“La miseria de la filosofía” es un texto publicado hacía 1847 por Karl Marx durante su exilio en París y Bruselas. En realidad, no se trata de un texto filosófico si no de una acertada crítica de economía política, porque según su autor hay que salir de la filosofía para analizar el mundo en la nueva perspectiva de cada época y esa antigua disciplina debe ser el arma intelectual del proletariado.
El también filósofo y profesor de Filosofía y Estudios Asiáticos en la City College de New York, el canadiense Lou Marinoff consideraba que los filósofos habían abandonado la arena de la sociedad y se dedicaban a los juegos de lenguaje, a ejercicios de teoría pura. La solución a los problemas de la vida no se encuentra con años de psicoterapia o dosis diarias de antidepresivos, sino con un mejor entendimiento de cómo funcionamos, de qué queremos[1].
Mucho antes que ello el gran Aristóteles ofreció una espléndida definición del “arte de filosofar”: La ventaja que sacarás de la filosofía será saber hacer sin que te lo manden mientras otros lo harán por temor a las leyes”.
Por supuesto previamente hubo otros que se atrevieron a desafiar al Olimpo y cuestionar las leyes eternas dadas por los dioses que allí moraban, porque creían que refutar el orden natural y los preceptos dado a los mortales por la divinidad sólo se podía hacer corriendo un grave riesgo, el riesgo de SER LIBRE. Y ese es o debería ser, el fin último de toda filosofía, hacer realidad el anhelo vital de todo hombre, de toda mujer, de toda sociedad: SER LIBRE.
Y claro, el camino hacia esa libertad deseada engendra espinosas dudas e innumerables preguntas que exigen ser contestadas si no queremos asumir ciegamente las opiniones de los demás. Pero esto es sólo la parte teórica, aunque indispensable para pasar a la práctica, es decir, para tomar decisiones y tomarlas en libertad, porque eso y no otra cosa es VIVIR. En el arte de vivir, el ser humano es al mismo tiempo el artista y la obra, es el escultor y el mármol, es el médico y el paciente[2].
Ser libre exige usa la inteligencia[3] (sí eso que nos diferencia de todos los demás seres) y también tener conocimiento[4]. Requiere saber diferenciar lo bueno de lo malo y de lo regular para poder decidir correctamente ya que nunca tenemos una sola opción. Tal vez en muchas ocasiones no seremos libres para elegir lo que nos pasa, pero siempre seremos libres para responder de una manera o de otra y cuanto más inteligentes seamos, cuanto más conocimiento tengamos y cuanta mayor sea nuestra experiencia, nuestras posibilidades de acertar serán mayores, porque el único límite que tiene nuestra libertad es precisamente nuestro conocimiento.
Y esta es la razón por la que ciertos grupos y gobiernos pretenden arrinconar no sólo la filosofía sino todas las humanidades en general. Prefieren una ciudadanía manejable sin capacidad de pensamiento crítico, no quieren que seamos capaces de analizar el mundo y la realidad sólo que obedezcamos sus órdenes, que sigamos sus normas.
Ciudadanos que no se pregunten si las leyes son justas o la justicia se perdió hace tiempo entre las líneas de sus articulados o si existen alternativas al capitalismo o a la democracia representativa. No quieren ciudadanos que exijan responsabilidades a los que mienten o defraudan, no desean ciudadanos libres para actuar sobre la realidad. Si no me conozco a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario. Pero cosa importante, no por ello dejaré de ser libre… aunque me escueza[5].
Muchas de las preguntas de hoy quedaron formuladas hace siglo y se les ha tratado de dar diversas respuestas, pero las anteriores sólo sirven para orientarnos se urgente que encontremos las nuestras. Porque no se trata de trasnochadas cuestiones que han perdurado a lo largo de los siglos y que están reservadas a sesudos y solitarios pensadores, se trata de nuestra libertad, de la justicia social, de la solidaridad, de tanta y tantas cosas sobre las que hablamos a diario, sobre las que decidimos a diario, en nuestra vida cotidiana, en nuestro permanente interactuar con los que nos rodean. En definitiva, se trata de nuestras vidas y merece que le prestemos cierta atención porque cada día, con cada decisión nos jugamos el resto de lo que nos queda por vivir.
[1] Mas Platón y menos Prozac. 1999
[2] Ética y psicoanálisis. Erich Fromm. 1947
[3] Del latín intelligentia, derivada de inter («entre») y legere («escoger»).
[4] Usar las facultades mentales para tener conciencia o noción de las cosas.
[5] Fernando Sabater. Ética para Amador.
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