El mundo en el que se crio aquella mujer de Saucelle que se quedó sorda joven, fue cambiando su forma de hablar sin que ella se diese cuenta, siendo la última saucellana que mantuvo el cierre de vocales típico del leonés.
Que el tiempo no pasa en balde y las cosas van cambiando resulta una evidencia, siendo el lenguaje una de esas cosas que cambian con el tiempo. Así, expresiones casi recién llegadas que hoy usan los adolescentes nos resultan extrañas a quienes hace unos años empezábamos a usar palabras como ‘guay’, ante la extrañeza de la generación que nos precedía.
Y es que las formas de hablar, las expresiones y los giros lingüísticos no permanecen inalterables al paso del tiempo, y mucho menos aún en una época como la actual tan globalizada, donde el inglés lo inunda todo y salpica cada día con más expresiones nuestro lenguaje cotidiano.
Algo así ha venido sucediendo también en nuestras Arribes con el paso de las décadas y los siglos, donde en la primera mitad del siglo XX aún conservaba una importante vitalidad el leonés, una lengua asentada en Las Arribes tras la integración de esta zona en el siglo X en el Reino de León, tras la victoria de Ramiro II sobre Abderramán III en el año 939.
Así, las peculiaridades lingüísticas que atesoraban Las Arribes llamaron la atención del filólogo salmantino Antonio Llorente Maldonado de Guevara, que decidió realizar su tesis de doctorado (publicada en 1947) sobre el leonés de Las Arribes, titulada “Estudio sobre el habla de la Ribera (comarca salmantina ribereña del Duero)”, en que analizaba concienzudamente las peculiaridades del habla de esta comarca, así como las de sus localidades, que en ocasiones presentaban características propias muy marcadas, como en el caso de Villarino, donde más puro se conservaba el leonés, hecho que también apuntó Miguel de Unamuno.
Pero si de peculiaridades hablamos, cabe destacar el curioso caso que se encontró Llorente Maldonado a la hora de hacer este estudio en Saucelle, que era precisamente el pueblo riberano con el habla más castellanizada, y donde este filólogo narraba con sorpresa en dicha tesis que “me encontré con cierta mujer de unos sesenta y cinco años, por lo tanto relativamente joven, nacida y criada allí, sin haber salido nunca, y con padres también naturales del pueblo; pues bien: sorda desde su juventud, actualmente no conoce más finales que a, u, i: esti, nochi, toru, sabi, sedi, madri, añu, etc.”
La explicación para Maldonado era clara “no se explica de otra manera que suponiendo que hace cuarenta y cinco años, cuando quedó totalmente sorda esta mujer, todo el mundo cerraba completamente las finales, y ella las ha conservado así, mientras que sus convecinos, aún los más viejos que ella, poco a poco, y por los influjos conocidos, han ido adoptando, aunque siempre conformándola a su especial fisiología articulatoria, la pronunciación oficial”.
Sin duda, el caso de la sorda de Saucelle llamó especialmente la atención de Antonio Llorente Maldonado de Guevara (que con el tiempo se acabó convirtiendo en Catedrático de la Universidad de Salamanca), que decidió recogerlo en su tesis doctoral, dada la información que aportaba sobre el habla antigua de Saucelle y la transformación del lenguaje en Las Arribes.
Y es que, con el paso del tiempo y los años, aquel mundo en el que se había criado aquella mujer de Saucelle que se quedó sorda siendo joven, fue cambiando en sus formas de hablar sin que ella se diese cuenta, siendo la última saucellana que mantuvo el cierre de las vocales típico del leonés. Así, esta peculiaridad acabó sirviendo de testimonio de cómo se hablaba en Saucelle unas décadas atrás, antes de que Llorente Maldonado llegase allí a estudiar su habla, encontrándose con esa joya de conservación lingüística fruto de una sordera contraída en la juventud.
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