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Crisis y futuro de la democracia
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Al cabo de la calle

Crisis y futuro de la democracia

Publicado 21/02/2026 01:17

Quienes nacimos, nos criamos y crecimos en un régimen no democrático, sabemos del autoritarismo y de la ausencia de libertades. Si a ello sumamos la participación y vivencias de la transición a la democracia y el haber estudiado e investigado las democracias liberales, es fácil entender nuestra preocupación por dejar a las generaciones venideras un mundo en paz y con valores democráticos.

A modo de ejemplo, traer a colación que el martes 17 de febrero de 2026 se celebró en el pleno de las Cortes Generales el homenaje a la Constitución mas longeva de la historia de España, la Constitución de 1978, convertida en la norma fundamental española para la convivencia. Fue promulgada hace 47 años, tras ser validado su texto en referéndum el 6 de diciembre de 1978, en el que participaron casi el 70 % de los españoles y un 87,87 % del total de votos emitidos fueron favorables. “El recorrido ha sido brillante y el futuro no lo será menos si lo escribimos juntos”, dijo el Jefe del Estado, Felipe VI, en el acto de homenaje.

El conjunto de normas refrendadas por la voluntad del pueblo español, libremente expresada en las urnas, forman los valores constitucionales que tanto esfuerzo costó plasmarlos en una Constitución moderna, que ha sido referente y guía de otras constituciones, y que siguen vigentes en los ámbitos de las libertades, el pluralismo, la justicia, igualdad y solidaridad, entre otros. Como Ley de leyes viva que es, nuestra Constitución requiere de algunos ajustes para seguir siendo útil a una sociedad nueva, distinta a aquella de la que surgió, lo que no impide que continúe siendo el marco más indicado para la convivencia democrática y el ejercicio de las libertades.

Democracia y libertad, son elementos fundamentales de la convivencia en paz. Sin embargo, no debemos olvidarnos de que en torno a un 70 % de la población mundial no gozan de ellas, porque viven en algún tipo de sistema autoritario. Y, también, tener presente el auge que están teniendo los autoritarismos, una amenaza populista radical. Ya va siendo hora de tomarnos en serio la supervivencia de nuestro sistema democrático y de libertades, ante la pérdida de poder y la crisis por la que están pasando las democracias liberales.

Estamos ante una crisis democrática mundial cuya deriva populista y autoritaria tiene varios componentes. Empezando por la pérdida de alguna de las esencias del propio liberalismo. En los siglos XVII y XVIII se produjeron las primeras revoluciones liberales burguesas en contra del poder absolutista de la realeza, los intereses de la aristocracia y del Antiguo Régimen, dando lugar a las Guerras Civiles inglesas, la Revolución Gloriosa de 1688 y la Revolución Francesa de 1789, entre otros. Podríamos decir que la preocupación por los excluidos del sistema estaba en el origen del liberalismo.

Así, el aspecto social y el aspecto económico convivieron, y conviven, aunque ahora en menor grado, en el seno de la filosofía liberal, pudiendo comprenderse tanto conjuntamente como por separado. Pero no es menos cierto que, con el paso del tiempo, ambas corrientes se han ido distanciando hasta verse como antagónicas por parte de los defensores o detractores de una y la otra corriente.

Distanciamiento que se intensificó con los postulados económicos liberales de la Escuela Austriaca de finales del siglo XIX (1871) y principios del XX, al autodefinirse como “la ciencia económica del libre mercado”, e incrementado después por la Escuela de Chicago de economía. Esta Escuela, encierra una corriente de pensamiento neoclásico, originada a mediados del siglo XX en la Universidad de Chicago, Liderada por Milton Friedman y que defiende el libre mercado y el “monetarismo” que se ocupa de los efectos del dinero sobre la economía en general.

La práctica de los postulados de estas Escuelas (Austriaca y de Chicago) han incrementado desmesuradamente el desequilibrio entre unos pocos inmensamente ricos y unos muchos, la inmensa mayoría de la población, que se empobrecen. El liberalismo ha ido abandonando su aspecto social, su preocupación originaria por los excluidos del sistema, alejándose del ser humano y enfocándose en los aspectos económicos, especialmente los monetaristas, reduciendo así el espectro social e induciendo a un debilitamiento de la democracia.

Otra derivada de la crisis democrática mundial es la segunda llegada de Donald Trump al máximo poder en la Casa Blanca y su forma de ejercerlo. Trump ha sumido las relaciones transatlánticas en una agonía y a las democracias occidentales en una crisis sin precedentes. Occidente, tal y como lo conocíamos, se ha roto. La nueva administración estadounidense está demoliendo el orden democrático y el Derecho Internacional del que nos dotamos tras la Segunda Guerra Mundial. La democracia se tambalea en el mundo entero, incluyendo su cuna, los Estados Unidos. Si el paradigma democrático decae en EE. UU. y extiende sus tentáculos por Occidente apoyando opciones populista radicales y autoritarias, como está ocurriendo, caerán las democracias occidentales.

Una tercera derivada que cabe señalar en la crisis de las democracias occidentales es la falta de fuertes liderazgos en las élites europeas y la debilidad de la Unión Europea ante la unidad de acción, frente a la oleada de regresión política democrática que recorre el mundo (Trump en Estados Unidos, Milei en Argentina, Bukele en El Salvador…) y, especialmente con los movimientos de ultra derecha europeos que ya alcanzan el 20 % de los votos en varios países de la Unión.

Lo comentado hasta aquí: derivación del liberalismo hacia el monetarismo extremo (que trajo la gran crisis del 2008) la llegada de Trump saltándose todas las reglas y el Derecho Internacional, la ausencia de fuertes liderazgos políticos, los populismos, así como la incapacidad de los conservadores tradicionales y de la socialdemocracia para dar soluciones a los problemas de la nueva sociedad, han contribuido a la fragilidad de las democracias liberales.

Una fragilidad democrática que abrió las puertas por las que el autoritarismo comenzó a ganar terreno hasta el punto de que, en este 2026, hay más dictaduras en el mundo de las que había a finales del siglo XX y principios del XXI. Con el agravante de que algunas de las democracias liberales que se mantienen formalmente (porque sigue habiendo procesos electorales) son o se encaminan hacia un modelo democrático distinto, basado en la exclusión y la vigilancia, con lo que, nos atrevemos a decir, que bien podrían llamarse “democracias de control”.

Una democracia de todos, sana, basada en valores humanitarios, requiere de la implicación de todos en su defensa diaria.

Les dejo con Joan Manuel Serrat - Cantares:

https://www.youtube.com/watch?v=6iIxz7FT0y4

Aguadero@acta.es

© Francisco Aguadero Fernández, 20 de febrero de 2026

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