Por estos pagos castellano/leoneses nada es ajeno a la vida de labradores y ganaderos. Las ciudades albergan buena parte de las familias originarias de los pueblos de la provincia, o de las aledañas, que, buscando la formación académica o su futuro profesional de sus hijos, acabaron adquiriendo un piso en la capital, sin abandonar el del pueblo, para seguir controlando sus posesiones o, sencillamente, para pasar el verano y las fiestas patronales. En esta región, que no ha tenido la oportunidad de contar con suficiente vida industrial, hay más población en el total de las provincias que en el total de las capitales. Cuando el campo atraviesa dificultades, se resiente la capital. Es cierto que, afortunadamente, la vida de agricultores y ganaderos ha ganado en comodidad, pero no en tranquilidad. La competencia cada vez acapara más territorio y los productos llegan hasta donde nunca imaginaron nuestros antepasados. Las grandes superficies marcan los precios a base de acaparar un gran porcentaje de la producción. Es muy triste comprobar que, a la hora de vender un producto del campo, cualquier eslabón de la cadena de intermediarios recibe un porcentaje mayor que el beneficio que haya podido alcanzar el productor. El problema llega a ser inadmisible cuando el precio de venta es menor que el de producción, algo que ocurre con más frecuencia de la deseada.
Pues bien, la UE y MERCOSUR (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay), después de 10 años de negociaciones, quieren llegar a un acuerdo para reducir o eliminar aranceles entre las dos partes, facilitando así el comercio de bienes y servicios. La UE, por la presión de las potencias industriales, pretende exportar productos industriales, de farmacia o financieros. MRECOSUR, por du parte, competiría con nuestro sector agroalimentario. Es natural que el mismo sector europeo proteste por muchas razones: en primer lugar, porque con costes de producción más bajos, la competencia es desigual; también porque, países como España tienen grandes extensiones con escasa población y toda caída de precios ocasionaría más abandonos de explotaciones; por último, las importaciones de carne procedente de Brasil chocan frontalmente con la política medioambiental contraria a la deforestación del espacio Amazónico.
El acuerdo aún no ha sido ratificado y, no obstante, contiene limitaciones en el volumen de importaciones y exportaciones, pero los posibles agravios siempre afectarán más a agricultores y ganaderos. Si es cierto que para su entrada en vigor debe llegarse a su ratificación, también lo es que, una vez firmado, su anulación es poco probable a no ser que una de las dos partes sufriera un fuerte cambio político.
Por su larga tradición histórica, y la trascendencia territorial y social, la agricultura ha supuesto un importante pilar en la construcción de Europa. No es extraño que aparezcan las protestas de la gente del campo, que no sólo dan a entender el temor económico, sino también la sensación de que el modelo económico europeo, claramente sostenible y muy regulado, debe competir en desventaja frente a otros modelos menos exigentes.
Piensan los países más industrializados que las consecuencias económicas no serán iguales para todos los miembros dela UE, ni tampoco serán catastróficas. El montante de las importaciones está delimitado y representa un porcentaje reducido del consumo total. Por otro lado, España también podría beneficiarse del acuerdo con las exportaciones más competitivas, como el vino, el aceite y algunos productos industriales. Para conocer el resultado final, habría que comprobar la diferencia entre ganadores y perdedores.
Jurídicamente, el acuerdo aún está pendiente de la ratificación por parte de las instituciones europeas. Aunque es muy poco probable, aún sería posible rechazarlo o introducir algún cambio de última hora. Téngase en cuenta que el mundo rural es uno más de los factores que han movido la necesidad de este tratado. La industria tiene más peso a la hora de mover voluntades. En cualquier caso, labradores y ganaderos europeos sufren una las peores consecuencias. Son el perro flaco lleno de pulgas. Si no eran suficientes las calamidades ocasionadas por los trastornos climáticos, en lugar de recibir ayudas compensatorias, ahora tienen que soportar la competencia de adversarios que invaden su mercado en condiciones ventajosas.
Las protestas verbales no suelen surtir efecto, de ahí que deben recurrir a métodos más inoportunos, sobre todo para quien no tiene verdadero conocimiento del problema. Estamos acostumbrados a que cada uno deba buscarse la vida por su cuenta; el resto mira para otro lado y, además, protesta si se le molesta. Manifestaciones, huelgas y reclamaciones, a pesar de ser necesarias –siempre que se desarrollen dentro de la legalidad- acaban haciéndose impopulares para la gente insolidaria. Debemos pensar que quien tiene que recurrir a esos procedimientos, nada agradables, no lo hace por gusto sino por necesidad. Por un momento, los demás debemos ponernos en su lugar y, también, podemos colaborar con su causa negándonos a consumir aquello que, de forma poco ética, está perjudicando a nuestros paisanos. Démosles todo nuestro apoyo.
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