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Retrato de un matrimonio, sigue exponiéndose en el Museo Mínimo nuevos e interesantes cuadros
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pintura de José Luis Pérez Fiz y María Teresa Gómez Berrocal

Retrato de un matrimonio, sigue exponiéndose en el Museo Mínimo nuevos e interesantes cuadros

Publicado 19/02/2026 09:45

La obra de este matrimonio de pintores recuerda una hermosa historia de amor.

A la Salamanca de los grandes pintores del siglo XX le faltan espacios expositivos y galerías de arte privadas como las que animaron el mundo artístico de la ciudad. Nombres como Artis, Miranda, Winker, Boheme, Iris, Varron… son parte de nuestra historia que desapareció con el traslado de Adora Calvo. De ahí que la propuesta del “Museo Mínimo”, sea tan necesaria. Situada en el sótano de una afamada tienda de antigüedades salmantina en la calle Correhuela 17, comparte con lugares como los cafés y restaurantes que exponen obra en sus paredes o un espacio tan vivo como la galería de Luis Méndez, esa idea de negocio que incluye exposiciones y que marca esa nueva forma de mostrar arte que se esfuerza en seguir iluminándonos. Y más cuando la ciudad no logra arbitrar un espacio expositivo público donde recordar a los grandes artistas del siglo XX que, por suerte desbordan las pareces del Museo de Salamanca y permanecen en manos de particulares o de los herederos de dichas obras a la espera de ese necesario paso adelante que permita al público disfrutar de su talento.

Porque hay talento en la pintura contemporánea de Salamanca. Y hermosas historias, como la que protagoniza un cuadro pintado por José Luis Pérez Fiz en 1976 que la muestra “Piedra y piel. Geometría, color y vida compartida” expone en su “Museo Mínimo”. Una muestra que, gracias a la aportación de nuevas obras y al éxito de visitantes se alargará un mes más y que ahora exhibe este “Retrato de María Teresa” que nos recuerda que ambos pintores fueron un matrimonio de larga trayectoria y relatándonos, a la vez, una hermosa historia de amor.

José Luis Pérez Fiz, nacido en esa Salamanca que pintó incansablemente, se inició en las aulas de la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy, trabajó en estudios de arquitectura, logró su título de profesor en Sevilla y ejerció como docente en diversos centros de enseñanza media hasta formar parte del grupo de artistas que iniciaron en 1983 la Facultad de Bellas Artes. Profesores como Rafael Carralero, José Fuentes, Concepción Saéz, Pérez Mulas o el propio Fiz compaginaron la enseñanza con el trabajo en el taller. Un taller que Pérez Fiz, nacido en 1931 compartió en sus inicios con su esposa, quien también había estudiado en San Eloy pero que se dedicó toda su vida a la enseñanza del piano. María Teresa Gómez Berrocal y él se habían casado en 1963, y en sus inicios, practicaron una pintura figurativa que se solapaba. Salen juntos a pintar y sus primeras obras no se diferencian, algo que solo sucede en los años sesenta, porque pronto el pintor inicia su particular evolución: de la figuración a la experimentación informalista en la que pinta con diversos materiales, decantándose en los 80 por la abstracción geométrica y una dedicación final a la materia, plasmando paisajes salmantinos con tierras, oscureciendo la paleta y creando texturas imposibles.

Especializado en la geometría que explica en sus clases de la facultad, Fiz experimenta en el estudio que ya no comparte con esa esposa a la que retrata en uno de los cuadros más bellos de la pintura salmantina. Fascinado por el Quattrocento italiano, se inspira en la bellísima obra de Ghirlandaio, pintor del siglo XV del renacimiento italiano que se exhibe en la colección Thyssen. Un retrato de estricto perfil en el que se recorta la dama, de largo cuello, idealizada, perfecta, de factura delicada. Giovanna Tornabuouni, casada con un noble florentino, había muerto en el nacimiento de su segundo hijo, muy amada, su retrato, a la manera de las medallas romanas, fue encargado por el viudo, quien siempre mantuvo cerca de sí el retrato de la dama que lleva entre sus manos un pañuelo, y se sitúa frente a una alacena donde tres objetos definen su naturaleza: un libro de oraciones, una joya como la que lleva en el pecho y un collar de cuentas de coral, que en aquella época, era un amuleto para proteger a los niños. Para terminar, un cartel nos recuerda un epigrama de Marial en el que nos habla del arte que puede pintar las costumbres y el alma.

