Con este fin, los tatuadores están apostando por unas máquinas que les permiten trabajar durante horas sin fatiga, con un control milimétrico sobre cada trazo y reduciendo al mínimo el trauma que se pueda generar en la piel del cliente.
El tatuaje ha experimentado una gran evolución en los últimos años. No solo en cuanto a estilos o técnicas, sino también en lo que se refiere a las herramientas que utilizan los profesionales. Mientras que durante décadas las máquinas de bobinas dominaron los estudios de tatuaje con su característico zumbido, hoy las máquinas para tatuar rotativas, y especialmente las tipo Pen, son las grandes protagonistas de los tatuadores españoles.
¿A qué se debe este cambio? ¿Qué ha provocado este giro? La respuesta está en la búsqueda de precisión, comodidad y resultados impecables. Con este fin, los tatuadores están apostando por unas máquinas que les permiten trabajar durante horas sin fatiga, con un control milimétrico sobre cada trazo y reduciendo al mínimo el trauma que se pueda generar en la piel del cliente.
Con esta tecnología, los talleres de tatuaje españoles no solo quieren diferenciarse por el talento de sus artistas, sino también por la calidad de su equipamiento. Las máquinas tipo Pen configuran la nueva generación que poco tiene que ver con aquellas primeras herramientas eléctricas que Samuel O'Reilly patentó en 1891.
La historia de las máquinas para tatuar arranca mucho antes de lo que imaginamos. En 1876, Thomas Edison desarrolló un dispositivo para crear stencils que, sin saberlo, sentaría las bases de la primera máquina eléctrica de tatuaje. Quince años después, Samuel O'Reilly modificó aquel invento y lo patentó como la primera herramienta específica para tatuar. Charles Wagner perfeccionó el diseño incorporando bobinas gemelas, un sistema que ha perdurado más de un siglo.
Estas máquinas de bobina tradicionales generaban un movimiento de martilleo constante, siendo fiables y permitiendo al mismo tiempo un buen control sobre la presión y velocidad. Sin embargo, tenían sus inconvenientes: peso considerable, ruido constante y debían calibrarse manualmente, algo que requería experiencia y tiempo.
Con el tiempo, la llegada de las máquinas rotativas supuso un punto de inflexión. Su motor interno más simple eliminó el ruido característico de las bobinas y redujo notablemente el peso. Además, estas máquinas para tatuar usaban cartuchos intercambiables en lugar de agujas soldadas, lo que facilitaba cambios rápidos. No obstante, fue con las máquinas tipo Pen cuando la industria dio un salto cualitativo definitivo.
La razón principal del dominio entre los tatuadores españoles de las máquinas tipo Pen es que ofrecen una experiencia similar a dibujar con un lápiz sobre papel. Su diseño ergonómico en forma de bolígrafo aporta una gran libertad de movimiento, algo muy valorado por artistas que trabajan con la técnica freehand.
Entre las principales ventajas de este tipo de máquinas para tatuar podemos destacan:
En el panorama actual, seis marcas destacan como referentes absolutos entre los tatuadores profesionales españoles:
Bishop Rotary, por su parte, se ha ganado también una reputación sólida por su alto rendimiento y durabilidad.
Todas estas marcas comparten un denominador común: facilitan que los tatuadores expresen su arte sin limitaciones técnicas, ofreciendo un buen equilibrio entre potencia, velocidad, control y comodidad durante todo el proceso creativo.
De este modo, la elección de marcas como Cheyenne, Bishop Rotary, Blue Star, FK Irons, Stigma Rotary y AVA Tattoo por parte de los profesionales españoles confirma que el mercado premia la calidad, la innovación y el compromiso con las necesidades de los tatuadores,
Pero, independientemente de la marca utilizada, es indiscutible que la industria del tatuaje en España ha profesionalizado sus herramientas. De ahí que los estudios inviertan cada vez más en equipamiento de primera línea al entender que la calidad del resultado final depende tanto del talento del artista como de las máquinas que utiliza.