El escribiente Luigig Verines, en uno de esos disparatados episodios del “Último caso de Unamuno”, (no sabemos si lo hace alterando la realidad o ficcionándola hasta retorcerla), nos cuenta otra de sus muchas mentiras ¿piadosas o estrafalarias? Y dice que Unamuno, detective, se marchó el 29 diciembre a pasear por el cementerio. Le acompañaba, sigue Verines, el falangista y escritor Eugenio Montes, y claro, también iba con ellos el pobre vigilante que acompañaba a D. Miguel hasta el cuarto de baño.
Ridícula narrativa y absurda invención, pues eso nunca ocurrió y menos ese día. Casi todos los biógrafos lo corroboran así, el paseo, pero fue el 21 diciembre, no el 29 ¿qué más da?
Pero vamos a ver si esa narrativa voraz y despampanante de Luigig Verines tiene sentido, o es fruto de su calentamiento nivelesco.
El caso es que Unamuno una semana antes de este suceso había pasado una gripe fuerte con mucho catarro y estaba aún algo convaleciente. ¿Y se va tan lejos a pie? ¡Vamos, por dios! Unamuno convaleciente, envejecido en el último mes, nevando y un frío y una ventisca muy fuerte (“…hacia una brisa gélida…”), se va al cementerio que está a más de 1 hora de su casa de la calle Bordadores, andando? ¡Ni de culebrón de telenovela de después de comer!
No sucedió así, aunque nos lo cuenta Luis Verines en su “adulterada” novela o nivola sobre el detective Unamuno.
Según narración de Luis Verines, en “El último caso de Unamuno”, dos días antes de su esperada y ansiada (¿) fuga al extranjero, la noche del 31 al 1 de enero, o sea 29 ó 30 diciembre, coloca la fecha en la que se va a pasear con E. Montes (y el vigilante, jajajaaa) al cementerio a ver a Eloísa, amiga, y viuda del asesinado profesor Daniel Carbajo (caso que estaba investigando D. Miguel).
Pero, como dijimos antes, Verines se equivoca de fecha y de concepto, y si lo hace, es por copiar -plagiar- a Luciano E., a Juaristi, Severiano D. y etc. Imposible que un Unamuno anciano, casi sin moverse ya, vaya al cementerio desde su casa. ¡Dios mío, qué dislate narrativo de L. Verines!
Y luego, remata tal disparate al afirmar que al salir en el taller del marmolista Ángel Seseña encarga el texto sobre la lápida… (¿?) (Eso de “Méteme, Padre eterno…”). Mentira, y error garrafal narrativo. El taller de los marmolistas Seseña no se trasladó hasta las tapias del cementerio hasta la década 50-60. En 1936 estaban aún en la calle la Rúa, esquina calle Jesús, o en la calle Corrales de la Rúa (hoy Felipe Espino).
¿No sería que el paseo con E. Montes, a pie, fue caminar por calle Compañía, calle de la Rúa, Plaza Mayor? Y luego, a casita por la calle Bordadores. Eso sí es natural y así fue.
Y así lo afirman los sesudos biógrafos de Unamuno, etc…, no los fantasmas.
Por otra parte, allí, en el cementerio, estuvieron buen rato, y se les echó la noche y el frío encima, jajajaaa. Y tuvieron que llamar a un médico forense, a la policía y al juez, para certificar y corroborar la muerte, posiblemente asesinato de Eloísa.
Eloísa era amiga de Unamuno, y viuda de Daniel Carbajo, profesor jurídico de la USAL, que había sido asesinado y Unamuno investigaba el caso de represión institucional y política contra el docente. Y apoyó mucho a Eloísa a investigar esta muerte violenta de su esposo. Y por eso ella, luego ayudó a Unamuno para que pudiera huir a Francia, y libre, diera a conocer a todo el mundo este crimen. Y así conseguir sepultarlo en “sagrado”, pues decían, mintiendo, las autoridades franquistas que fue un suicidio. Y por eso la Iglesia no permitía sepultarlo en su nicho del cementerio sagrado.
