Llevo una temporada en la que apenas pongo un pie en mi tierra ya estoy enfilando el camino del tanatorio que, aparte de ser un lugar al que no vamos por gusto, resulta ser una palabra desconocida para según quien: ayer se lo pregunté al conductor del autobús urbano (joven, pero no sé si de la generación X, Y o Z) y me contestó muy serio: “no señora, este es el autobús del cementerio”. Para qué meternos a explicar que lo uno va con lo otro y que suelen estar al lado, mejor que lo aprendan en “Pasapalabra”.
Y me pongo a escribir un miércoles de ceniza, recordando los miércoles infantiles en los que volvíamos a casa con una cruz de ceniza en la frente que, orgullosamente, llevábamos por la calle cuando no había tatuajes ni piercings y aquello te daba (ridículamente) un cierto caché de pertenecer a algo. A mí, la verdad, me da igual que sea miércoles de ceniza o jueves de la Ascensión; hace ya mucho tiempo que mi calendario vital es estrictamente Gregoriano y no católico, pero si hay algo que marca la suma de los días es la cantidad de gente que se me va quedando por el camino, y no siempre respetando el orden cronológico que debieran. En días como hoy y volviendo sobre mis pasos del tanatorio, sito al lado del cementerio aunque el autobusero no se haya enterado, el veneno de la nostalgia vuelve a liberar su dosis y recuerdo a Jorge Manrique y sus coplas, que un día aprendí de memoria sin prestar atención a lo que decían y que ahora resuenan martilleándome, sobre todo con el verso que da título a esta columna.
Por que así es, la vida se pasa, callando ella a pesar del ruido que hacemos nosotros. La vida pasa sin escatimar minutos, como uno de esos viejos despertadores de mesa que jubilamos por aburrimiento, pero no porque hayan dejado de funcionar; pasa a veces sin pena ni gloria y otras, llena de penas y también de momentos de gozo. Pasa, aunque nos operemos la cara, nos injertemos pelo o seamos capaces de correr una maratón con sesenta años y guardemos la talla 40 de nuestra juventud. Pasa la vida disciplinadamente mientras nosotros navegamos por ella sin disciplina ninguna, sin molestarnos más que para arrancar la hoja del calendario una vez al mes, añadiendo un día tras otro a esa cuenta que pensamos infinita y que no lo es. Pasa la vida para todos, los ricos y los pobres, los tontos y los cuerdos, los espabilados y los que no lo son tanto; unos le sacan partido y otros tienen pocas ganas de ganar ese mismo partido; unos dicen que la disfrutan y otros que la padecen y, al final, vamos casi todos a parar al mismo sitio, que no sabemos cómo es y no queremos saberlo; y que como me dijo hace años un amigo sacerdote (tengo amigos sacerdotes, lo confirmo) : que tendrá esto que de aquí nadie se quiere ir …Si al sacerdote le asaltan las dudas, no quiero contarles las que me asaltan a mi.
Me faltó tiempo el otro día en mi visita a la urbanización “Camposanto-tanatorio” para ir a decirle buenas tardes a Unamuno, que está enterrado a pocos metros de mis bisabuelos, mis abuelos y de tres de mis tíos, ya ven qué buena compañía. A los parientes se me ocurren pocas cosas que contarles, pero a Don Miguel, ya simplemente la anécdota del conductor y su falta de vocabulario seguro que le habría encantado. Las borrascas que barren la Meseta estos días una detrás de otra, respetando escrupulosamente el orden alfabético en sus nombres me lo impidieron porque era una tarde desapacible, fría y ventosa, y estas visitas sin parar al tanatorio me dejan el corazón como un témpano. Por suerte siempre quedan los textos de Don Miguel, y algún que otro verso cercano a su propia muerte, esa que tantos ríos de tinta hace correr últimamente para beneficio de algunos, sorpresa de muchos e incógnita de casi todos:
¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
¿Vivir el sueño no es matar la vida?
¿A qué poner en ello tanto empeño?
Exactamente Don Miguel, certero como siempre: a qué poner tanto empeño en otra cosa que no sea vivir…
Concha Torres
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