Un documental del iraní Yaser Talebi sobre la vida de una octogenaria campesina en las montañas del norte iraní ( premiado en múltiples festivales de cine) es como ver o vivir un día de placentera primavera, en medio de las borrascas que nos abaten hace meses; me refiero no solo a las borrascas atmosféricas que estamos padeciendo, sino a las metafóricas borrascas geopolíticas que vivimos en la actualidad (como en anteriores artículos he escrito).
En resumen: como al menos la mitad de la humanidad, parece vivir en la actualidad en la continua desazón de la queja y la ansiedad, por la falta de seguridad, por la falta de confianza en la clase gobernante, por el deseo de más comodidades cotidianas y más posibilidades de prosperidad futura, por la incomunicación y la soledad que paradójicamente producen tantos medios de “comunicación”, conocer a un ser humano, un semejante, vivir en y con la naturaleza, humildemente, con satisfacción, salud y aceptación de los hechos que no ha podido decidir a lo largo de su vida, produce una radical pregunta: ¿cómo es posible que esta anciana campesina, que la casaron a los 14 años de edad con un hombre dominante, mucho mayor que ella, al que tuvo que cuidar durante años de su parálisis en la ancianidad, con el que tuvo 11 hijos que viven independientes y sin posibilidad o deseo de visitarla de vez en cuando en la actualidad y siendo consciente de estas “penas” (como las llama ella) las acepta lo suficiente para no tener que agredir a nadie, ni a sí misma a través de enfermedades?
Esta campesina ¿es un sujeto humano excepcionalmente sano y fuerte, que no necesita ni desea más que lo que tiene, su pequeño rebaño de vacas, su humilde casa, sus montañas y bosques y alguna visita de vez en cuando al pueblo próximo a alguna esporádica compra de algún pequeño capricho? ¿O lo que ocurre es que su capacidad de adaptación se ha conservado y no se ha perdido en el caos de deberes, imperiosos deseos, ambiciones, en el que nos perdemos la gran mayoría que hemos sido obedientes a los imperativos de este “sistema”?
La señora Firouzeh, de 82 años, no quiere jubilarse, como todos los que le rodean le empujan a hacerlo, no quiere vivir sin sus vacas, sin su trabajo duro diario, sus subidas al monte y sus tareas que nunca cesan, su “dulce pena”, como ella las llama. Todo lo que la rodea está libre de fantasmas y lo estará hasta que Dios quiera llevársela, mientras trabaja en el bosque o conduce las vacas. Nunca se siente sola pues cuando las vacas la miran ella siente que la comprenden (porque quizás no hay nada que comprender). Es una mujer en armonía con el medio ambiente que la rodea, con los “otros”, con los que a pesar de que con frecuencia en su vida no la han respetado ni han sabido quererla, ella se queja, pero con una queja que no destruye su amor por ellos.
Los que nos hemos formado en una profesión en la que lo patológico era el campo de estudio central para entender la salud psicofísica del sujeto humano, habríamos entendido más y mejor la naturaleza humana estudiando estos sujetos, como esta campesina, que tiene la sabiduría, quizás innata, de saber vivir en un mundo difícil en la que ni los clérigos gobernantes ni toda la tecnología, sirven para ayudar a tener una vida de armonía y de básica satisfacción.
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