Un número tan cuaresmal como el catorce, el de las estaciones del viacrucis, es el que ocupa en el retablo mayor de la Catedral Vieja de Salamanca la tabla dedicada a las tentaciones de Cristo en el desierto. Este episodio tan intenso, de combate entre el Sumo Bien y el diabólico mal, proclamado cada primer domingo de cuaresma en el evangelio de la Misa, es el pórtico perfecto para avanzar en un tiempo que hoy para muchos resulta anacrónico, y también para progresar en un camino que, para no pocos, significa ir a contracorriente.
Las tentaciones a las que es sometido Cristo en el desierto son las que cualquier hombre puede experimentar: el apetito en sus múltiples variedades tan fácil de satisfacer a menudo, la autosuficiencia que engorda nuestra vanidad, la ambición del tener y el poder. El yo se nos agranda de modo que no pasamos hambre de nada, que nos lanzamos desde el alero del templo sin paracaídas, que no somos capaces de rechazar una oferta y la llamamos irresistible para justificarnos.
La tentación nunca dejará de existir, hasta a Él se le coló por entre las ramas de los olivos, cuando el miedo convertía sus gotas de sudor en sangre y los amigos dormían, no tanto por la cobardía sino por la tristeza. Pero de la tentación se espera no caer en ella, y de la caída ser levantados, que la esperanza es aún más perenne.
Cuando hacemos la petición de no caer en la tentación, aún resuena otra: hágase tu voluntad. Hágase. Fiat. El sí de Getsemaní como el de Nazaret. La llamada, la escucha, la aceptación. Una isla seguramente cada vocación en un archipiélago de tentaciones, una tierra que aunque es firme también es frágil, un perímetro en riesgo, una orilla buscando otra y soñando un puente.
Esta cuaresma, inevitablemente electoral por estos lares de León y Castilla, pues serán las urnas la noticia, en la Iglesia de Salamanca aspira a serlo vocacional: Vivo, ¿para quién?. Un congreso diocesano que quiere aterrizar aquí la experiencia nacional de hace un año. Curioseando en el formulario de inscripción, se topa uno con títulos sugerentes: “Conectar lo que eres con lo que estás llamado a ser”, “Cuando crear se convierte en una forma de responder a la vida”, “Canciones que ponen palabras a lo que llevamos dentro”, “Elegir no es solo decidir: es descubrir el propio camino”, “Pensar la vida para vivirla con sentido”, “Callar para escuchar lo que importa”, “Confiar en la tierra cuando todo parece incierto”, “Cuando salvar vidas no es sólo un trabajo”, “Ganar dinero, ¿para qué, para quién?”, “Educar es mucho más que enseñar”, “Contar la verdad aunque incomode”, etc, etc.
Será en el Calasanz dentro de tres semanas. Será cuaresma un año más, porque la Pascua no se acaba. Será lo que Dios quiera.
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