El castillo de Vilvestre, viejo vigía de la frontera, ya reducido en volumen, sigue coronando el montículo bajo el que aún protege, a su manera, al pueblo al que dio vida, una villa fronteriza cargada de historia.
Acercarse a Vilvestre es ver aparecerse ante los ojos, como si surgiese de la nada, una auténtica atalaya natural que domina todo el entorno, coronada por los restos de un viejo castillo, que parece que quisiera proteger las casas que se desparraman entre las faldas del montículo, para que no se precipiten al arribe que se asoma al otro lado, hacia el Duero.
Y es que Vilvestre es una de esas localidades que tienen un regusto histórico y cuya ubicación uno percibe al momento que no es fruto de la casualidad. Su ubicación estratégica en un altozano le llevó a estar poblado desde la Prehistoria, quedando como testigo de aquellos primeros pobladores del enclave el taller neolítico, una verdadera joya de nuestra comarca, no suficientemente valorada desgraciadamente.
No obstante, la fundación de Vilvestre como localidad no se dio hasta el siglo XII, cuando los monarcas del Reino de León decidieron fundar un pueblo en la parte alta de esa atalaya natural, donde previamente había existido también un castro vetón, y donde posteriormente se construiría la ermita de la Virgen del Castillo, a la vera del viejo castillo.
Por avatares de la historia, la independencia del Condado Portucalense (después Reino de Portugal) del Reino de León en el año 1143 presumiblemente tuvo mucho que ver en la importancia que le dio la monarquía leonesa a Vilvestre, reforzándolo como plaza fuerte fronteriza del Reino de León frente a Portugal, erigiendo en lo alto del montículo en que se asienta la localidad un castillo que servía de vigía perfecto sobre el paso del Duero, de cara a evitar posibles incursiones portuguesas en tierras leonesas.
Asimismo, como modo de reforzar a la propia localidad ante un posible ataque portugués, en el año 1192 el rey Alfonso IX de León decidió donar Vilvestre con su término al Arzobispado de Santiago como señorío eclesiástico dentro de su reino, lo que implicaba que si había un ataque directo del ejército portugués a la localidad de Vilvestre o bienes de su término, podría considerarse un ataque directo a la Iglesia, y con ello, el rey portugués no sólo debería responder ante el rey de León por el ataque, sino también ante el Papa.
Este movimiento, aunque pudiera parecer peculiar, no era para nada desconocido para la monarquía leonesa, que en la frontera con Portugal ya había cedido como señoríos el Abadengo o Aliste a la Orden del Temple, a la cual también había cedido territorios en la frontera entre León y Castilla, en la cual la Orden de San Juan obtuvo la cesión de la comarca de La Guareña, de modo que ante posibles ataques portugueses o castellanos a esos territorios leoneses, adquirían la gravedad de ataques también a la Iglesia, lo que hacía muy improbable que hubiese un ataque directo en los territorios cedidos a un arzobispado o a una orden, desde los que sin embargo, sí se podía avisar a otros territorios del reino de una incursión enemiga, lo que ampliaba el tiempo de respuesta ante ataques.

De este modo, Vilvestre surgió en torno al abrigo de su castillo, que ejercía de vigía de la frontera, y que fue reconstruido por completo en el siglo XV, siendo empleado en este siglo en la guerra civil por el trono que enfrentaba a la hija del fallecido rey Enrique IV, Juana ‘la Beltraneja’, con su tía y hermana de dicho rey, Isabel ‘la Católica’, guerra que finalizó con la victoria de Isabel. En este conflicto, sin embargo, Vilvestre dio su apoyo a Juana ‘la Beltraneja’, cuyas tropas ocuparon el castillo durante esta guerra civil, en la cual Juana estuvo apoyada por Portugal, así como por el grueso del territorio leonés, mientras que Isabel fue apoyada por Aragón y Castilla.
Un conflicto bélico en el que, por cierto, ciudades y villas leonesas como Salamanca, Toro o Cantalapiedra pagaron caro su apoyo a Juana, ordenando al finalizar el mismo la ya reina Isabel la destrucción del alcázar de Salamanca y el castillo de Cantalapiedra, así como el desmoche del alcázar de Toro. ¿Pudo correr el castillo de Vilvestre una suerte parecida? No hay documentación conservada que permita afirmarlo ni desmentirlo, aunque lo cierto es que los estudios en los restos de la fortaleza determinaron que, al menos, fue reconstruido por completo en el siglo XV.
De este modo, el castillo de Vilvestre volvió a estar activo para ejercer su función defensiva en los siglos XVI y XVII. Así, la Guerra de Restauración portuguesa (en que Portugal buscaba su independencia de la Monarquía Hispánica, tras haber pasado a depender de ella en 1580 con la proclamación de Felipe II como rey portugués) fue el último conflicto bélico en que jugó un papel defensivo el castillo de Vilvestre, que fue atacado en esta guerra que se prolongó entre 1640 y 1668, quedando arruinadas sus estructuras, pasando a ser abandonado.
Así, el viejo castillo vilvestrino fue cayendo poco a poco en el olvido, a la par que el núcleo urbano de Vilvestre se iba expandiendo hacia la parte baja de la ladera que coronaba la fortaleza, perdiendo importancia la parte alta del montículo, el núcleo del más antiguo Vilvestre.
Con el paso de los años, las piedras del castillo fueron tapándose, con la tierra y la maleza conquistando la antigua fortaleza y sepultándola bajo un manto de olvido hasta que, en 1987, una excavación arqueológica sacó a la luz de nuevo los restos del antiguo castillo de Vilvestre, el viejo vigía de la frontera, que hoy con unos muros mucho más rebajados de los que llegó a tener, sigue coronando el montículo bajo el que aún protege, a su manera, al pueblo al que dio vida, una villa fronteriza cargada de historia.
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