudad y el ruido que emana de lo cotidiano, y por eso somos empujados al desierto, en donde el silencio y una cierta escasez, ayudarán a escuchar mejor. El “desierto” se convierte o al menos se puede convertir, en un lugar para el renacer y la toma de conciencia del sentido que tiene mi propia existencia. Es curioso que la falta de elementos básicos para la vida, puede agudizar los sentidos y orientarlos hacia una búsqueda más exigente de lo que realmente necesito para continuar el camino de mi devenir, más allá de comer, dormir, consultar mil veces al día el móvil y tragarme de la tele lo que sea.

El “desierto” no es una meta, sino una parada en el itinerario del autobús de mi vida, en donde estoy sin maquillajes ni caretas, o en donde no tengo que disimular para ser. Cuando llega el “desierto” de forma inesperada, necesitamos un mapa para salir, aunque con una análisis más tranquilo, nos damos cuenta que los desiertos son parte esencial de nuestra condición humana y una valiosa oportunidad para descubrir tesoros inalcanzables entre los sonidos ruidosos de lo ordinario. Sólo cuando vivimos el “desierto” podemos valorar el agua. Cuando vivimos la soledad terrible podemos valorar la compañía. Y cuando nos sentimos perdidos, podemos ponernos a buscar brújulas. Entonces surgen las preguntas radicales que nos hacen avanzar y caemos en la cuenta que estamos llamados a ser alguien del que todavía estamos en construcción. Alargamos los brazos y nos agarramos de quien nos fiamos. En el “desierto” necesitamos confiar en otros, como un asidero al que aferrarse para vivir. El alter ego ya no es un enemigo con el que rivalizar o al que odiar, sino la condición sine qua non para salir del desierto.

Finalmente, el “desierto” es el lugar de las tentaciones, seguramente las más gruesas y explícitas, en mil formas y variedades, como coger siempre los caminos más fáciles, atajando para evitar dificultades y frustraciones. La tentación de creer que no necesitamos de nadie o que ya lo sabemos todo. La tentación de creer que soy más que los demás, con más autoridad, más sabiduría y que la pegatina de la verdad y la justicia la llevo yo pegada en la solapa y que el espejo es un siervo que refleja lo que yo quiero que refleje. La tentación de venderme por cuatro likes, tres sonrisas de aprobación y una crítica positiva. La tentación de pensar que mi valor la dictan los demás o se subasta en las redes. La tentación de creer que tengo que estar siempre guapo o disponible para todo el mundo, intachable, inquebrantable, casi perfecto.

Vivir el “desierto”, sea querido o sobrevenido, es una oportunidad para buscar y encontrar fuentes de agua más frescas y más seguras. Y seguramente para caer en la cuenta de que para vivir con más plenitud, necesitamos aligerar de muchas cosas que nos esclavizan a veces sin darnos cuenta.

El “desierto” llega. Y del “desierto” también salimos, espero que mejores. Que cada cual saque conclusiones.

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