“Resplandor” es una muestra que descubre a la artista de profunda raíz castellano y leonesa.
Tiene la sala Núñez Solé una profundidad especial que se refleja en las muestras comisariadas por Tomás Gil y Juan Andrés Martín. Sus paredes y la disposición de las obras ofrecen una lectura continuada que el espectador sigue a medida que profundiza en el significado de los artistas que siempre suponen una sorpresa. Las paredes de la Núñez Solé descubren esta vez, a través de cuarenta y cinco obras, la vida y la trayectoria de una artista escondida, María Teresa Peña Echeveste, nacida en Madrid en 1935 y fallecida en el burgalés valle del Mena en el 2002. Una lectura que se articula a través de tres espacios en los que recorremos su particular biografía, su obra y su significado pleno de discurso de honda raíz evangélica y modernidad.
Nació la artista en una familia que le daba importancia a la cultura. Su padre, médico, se instaló en el burgalés Oña donde la niña pasó su infancia y adolescencia –los primeros años habían sido un recorrido por los pueblos de ambas familias refugiándose de la guerra-, un paisaje que se insertaría en la joven que estudió el bachillerato en San Sebastián, iniciándose en la enseñanza de la pintura en la Escuela de Artes y Oficios donostiarra. La vocación de Teresa era tan definida que pronto partió a Madrid para ingresar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde ganaría numerosos premios. Al finalizar sus estudios, con un taller en Madrid, la joven Teresa marca un hito para la institución de la Academia Española de Roma. Fue la primera mujer en ganar la beca para estudiar en una Italia que había salido de la guerra y conjugaba el clasicismo de las clases con la vanguardia que nacía en la Europa de posguerra decantándose por el cubismo.

A su regreso en los años 70, Teresa Peña es una pintora reconocida que trabaja en dos estudios, el de Madrid y el que instala en el Bilbao donde vive su familia tras la muerte del padre. Sin embargo, la inquietud religiosa de la artista le impide desarrollar una carrera exitosa donde, por fin, suenan los ecos de la modernidad con grupos como El Paso y las artistas mujeres logran hacerse un sitio. Teresa Peña trata en dos ocasiones de profesar en la vida monástica, y decide, en plena etapa del movimiento de los curas obreros, de acercarse a los marginados, a los más necesitados. Vive entre el dolor humano reflejándolo en sus obras, buscando la luz, una luz que emerge de los fondos negros, a través de blancos exquisitos o un azul que significa para ella la gracia que logra mostrar a través de su incesante trabajo.
La vida de Teresa Peña, en Zaragoza o en Levante, es un empeño feroz y dolorido. Cuando la enfermedad hace mella en la artista, su hermano acude a su lado y tras una estancia en Bilbao, ambos descubren en el burgalés Valle del Mena, la calma y la tranquilidad. Allí seguirá en su empeño y regresará al paisaje que marcó su infancia de Oña. Aquejada de un tumor cerebral, morirá en el 2002.
La vida de Teresa Peña quizás sea el reverso de una época marcada por el cambio y la llegada de la mujer a la primera línea del panorama artístico. Sin embargo, su difícil trato con marchantes y su deseo de encontrar una salida a su profunda espiritualidad, hacen que su obra haya quedado en los márgenes, un tanto olvidada también por su profunda temática religiosa. Sin embargo, esta muestra nos ofrece la oportunidad de leer la obra de una mujer de su tiempo, enfrentada a la modernidad, al cambio, a la llegada de una época deshumanizada, en la que los rostros del dolor parecen ocultarse en medio de la ciudad que no ofrece respuestas a quien se queda fuera. Esos márgenes que la artista no solo quiso plasmar, sino vivir dolorosamente.

La exposición no incide solamente en ese dolor. Es un canto de esperanza en el que las manos, siempre las manos en la obra de Teresa Peña, se alzan “Ven Señor Jesús”. Una esperanza que la artista muestra en la serie dedicada al deporte, que ilumina los rostros de su hermosísima visión de un bautizo o que se detiene en los primeros pasos de niños cuyas manos vuelan como libérrimas palomas. Dedicada y sumamente original en su trabajo que utiliza diversas técnicas, Teresa Peña es una artista diferente, capaz de practicar una obra figurativa, cubista, expresionista, abstracta y siempre, manteniendo un lenguaje original y propio. Conocerlo es una experiencia inolvidable que sorprende al visitante. ¿En qué espacio de la historia del arte contemporáneo está Teresa Peña?
Darle su lugar, admirar la obra de la artista y hacer un ejercicio cuaresmal de meditación es una invitación que las paredes de la Sala Núñez Solé nos ofrece desde el recogimiento y la belleza. Una belleza comprometida, una belleza sentida, dolorida y sin embargo, llena de esperanza. Las manos que se alzan hacia arriba y los niños y deportistas que van más allá nos recuerdan un ascenso a la luz y al color que no sabe de desheredados ni dejados a un lado. Y en medio de la belleza, la pintura como una forma más de elevar la mirada con las palmas abiertas, bienvenida al reconocimiento que te debemos, Teresa Peña en los muros hospitalarios de la Sala Núñez Solé.
Fotografías: Oscar García Rodríguez