Eloísa le daría el dinero necesario para huir primero hacia Portugal, y luego en barco a Francia. Dinero para pagar pasajes, chófer, coches, documentación necesaria, pasajes, sobornos y demás vicisitudes. Había quedado Eloísa para que cuando lo tuviera todo se lo daría a Aurelia, la asistenta de Unamuno. Unamuno huir con toda su familia, con todos sus hijos de Salamanca. ¿Y con su hijo mayor, Fernando que vivía en Palencia? Eso no nos aclara Luis Verines.
Pero por lo visto se chafó todo el plan. Unamuno entre tumbas y nichos percibió una sombra medio caída en el suelo. Se acercó y vio que era Eloísa, postrada de rodillas junto a la sepultura de su asesinado esposo Daniel Carbajo. Y estaba inerte, sin respirar, inmóvil, muerta.
Su plan de fuga se había frustrado. Se acabó la huida a Francia y se acabaron las esperanzas de salir de España.
Y lo más curioso es que E. Montes nunca escribió ni dijo nada de este relato tan impactante, y eso que paseaba mucho con D. Miguel y se interesaba por él, y le gustaba escribir anécdotas ¿No lo vio o no se lo contó Unamuno? Jejeeee...
En ese juego detectivesco y rocambolesco Unamuno observó al posible matón, en las pisadas en la nieve entre las tumbas, las huellas del que suponía fue el asesino de su amiga Eloísa (¿el paisano llevaba aún sangre en las manos?). Y parece ser que este sicario es el que, luego dos días más tarde, “liquidaría” también a D. Miguel en su casa ¡Vaya culebrón!
¡Si casi se muere allí Unamuno, congelado, ya no hacía falta esperar dos días después! El sicario, que se llamaba Giner (según Verines) lo podía haber hecho allí, sin necesidad de usar jeringuilla ni nada; solo dejarle morir de frio, al detective Miguel…y adelantar y facilitar su entierro.
Una cosa es ficcionar y otra muy distinta “malnarrar” y retorcer los argumentos hasta lo estrambótico. Retorcer la realidad, ficcionar a su “bola” lo que es documentado, eso es lo que hace L. Verines, él mismo cae en su propia trampa. “Huellas de pasos en la nieve entre las tumbas del cementerio…etc... Claro, un Unamuno con 72 años, viejo, cansado, medio enfermo (tuvo fuerte gripe la semana pasada) … ¡Pero ahí estaba D. Miguel! Ridículo y falso hasta en una ficción.
También nos asusta ver cómo narra L. Verines el discurso pseudo filosófico y poético absurdo del sicario Giner M. con Unamuno antes de asesinarle, con un B. Aragón de invitado de piedra, taciturno. Jejejeee, esa conversación es de tontería supina, con un nivel de conversación bastante chabacano.
Y las narraciones y escarceos con la amante eterna, Teresa, son de novela rosa, muy cursi, de telenovela y culebrón de después de comer, jejejeee.
Todo eso lo hace según él, L. Verines, en aras de la justicia poética por encima de la verdad judicial… En fin… Es una manera muy burda de escabullirse de investigar y documentarse. Y engañarnos con relatos falsamente poéticos sin rigor documental e investigación histórica.
Y así, hasta agotar la serie de patochadas narrativas (más de 9 en esta novelucha del “Último caso de Unamuno” en interés de una ficción imposible, recreando un Unamuno detective, cual S. Holmes sin sombrero ni pipa, un ingenioso hidalgo Quijote sin Babieca.
Ya advertimos que hay más casos que Luigig Verinés olvida o trastoca fechas y hechos importantes sobre Unamuno en plena guerra civil porque el escritor y rector vitalicio se dedica a jugar a detective por las calles de Salamanca, en plena guerra civil ¡Cuando está más acosado por lo militares y el SIM (Servicio de Información Militar), y recibiendo periodistas y visitas todos los días!
¿Este “Último caso de Unamuno” de L. Verines será el último? Sí, por favor, ya vale.
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