«El 23 de febrero de 1981 no fue únicamente una rebelión militar, sino la expresión extrema de una profunda crisis política del sistema».
SANTOS JULIÁ
«El 23-F no fue un accidente inesperado, sino la manifestación extrema de tensiones no resueltas durante la Transición».
JULIÁN CASANOVA
La tarde del 23 de febrero de 1981 me sorprendió con dieciocho años, a punto de cumplir diecinueve, confinado en casa por una gripe intensa que me apartó tanto del negocio familiar como de las clases; al levantarme encendí la televisión en blanco y negro y, en plena votación para la investidura de Calvo Sotelo, la imagen se interrumpió de forma abrupta, dando paso durante unos minutos a la confusión y a la sospecha de que podía tratarse de un atentado, hasta que el silencio de la pantalla obligó a recurrir a la radio, que se convirtió en el único hilo de información y en el espacio donde se fue asentando, casi sin palabras, la conciencia de estar asistiendo a un momento decisivo y frágil de la vida democrática.
La verdad oficial del 23 de febrero de 1981 se ha fijado con el tiempo como un relato casi canónico: un grupo de guardias civiles irrumpe en el Congreso, algunos mandos militares sacan los tanques a la calle, el país contiene la respiración y, de madrugada, el Rey aparece en televisión para defender la Constitución y ordenar la vuelta a la legalidad. El golpe fracasa y la democracia sale reforzada. La verdad histórica, sin embargo, es más incómoda y menos tranquilizadora: el 23-F no fue un arrebato improvisado, sino el desenlace de una larga crisis política y de una conspiración difusa, con distintos niveles, ambigüedades calculadas y expectativas compartidas que no llegaron a cuajar. Entre ambas verdades se abre una grieta decisiva: ¿existió realmente un “Elefante Blanco”, una autoridad superior llamada a asumir el poder cuando el ruido de las armas creara el vacío necesario?
Cuarenta y cinco años después, el golpe sigue exigiendo una lectura que vaya más allá de la instantánea. La imagen congelada —los disparos en el techo, los diputados en el suelo— oculta un clima previo de desgaste político marcado por la dimisión de Adolfo Suárez, la fragmentación de la UCD, la violencia de ETA y una sensación extendida de ingobernabilidad. En ese contexto comenzó a circular con alarmante naturalidad un lenguaje peligroso: “golpe de timón”, “gobierno de concentración”, “operación de salvación nacional”. No eran consignas marginales, sino fórmulas repetidas en despachos civiles, columnas periodísticas y conversaciones militares. Como advirtió Stanley G. Payne, “las democracias jóvenes suelen confundir la estabilidad con la tentación de atajos”, y España no fue una excepción.
El 23-F fue la colisión de tres lógicas distintas. La del golpe duro, representada por Antonio Tejero, convencido de que la fuerza bastaría para imponer una junta militar. La del pronunciamiento clásico, encarnada por Jaime Milans del Bosch, que sacó los tanques a la calle esperando un efecto dominó. Y la del golpe “blando”, la llamada “solución Armada”, atribuida al general Alfonso Armada, que aspiraba a encabezar un gobierno de concentración con respaldo político y una apariencia constitucional. El problema fue que esas tres lógicas no convergieron, sino que se neutralizaron entre sí, revelando una profunda descoordinación.
En ese punto emerge el mito del Elefante Blanco. Para unos, era Armada; para otros, una autoridad aún más alta; para muchos, simplemente la garantía de que alguien “de arriba” asumiría el mando llegado el momento decisivo. El Elefante existió, pero no como una figura concreta esperando tras la puerta, sino como una expectativa compartida, una ficción de autoridad destinada a convertir el delito en orden. Esa expectativa se vino abajo cuando Tejero rechazó el gobierno propuesto por Armada por incluir a socialistas y comunistas. El golpe empezó a fracasar no por una reacción popular masiva, sino por la incapacidad de transformar la fuerza en legitimidad política. Como escribió Javier Cercas, “el 23-F fue un golpe sin golpe, un intento de imposición que se deshizo a sí mismo”.
La intervención televisada de Juan Carlos I fue decisiva en el desenlace. La verdad oficial subraya con razón que su mensaje cerró la puerta a cualquier ambigüedad y ordenó el repliegue. La verdad histórica añade que ese mensaje llegó cuando las opciones de una salida política ya estaban prácticamente agotadas. El golpe se estaba desmoronando por dentro, víctima de sus propias contradicciones. Como recordó Raymond Carr, “las crisis no suelen resolverse por la brillantez de un solo actor, sino por la imposibilidad de que los demás se pongan de acuerdo”.
También conviene revisar el papel de la ciudadanía. El relato heroico habla de un pueblo ejemplar que defendió la democracia; la realidad fue más silenciosa y más humana. La mayoría de los españoles se quedó en casa, pegada a la radio, paralizada por un miedo heredado de la Guerra Civil y de décadas de dictadura. No fue cobardía, sino memoria histórica. Nadie salió a celebrar el golpe, nadie lo hizo suyo, y esa ausencia de respaldo social fue una forma discreta pero decisiva de resistencia. Como escribió Juan Pablo Fusi, “la Transición no fue una epopeya, sino un ejercicio colectivo de contención”.
A largo plazo, el fracaso del 23-F tuvo efectos paradójicos. Aceleró la profesionalización del Ejército, consolidó el papel constitucional de la monarquía y cerró definitivamente la transición militar. Pero también dejó zonas de sombra: archivos sin desclasificar, responsabilidades políticas nunca asumidas y una tendencia persistente a reducir la historia a un relato tranquilizador. El riesgo de ese cierre es convertir el pasado en mito y desactivar la reflexión crítica, precisamente cuando más necesaria resulta.
Cuarenta y cinco años después, el Elefante Blanco sigue siendo útil no como conspiración definitiva, sino como símbolo de una tentación recurrente: la de buscar salvadores cuando la democracia se vuelve incómoda y gobernar exige asumir el desgaste del pluralismo. El 23-F demuestra que la democracia española sobrevivió no gracias a un plan perfecto, sino a la suma frágil de errores, límites institucionales y decisiones tomadas al filo del abismo. Recordarlo así, sin mitologías complacientes, es quizá la mejor forma de honrar aquella noche y de evitar que, en el futuro, el ruido de los sables vuelva a presentarse como una solución.
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