Fiz se inspira en este cuadro y retrata a María Teresa, su perfil limpio, la vestidura de cálido naranja, el peinado, el largo cuello… sin embargo, el fondo no es una alacena de objetos significativos, sino un telón pétreo de intensos azules casi negros que nos recuerdan el uso poderoso del color en la obra de la pintora, quien, además, no lleva como la dama florentina un pañuelo de la mano, sino pinceles y paleta que evocan su trabajo. Tampoco repite el epigrama del poeta latino, en el cartelito que se ve a la izquierda se lee precisamente “Retrato de María Teresa”. Un cuadro muy fotografiado y expuesto que, sin embargo, permaneció en poder del pintor hasta su muerte acaecida en el 2005, lo que nos indica la importancia que tenía para el matrimonio.

La obra de Fiz, ampliamente reseñada, sorprende al visitante por su variedad. El cubismo de “Cabinas de barcos pesqueros” sorprende por su poderoso azul, la serie de las carreteras es un prodigio original como lo es su visión magnífica del perfil de Salamanca o sus paseos por los rincones monumentales donde el óleo se mezcla con la tierra. Figuración, abstracción matérica, fuerza, geometría, innovación, se corresponden con una personalidad arrasadora y social que todos recuerdan… y sin embargo ¿Cómo era la pintora que compartía su vida y a la que retrató tan amorosamente? Para Adolfo Hernández, galerista y responsable de la muestra, la personalidad sosegada y meditativa de Gómez Berrocal se vierte en esta pintura originalísima, íntima, de “gran intensidad emocional”, enigmática y plena de dulzura. La obra de la artista se definió pronto como un surrealismo personal que incide en las vestiduras del Quattrocento. Pinta masas de mujeres de extraños ropajes, en los que el cuerpo se insinúa y los rostros parecen no mirar al visitante. Incluso en sus paisajes, la pintora practica un extraño juego de color, de líneas que se entremezclan. Drama y ternura parecen conjugarse en estas mujeres casi nunca solas que se cuentan sus secretos. Los secretos de un mundo intensamente personal que parece relatar una historia.

Es profundamente hipnótica la obra de Gómez Berrocal. Sorprende el colorido, el intimismo, la mezcla de tonos más vivos o atemperados, rosas, azules, nebulosas oníricas. Para Adolfo Hernández, la pareja de pintores puede compararse con la de Amparo Avia y Lucio Muñoz. El abstracto que usa todo tipo de materiales comparte el hogar y el amor –que no el estudio- con la aparentemente delicada pintora de rincones madrileños. Y al final, es la obra de ella la que se impone. En el caso de Gómez Berrocal y Pérez Fiz, el diálogo de las obras, a la vista del espectador, es de una enorme diversidad y de una extraña riqueza. No se complementan, pero se abrazan.

Y en medio de esta muestra amorosa, dos retratos. El de Fiz dedicado a su esposa, y el de la esposa pintora, extrañamente, practicando un desnudo. La artista se pinta frente a lo más íntimo de la casa, el baño. Y la mujer que se asoma al espejo, joven, hermosa, hierática, es la misma que el pintor ha retratado a la manera de una dama florentina. De hermosos tonos azules y una inusual figuración, el desnudo parece contar otra versión de la historia de la dama renacentista. Es su otra mitad, su modernidad, su realidad, su visión corpórea. Y en el diálogo entre ambas, la sorpresa. El matrimonio de pintores y su obra trasciende el tiempo, la muerte de él y la enfermedad de ella. Y se hacen arte. Historia de amor para ser contada y admirada. Para ser retratada y relatada. Historia de amor en pintura revelada. En el “Museo Mínimo” que guarda el secreto de una convivencia fecunda y amorosa que merece la pena recordar y admirar.

Charo Alonso.

Fotografía: Maeva Peraza, Carmen Borrego.